
Carmen sabe perfectamente cuál es la señal principal a la que debe estar atenta. Apenas las hojas que mira desde la escalera de entrada al edificio empiezan a mostrar algún dejo amarronado, hay que intensificar el riego. Y si pasan dos semanas y no llueve, ya tiene claro que hay que manguerear el cantero día por medio hasta que la naturaleza haga lo suyo y vuelva a mojar estos dos árboles que superan los 15 metros de altura pero que, sobre todo, superan los doscientos años. Estos dos árboles que son los más antiguos que aún siguen en pie en la Ciudad de Buenos Aires: las Magnolias del Protomedicato.
“No le agregamos ningún abono. Pero estamos muy atentos a que todo lo que cae del propio árbol quede en su cantero: no sacamos nada. Ahí se pudren y se desintegran las flores, las hojas y las pencas del propio árbol. Todo eso le sirve de abono, se va retroalimentando a sí mismo y eso alcanza para mantenerlo sano”, describe Carmen, que hace veinte años trabaja como auxiliar en la Escuela “Guillermo Rawson”, en el corazón de San Telmo, y que es una de las varias guardianas de estas dos magnolias que dan la bienvenida al edificio en el que funciona esta escuela primaria pública.
El edificio, en Humberto Primo al 300, no siempre fue esta escuela doble jornada y bilingüe a la que asisten 284 chicos, sobre todo vecinos del barrio. Casi 300 chicos que le imprimen la banda sonora al edificio: gritos eufóricos a la hora de los recreos y del almuerzo, un silencio interrumpido periódicamente en las horas de clase, que las maestras intentan recuperar enseguida. Saben que esos dos árboles que les dan la bienvenida están ahí desde hace muchos, muchos años.

No se sabe exactamente cuántos. Pero la opción más “joven” es que las magnolias gemelas hayan sido plantadas en el año 1800, hace 224. Hay versiones incluso más antiguas: hacia 1778. Lo que sí se sabe sobre la plantación de esos dos ejemplares en la Ciudad es que estuvo a cargo de la orden religiosa de los bethlemitas, la primera congregación católica nacida en tierras americanas y, además, una misión dedicada especialmente a la atención de enfermos.
Su paso por Buenos Aires se concentró en San Telmo y la existencia de una calle llamada Bethlem rodeando la emblemática Plaza Dorrego da cuenta de eso. En ese barrio, que hacia el siglo XVIII era parte del centro neurálgico porteño, los bethlemitas instalaron el Protomedicato: fue la primera Escuela de Medicina de Buenos Aires, y hubo allí también un Hospital de Hombres.
En ese terreno, el del Protomedicato, los bethlemitas plantaron las magnolias, que desde 1969 fueron catalogadas como “Árbol Histórico”. Son dos ejemplares de Magnolia Grandiflora, una especie originaria de América del Norte, que cada noviembre -en nuestro hemisferio- se cubre de grandes flores blancas y aterciopeladas muy (muy) perfumadas.

“Se llena de turistas que quieren una foto con las magnolias. Las sacan desde la entrada de la iglesia; y cuando el árbol florece no se puede creer la cantidad de gente que frena a mirar”, cuenta Carmen. La iglesia es San Pedro Telmo, construida por los jesuitas en los primeros años del siglo XVIII: desde su atrio, las dos magnolias que dan sombra a la escuela de la mano de enfrente de Humberto Primo entran en la misma foto. Justo al lado de la iglesia, el edificio de lo que hoy es el Museo Penitenciario pero que en su momento fue el primer correccional de mujeres “de mal vivir” -así se definía- fuera de los calabozos del Cabildo.
“Los chicos cuidan mucho las magnolias. A veces hacen Plástica ahí, o nos piden permiso para ir a leer bajo su sombra, o se arman un tereré y lo toman en los canteros. Tienen mucho cuidado con los árboles, saben que son parte de la historia de la escuela y les tienen cariño. Por ejemplo, no juegan a la pelota cerca de los canteros”, describe Natalia Lemir, directora de la Escuela “Guillermo Rawson”, en diálogo con Infobae.
“¿Podemos ir a las magnolias?”, es una de las preguntas que más escucha de sus alumnos de esta escuela en la que, una vez que termina la jornada regular, se enseñan idiomas a estudiantes de cuarto grado o más grandes. “Las magnolias siempre están presentes en la narrativa de la escuela. En los cuadros que algunos profes han pintado siempre aparecen; en algunos actos, cuando repasamos nuestra historia, siempre los tenemos en cuenta”, suma la directora.

Cuando la “Guillermo Rawson” cumplió 75 años, en 1962, las Magnolias del Protomedicato fueron parte fundamental de los discursos que se escucharon ese día, según actas que la cooperadora escolar logró recuperar. Es que es a la sombra de esos dos árboles bicentenarios que aprenden sus alumnos.
Hay otra señal a la que le presta atención Carmen: el tronco. Apenas aparecen descascaramientos, los árboles necesitan más atención, e incluso llamar al área de Arbolado de la Ciudad. “Hace unos diez o doce años se enfermó una de las magnolias. Vinieron especialistas de Holanda y Alemania a tratarlo. Hicieron un apuntalamiento porque se estaba yendo hacia un costado, arreglaron sus raíces y hubo mucho movimiento de la tierra. Después de todo eso, mejoró muchísimo”, recuerda Carmen, una de las trabajadoras más antiguas de esta escuela fundada en 1887. Junto a otros auxiliares docentes, se ocupa del mantenimiento de las Magnolias del Protomedicato y de toda la demás vegetación del edificio, que tiene enredaderas altísimas y árboles de ceibo.
Como los dos ejemplares fueron catalogados como Árbol Histórico, reciben un monitoreo específico. “Se realiza una inspección anual para evaluar su estado fitosanitario, estructura y características particulares”, describe Damián Pérez, subgerente operativo de Inspección de la Dirección General de Espacios Verdes y Arbolado de la Ciudad.

“Las tareas de poda son mínimas y se limitan principalmente a la limpieza de ramas secas o enfermas, priorizando siempre la adecuación del entorno urbano donde crecen y evitando intervenciones que comprometen su desarrollo natural”, suma el funcionario.
“Yo llego a la escuela y estos árboles me cambian el día. Ya con verlos me pongo contenta, me hace bien. Es maravilloso tenerlos y tenerlos sanos. Y ver cómo los chicos los respetan y los cuidan es muy hermoso. Los turistas se vuelven locos, quieren fotos, sobre todo cuando abren todas las flores. Y nosotros los tenemos todos los días, es una maravilla”, cuenta Carmen, y sonríe. Todas las mañanas, bien temprano, se sube al colectivo en Gerli, toma unos mates en el viaje, se baja en San Telmo y la reciben los dos árboles más antiguos de Buenos Aires. Una parte de la historia porteña que, a esta altura del año, le muestra a ella, a casi trescientos chicos y a los que pasen por la vereda su mejor versión. Y su mejor perfume.
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