
Es el 19 de noviembre de 2021. Junín ve pasar una caravana distinta. Los autos avanzan despacio por las calles del centro, tocan bocinas, mientras desde las ventanillas cuelgan banderas rojas y negras. Ningún equipo había ganado ningún campeonato. Pero sí acababa de nacer un nuevo club en uno de los barrios más populares de la ciudad del norte bonaerense.
Un club que antes fue comedor barrial y ahora ya tiene camisetas y escudo. En uno de esos vehículos va Néstor Fabián “Lelo” Carballo, su presidente. Esa noche, después de años de reuniones, rifas, ollas populares, partidos improvisados y trámites administrativos, la Liga Deportiva del Oeste aceptó al Club Social y Deportivo La Favela como nuevo integrante.
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“Fue algo fenomenal”, recuerda Lelo. “Un orgullo, una felicidad inmensa”. Un hito en la historia del fútbol argentino. Un comedor barrial transformado en equipo. Un hombre de 54 años que soñó de pibe mientras jugaba en el potrero que a los chicos no les falte el pan. La historia se empezaba a escribir en una liga centenaria que no incorporaba clubes con facilidad.

En Junín, muchos de sus clubes nacieron con el ferrocarril. Entrar a la liga no dependía solamente de armar un plantel y anotarse. Había que demostrar personería jurídica, cantidad de socios, estructura institucional y conseguir el aval de los clubes ya afiliados. Once de trece votaron a favor de La Favela. Ese día, para Carballo, el barrio había logrado un lugar en el fútbol local. “Nosotros ya le ganamos a la vida creando un club sin nada”, dice.
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Los inicios en el potrero
Mucho antes de los alambrados olímpicos, las categorías formativas y las camisetas en rojo y negro, había un grupo de amigos jugando al fútbol los fines de semana en el barrio El Triángulo, también conocido como San José. Cerca del Cementerio del Oeste. Cerca de las vías. A mediados de los años 2000, muchos de ellos ya no vivían allí. Habían formado familias, conseguido trabajo, se habían mudado a otros barrios. Pero seguían regresando los fines de semana para jugar el clásico picado.
“Había una nostalgia de hacer algo por el barrio”, cuenta Carballo. “Más que nada por los chicos”.
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La idea apareció entre partidos y terceros tiempos. Primero organizaron los festejos del Día del Niño. Después decidieron construir un salón comunitario.

—¿Con qué evento dieron el primer paso?
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—Arrancamos con el Día del Niño, allá por el 2006, 2007 más o menos. Éramos un grupo de amigos. Jugábamos al fútbol los fines de semana. Pedimos un préstamo, creo que eran cien mil pesos, pagábamos mil por mes cada uno de los que jugábamos. Así hicimos el salón, que está hermoso. Humilde, pero muy lindo. Ahora se alquila y eso nos genera una entrada. Siempre a precio bajo, porque sabemos la clase de gente que manejamos, todos laburadores.
El salón está en pie. La recaudación de los eventos sociales ayuda a sostener parte de los gastos del club. Pero hace 20 años, todos los sábados servían comida. Dos veces por semana organizaban tareas recreativas y apoyo escolar. Después de las clases improvisadas, los chicos salían a jugar al fútbol. Más tarde llegaba la merienda.
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“Había chicos que iban porque no tenían para comer”, recuerda Carballo.
El fútbol seguía ahí, como una constante. Los partidos de los fines de semana nunca se suspendieron. Y con el tiempo apareció una pregunta que terminaría moldeando todo lo demás: qué hacer cuando terminaba el comedor, cuando cerraba la jornada y los chicos volvían a una calle atravesada por la pobreza, la droga o la violencia. “Quedaba algo vacío en la contención”, dice. “Y dijimos: qué mejor que hacer algo con el deporte”.
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La Favela nació antes como apodo que como institución
Un grupo de amigos participaba de un programa de radio deportiva local. Uno de ellos, Omar Vega, empezó a usar el nombre para referirse a los clásicos barriales. “Los clásicos de La Favela”, decía al aire. La expresión quedó pegada a la zona. En la cartografía juninense el barrio oficialmente se llama El Triángulo o San José. Pero para mucha gente ya era simplemente La Favela. Las instituciones ponen los nombres pero los apodos son del pueblo.
Carballo recuerda que el lugar estaba marcado por una geografía precisa: las vías del tren, el paredón del cementerio, los murales pintados, los pasillos de tierra. El escudo del club terminaría reuniendo esas referencias. Los colores también llegaron desde el pasado. Cerca del predio actual existía décadas atrás una canchita conocida como “Chacarita”, por su cercanía con el cementerio. Jugaban con camisetas rojas y negras, los mismos colores que adoptaría La Favela años después. “Seguimos la tradición”, explica.
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Club todo el tiempo
El presidente de La Favela lava semanalmente las camisetas de ocho categorías, traslada chicos, organiza viajes. Cuenta que el 1° de mayo hizo ocho recorridos en su auto para llevar jugadores a un partido. “Si no los llevás, no presentan categoría”, dice.

La escena resume buena parte de la lógica del club. La Favela no paga sueldos. No compra futbolistas. No tiene empresarios detrás. La economía funciona con rifas, alquileres del salón, campeonatos comerciales y aportes de vecinos. Con la venta de entradas cuando juega la Primera. “Tenemos que reinventarnos todos los meses”.
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Mientras Lelo habla, vuelve sobre una idea: la diferencia entre el club barrial y las sociedades anónimas deportivas. “Nosotros somos asociación civil sin fines de lucro. Acá el club es de los socios”, afirma. “Lo recaudado vuelve al club y a los chicos”. Carballo habla desde la experiencia concreta de sostener ocho categorías con trabajo voluntario.
—¿Qué pensás sobre el debate de las sociedades anónimas en el fútbol?
—Estoy a la antípoda de eso. El club de barrio cría a la mayoría de los jugadores. Somos un club que labura. Ayer jugamos contra un club centenario, pero el sistema es igual. Ellos pueden pagar utilero, canchero. Nosotros hacemos todo. Yo lavo la ropa de ocho categorías, la tiendo, la doblo, la preparo. En mi auto llevo ocho, nueve chicos. Yo trabajo en una empresa de higiene urbana y después de trabajar estoy con los chicos, la Primera, la Senior. Sábado y domingo, cuando hacemos de local, salgo a las once y hasta las siete, ocho de la noche no vuelvo.
Un club que nació en la pandemia del COVID-19
La pandemia atravesó la historia de La Favela justo cuando el club intentaba ingresar a la Liga. Tenían los papeles listos, los socios, la estructura administrativa. Faltaba la asamblea definitiva. Entonces llegó el COVID-19.

El comedor volvió a convertirse en el centro de todo. Carballo recuerda cuatro ollas de cincuenta litros funcionando al mismo tiempo. Filas de más de una cuadra para retirar viandas. Cuarenta paquetes de fideos repartidos en una sola jornada. “Era terrible”, dice.
En ese período él mismo se contagió y estuvo cuarenta y cinco días internado. Cuenta que estuvo al borde de la muerte. Poco después falleció uno de sus hermanos, Mario Panero, histórico colaborador de Sarmiento y también cercano al proyecto del club. La pandemia dejó marcas en el barrio y en la institución. Pero también reforzó el rol social que La Favela ya venía ocupando desde hacía años. Porque antes del club, dice Carballo, el barrio no tenía agua corriente, cloacas ni conexiones eléctricas formales.
Las gestiones comenzaron a hacerse colectivamente a través de la institución. Primero llegó el agua potable. Después las cloacas. Más tarde, mediante un trabajo conjunto con la empresa Eden, instalaron ciento veinte medidores eléctricos. Carballo insiste en que todo se consiguió desde la organización comunitaria. “La gente tiene que estar agradecida al club”, afirma. “Porque se lograron muchas cosas”.

Una historia en una Liga centenaria
La Favela empezó a competir oficialmente en 2021. Cinco años después ya tiene infantiles, divisiones juveniles, reserva y primera. En el primer torneo, la reserva estuvo cerca del título. Llegó a la última fecha dependiendo de sí misma, pero perdió contra Mariano Moreno y quedó sin campeonato. Carballo todavía recuerda ese partido con una mezcla de orgullo y frustración. “Fue un dolor terrible”.
En primera división, el mejor resultado llegó durante el tercer año, peleando el campeonato hasta las últimas fechas. Cuando pierde cualquier categoría —desde Senior hasta Escuelita—, dice que se pone a llorar en su casa.
—¿Cómo vivís las derrotas?
—Me vuelvo loco. Pierdo en cualquier categoría y me pongo a llorar. Vivo el fanatismo desde otro lugar. Soy hincha de Boca, fanático, y simpatizo por Sarmiento, pero esto es distinto.
—¿Cuál es el legado que dejan al barrio y a Junín?
—Que todo lo que uno se propone y lo quiere, lo puede. Fundar un club no es fácil y lo logramos. Es un legado para el que viene abajo. Ojalá venga otro con frescura e ideas nuevas y pueda seguir. Los objetivos se logran con seriedad, sacrificio y honestidad.

—¿A dónde te gustaría llegar con La Favela?
—Primero, salir campeón con la primera. Sé que es difícil porque hay clubes que pagan jugadores. Nosotros no pagamos, no hacemos locuras. Apostamos a las inferiores, sacar chicos de abajo. Mi idea es que en dos años tengamos todos los jugadores del club que no dependamos de otros clubes. Que todo sea natural, nuestro, con la idiosincrasia del club. Y salir campeón, lógico. También, me gustaría jugar en la cancha de Boca, ese es mi sueño.
La historia personal como huella
La historia personal de Carballo aparece todo el tiempo mezclada con la del barrio. Habla de una infancia atravesada por la pobreza. Su padre era albañil. Su madre trabajaba en limpieza. En distintos momentos convivieron hermanos y primos bajo el mismo techo: “A veces no teníamos ni para comer”.

Cuando describe a los chicos del club, vuelve inevitablemente sobre esos recuerdos. Habla de padres presos, familias quebradas, consumo problemático, adolescentes que dejaron el fútbol y volvieron años después buscando otra oportunidad. “La droga está a la vuelta de la esquina”.
En La Favela suelen recibir chicos que no encuentran lugar en otros clubes. Algunos llegan después de abandonar el deporte. Otros aparecen recomendados por vecinos o familiares. “Les abrimos la puerta”, dice Lelo. No todos permanecen. Algunos abandonan rápido. Otros logran sostenerse. Carballo dice que vio muchos casos de chicos que cambiaron el rumbo de sus vidas.
El club también empezó a circular fuera del barrio. Directivos y entrenadores fueron invitados a escuelas, jardines y universidades para contar la experiencia institucional. En la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional del Noroeste de la Provincia de Buenos Aires (UNNOBA) expusieron sobre asociaciones civiles. En la escuela de gestión privada San Jorge participaron de una actividad inspirada en la película Luna de Avellaneda.

Años después de que el film de Juan José Campanella se convirtiera en una de las películas más emblemáticas sobre los clubes de barrio argentinos, los directivos de La Favela recibieron la invitación. El colegio les propuso a los alumnos elegir un club local que representara ese mismo espíritu de la peli. Los chicos eligieron a La Favela.
La escena tenía algo de espejo. En la película, Ricardo Darín interpreta a Román Maldonado, un dirigente que intenta evitar el cierre de un club social nacido en otra Argentina, la de los carnavales, las piletas llenas y los bailes populares. El club se cae a pedazos entre deudas, goteras y discusiones sobre convertir el predio en un casino privado. Todo ocurre en medio de la crisis económica posterior a 2001.
En Junín, la historia era distinta y al mismo tiempo parecida. Porque La Favela no luchaba por sobrevivir a un cierre: todavía estaba intentando terminar de construirse. Cuando Carballo llegó a la escuela para la charla, los alumnos ya habían visto la película. Algunos preguntaron por las divisiones inferiores. Otros por la cancha. Otros por el origen del nombre. Entonces apareció inevitablemente la comparación. “‘Luna de Avellaneda’ es ficción, lo nuestro es real”.
En La Favela no hay guionistas ni decorados. En el oeste de Junín, La Favela terminó funcionando como una versión tangible de esa idea: un club nacido de la necesidad. Un club levantado en un barrio donde antes no había agua corriente ni conexiones eléctricas regulares. Un club que primero repartió comida y después diseñó fútbol. Todavía existen lugares donde el fútbol funciona como excusa para organizar una comunidad. El sueño de un hombre que el año que viene cumplirá 60.

Fotos: Juan Mascardi
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