
Corría 1914 y para un alemán, estar en Gran Bretaña en ese momento no era la mejor idea. El 4 de agosto de ese año, el Reino Unido le declaró la guerra a Alemania. Sin perder tiempo, al día siguiente, el parlamento aprobó la Ley de Restricción de Extranjeros. La norma ordenaba que se registraran ante la policía, que luego podía deportarlos o enviarlos a campos de internación. Por entonces había unos 60 mil alemanes residiendo en las islas. Los que estaban en edad de servir en el ejército fueron considerados sospechosos. Y entre ellos, recorriendo la campiña inglesa como artista de circo, o eventualmente boxeando por monedas, andaba Joseph Hubertus Pilates.
Había nacido en Mönchengladbach, Alemania, cerca de la frontera con Bélgica, el 9 de diciembre de 1883. Era el segundo de ocho hermanos en un hogar humilde. Su padre era un mecánico de ascendencia griega que practicaba gimnasia y arreglaba las maquinarias textiles de las fábricas locales. Su madre, una alemana dedicada a las medicinas alternativas, una naturópata. En realidad, el apellido original del pequeño era Pilatu. Sumaba una serie de desgracias: sufría raquitismo, asma y fiebre reumática. Pero eso no hubiera significado nada de no haber sido el debilucho de su clase, el que sufría bullying. De niño se burlaban de él, le decían “Pilato, el que mandó a matar a Jesús”. Por eso, más adelante lo cambió a Pilates.
El apellido no fue el único cambio, su físico también mutó. Su padre comenzó a llevarlo al gimnasio con él. Y de pronto, a los 12 años, se transformó en un muchacho fornido. Además, allí aprendió los rudimentos del boxeo, un deporte que en ese momento era ilegal en Alemania. Y su madre lo llevaba a contemplar la naturaleza y se convirtió en un agudo observador de los movimientos de los animales. Por otra parte, se había obsesionado con un libro de anatomía humana que le había regalado el médico que atendía a su hermana Gertrude, que falleció poco después. Según su biógrafa Eva Rinke, de esa infancia pobre extrajo las ideas que luego lo harían famoso con su método de gimnasia.

El primer trabajo de Pilates fue en una cervecería. Se casó muy joven y muy pronto también enviudó. El nombre de su primera esposa se esfumó en la historia junto con su recuerdo. Marchó de Alemania, un poco para olvidar y otro poco para salir adelante, a Inglaterra. Llegó a Londres y trabajó en un sanatorio. Cuando quedó sin empleo, puso en práctica lo que aprendió de su padre: boxeó y enseñó boxeo. Fue instructor hasta de los agentes de Scotland Yard.
Pero, como fue dicho, llegó el desastre de la guerra y el final de esa etapa de la vida para Pilates. La germanofobia era moneda corriente en Inglaterra y, para agosto, había comenzado a trabajar en un circo. Dada su musculatura, el rol que le asignaron fue el de “estatua griega”. Estaba de gira en Blackpool, con un último domicilio registrado en el 22 de la calle Milbourne, una pensión regentada por una viuda llamada Eliza Tipper, cuando fue arrestado. Con 30 años de edad, un inglés básico y embarcado en un circo ambulante, lo catalogaron como posible espía. En su ficha, que lleva el número 14001, figura con su apellido original, Pilatus.
Primero fue derivado a Sandhurst, donde fue interrogado. Luego lo llevaron a Jersey, más tarde a Lancaster, en una fábrica de vagones de tren abandonada y por último al que fue su destino definitivo, el campo de prisioneros de Knockaloe, en la Isla de Man.
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En principio, Knockaloe había sido pensado para albergar a cinco mil prisioneros. Pero el 7 de mayo de 1915, el crimen de guerra que significó el hundimiento del transatlántico Lusitania torpedeado por un submarino alemán y la muerte de 1.192 tripulantes, la política se endureció. Cuando Pilates llegó el 12 de septiembre, ya había más de 16 mil internos. Joseph fue alojado en el campamento número 4.
Por supuesto, la vida en el campamento distaba de ser ideal. Para colmo, el bloqueo de los submarinos alemanes a Gran Bretaña causaba una súbita escasez de alimentos, y los prisioneros del país enemigo eran los menos tenidos en cuenta a la hora de poner comida en un plato. Esto hizo que el ánimo general decayera. Y, a la par, lo hizo el estado físico.
Mientras veía pasar las horas, Joseph se entretenía mirando cómo los gatos de la isla cazaban ratones, única forma que tenían de subsistir. No se quedó en la mera observación. Fue el germen, el embrión de su fantástica invención para hacer actividad física: aún con hambre, las simpáticas mascotas continuaban elásticas y podían capturar a sus presas. ¿Cómo lo hacían si comían menos que los humanos? Joseph lo notó. Sumó sus conocimientos de gimnasia y el viejo libro de anatomía: mientras no cazaban, los gatos pasaban largo tiempo estirando sus músculos.

Pilates convenció a sus compañeros de comenzar a ejercitarse “como los gatos”. Así, según relató varios años después en una entrevista que le hizo Sports Illustrated, consiguió que “se volvieran cada vez más confiados, más y más saltarines, como gatos. Terminaron la guerra en mejores condiciones que cuando comenzó, y cuando una gran epidemia de gripe se extendió por todos los países que habían luchado en la guerra, ninguno de ellos se enfermó”.
Para Joseph todo terminó de cerrar cuando fue designado para trabajar en el hospital del campo de prisioneros. En el limitado espacio de las camas comenzó también a ejercitarlos. Y para ello apeló a los resortes de las mismas. “Conocí a personas que estaban inválidas por enfermedades de la guerra y por su encarcelamiento, y comencé a idear máquinas para ayudarlos en su rehabilitación. Tuve mucho tiempo para inventar sillas, camas y equipos de ejercicios mientras estuve detenido en la Isla de Man”, cuentan Javier Pérez Pont y Esperanza Aparicio Romero en una biografía aparecida en 2013.
Luego del final de la guerra, fue liberado. El 22 de marzo de 1919, con 36 años, regresó a Alemania, donde se reencontró con su hija Helena Luisa, que tenía 14 años y su hijastro Guillermo. En Hannover comenzó a enseñar ejercicios. Como lo había hecho en Inglaterra, entrenó a la policía. Su grupo de adiestramiento se amplió a bailarines que tenían lesiones. Así conoció a Hayna Holmes, una bailarina que se hizo famosa cuando emigró a los Estados Unidos. Se radicó en Nueva York, y se hizo conocida como una de las fundadoras de la danza moderna norteamericana.

Con los vaivenes económicos de la República de Weimar en la Alemania entre ambas guerras mundiales y la semilla del nazismo en ciernes, Pilates siguió el camino de su amiga Holmes. En 1925 patentó su famosa cama de ejercicios, llamándola Universal Reformer, y al año siguiente marchó a los Estados Unidos como tantos migrantes europeos. En el viaje también conoció a quien sería su segunda esposa, Clara Zuener, una enfermera alemana.
Un año después de su arribo a Nueva York, Pilates abrió un gimnasio, al que llamó Joseph H. Pilates Universal Gymnasium en el 939 de la Octava Avenida. Allí mandó a construir los camastros que había patentado para realizar ejercicios, inventó otros como el Cadillac, la Silla Wunda y el Barril, y comenzó a entrenar a sus alumnos con su propio método, que revolucionó la forma de hacer gimnasia y al que bautizó “Contrología”.
El boca a boca hizo el resto. Además de los bailarines que llegaban a través de su relación con Holmes, comenzaron a frecuentar el lugar otros alumnos célebres, como el violinista Yehuda Menuhim, la coréografa Martha Graham, la actriz Katharine Hepburn o el actor Laurence Olivier. Todos ellos con profesiones en las que el control del cuerpo es indispensable.
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A medida que el lugar fue adquiriendo fama, tapizó las paredes con fotografías y esculturas suyas desnudo o apenas cubierto, retratos de sus alumnos con dedicatorias y recortes de periódicos que alababan a la “Contrología”.
En la citada entrevista que le hizo para Sports Illustrated, el periodista Robert Wernick narró la curiosa forma de bienvenida que le dió Pilates, que ya tenía 80 años. Se tiró boca arriba en el suelo y le dijo “Pisame, no tengas miedo”. En el artículo, publicado el 12 de febrero de 1962, cuenta cómo hablaba del estilo de vida norteamericano y el fanático convencimiento que tenía sobre su método. Imaginemos su voz, que según el autor de esa nota era dura y germánica: “¡Americanos! ¡Quieren ir a 600 millas por hora, y no saben caminar! Míralos en la calle. ¡Agachados!. ¡Tosiendo! ¡Hombres jóvenes con caras grises! ¿Por qué no pueden? ¿Miran a los animales? Mira un gato. Mira cualquier animal. El único animal que no tiene el estómago adentro es el cerdo. Míralos a todos en la calle ahora, como cerdos. Al ejercitar los músculos del estómago, exprimes el cuerpo, no te resfrías, no te da cáncer, no te dan hernias. ¿Los animales tienen hernias? ¿Los animales siguen dietas? Come lo que quieras, bebe lo que quieras. Bebo un litro de licor al día, más algunas cervezas, y fumo unos quince puros. ¿Y qué hacen los estadounidenses? Juegan al golf, juegan béisbol, usan la mitad de sus músculos, una cuarta parte de sus músculos. Engordan, trotan, siguen dietas locas, saltan arriba y abajo en ejercicios locos, tienen problemas de espalda, barrigas cerveceras, se encorvan, se quejan, tienen hernias…”
Pilates escribió dos libros, Tu salud (en 1934) y Volver a la vida con la contrología (de 1945). Su idea -y el que reconoció su mayor frustración- era que la medicina incorporara oficialmente a su método como uno de los principios de la salud. Quizás como homenaje a sus padres: el gimnasta y la naturópata. No lo logró.

Un incendio en 1965 destruyó su estudio. Fue un golpe muy duro. Dos años más tarde, el 9 de octubre de 1967, Pilates murió por un enfisema pulmonar. Clara instaló el gimnasio en otro lugar de Manhattan hasta su muerte, diez años después, período en el que trabajó junto a la bailarina Romana Kryzanowsja, que se acercó al método para curarse una lesión en el tobillo y se volvió una de sus mayoras impulsoras.
Joseph Pilates nunca usó su propio nombre para identificar su método. Y como no dejó un testamento, enseguida comenzaron las peleas legales por el uso del apellido. La pelea central llegó hasta el año 2000 e involucró a Sean Gallagher (que se convirtió en el dueño del Pilates Studio de Manhattan) contra Ken Endelman, el principal fabricante de equipos de pilates en el mundo. El caso fue dirimido por la jueza Miriam Cedarbaum, quien sentenció que Pilates es un “término genérico” para identificar un método de ejercicios y que ninguna persona ni organización podían monopolizarlo.
Hoy, millones de gimnastas en todo el mundo se suben a las camas con resortes para practicarlo. La mayor parte de ellos ignoran que Joseph Hubertus Pilates, cuando hubieran alcanzado el grado de estado físico que él consideraba satisfactorio, los habría felicitado diciéndoles: “Ahora sos un animal”.
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