Nunca pensé que escribiría una novela cuyos personajes no solo viven en una ciudad tan improbable para una escritora chilena como lo es Nueva York, pero que además estaría circunscrita a no más de 10 cuadras alrededor de la Universidad de Columbia.

Viví en Londres diez años, y aún así nunca he tenido el coraje de emplazar una de mis novelas íntegramente en esa ciudad. Y no porque no la conozca –Inglaterra en general y Londres en particular, son parte constitutiva de mi carácter – sino porque sé que hay algo que se me escapa, algo inasible que aún no logro aprehender. Y sin embargo, ahí está La estación de las mujeres, una novela que ocurre en un barrio de NY que tantos otros autores magníficos han tocado antes que yo. Escritores como Siri Husvedt en Ojos Vendados, o Paul Auster en Moon Palace, cuyo título alude al legendario restaurante chino de Broadway que cerró sus puertas en 1991.

Lo que veía no era el NY esplendoroso de las postales, sino una ciudad donde sus habitantes, venidos de todas la latitudes del mundo, parecían perdidos, como huérfanos.

Contra toda lógica, La estación de las mujeres nació durante el transcurso de seis semanas en las que me instalé en Nueva York para afinar detalles de la traducción y publicación de mi novela Contigo en la distancia en EEUU. Para mi sorpresa, el asunto de la traducción quedó zanjado en pocos días, y me encontré frente a un tiempo, sacado del calendario, que se extendía ante mis ojos como una larga sábana blanca. A la segunda mañana decidí que me dedicaría a caminar sin rumbo, a perderme en la ciudad. Tal vez, sobre todo, a perderme de mí misma. Tomé notas, fotografías, imaginé historias, conversé con desconocidos en bares y cafés, me detuve en las esquinas con la conciencia en blanco, como si todo lo que se presentara ante mí estuviera recién naciendo. Y también muriendo. Porque lo que veía no era el NY esplendoroso de las postales, sino una ciudad donde sus habitantes, venidos de todas la latitudes del mundo, parecían perdidos, como huérfanos.

Así fui construyendo una geografía que con los días se volvió Mi territorio y el escenario de una novela que comenzó a gestarse silenciosa, como un topo.

He aquí algunos sitios del territorio.

1- La banqueta de piedra frente a las puertas de Barnard College, tallada con los textos de la artista Jenny Holzer

Fue sentada en esa banqueta que surgió Margarita, uno de los personajes de La estación de las mujeres, quien aguarda en ese mismo sitio ver salir a su marido -un profesor de física- cogido del brazo de una de sus estudiantes para hacer estallar su vida. "El cuerpo del otro es un lugar para descansar tu mente. Llega al límite tan frecuentemente como puedas. El asesinato tiene su arista sexual. Morir de amor es hermoso, pero estúpido": los textos de Jenny Holzer te inquietan, te violentan. Desde su silenciosa y en apariencia inofensiva presencia, te llama a la acción, a levantarte y salir a la guerra, al amor, a lo que sea que te saque del letargo de los días. Cuando la encontré, me impresionó que estuviera allí, frente a las puertas de uno de los Colleges más prestigiosos del mundo, que, paradójicamente, solo admite mujeres.

2-El Hungarian Pastry Shop

Caminaba por Broadway cuando vi el dibujo colgado de la pared que daba a la calle: "Espera un milagro para hoy ". A partir de entonces volví cada día a tomar un café con dos medialunas y a aguardar mi milagro, como estoy segura hacían todos lo que nos encontrábamos ahí cada mañana, la mirada somnolienta, observándonos de soslayo, por si en alguno de nosotros estuviera contenido el milagro que por fuerza tendría que llegar a nuestra mesa. Porque el Hungarian Pastry Shop no es cualquier café. Allí dentro las pequeñas lámparas adosadas a los muros proyectan una luz ambarina, desprendida del tiempo, una luz donde hasta el más escéptico puede abrigar la esperanza de un milagro. En el Hungarian Pastry Shop trabaja Juliana, la vieja pastelera de La estación de las mujeres, poseedora de un enigma que atraviesa su vida y que añora resolver con la ayuda de Margarita, su amiga.

3-Morningside Park

Mornigside Park se hunde en la tierra, como si antes de ser parque hubiese sido laguna. Una hondonada que parece contener mil misterios y secretos, y que de alguna forma siempre me ha producido temor. Por eso nunca me había aventurado más allá de sus orillas, hasta esa tarde en que arreciaba una fuerte racha de viento y un olor a humedad se levantaba de las aceras. Era tal la belleza del parque que bajé las escalinatas y me aventuré por uno de sus senderos. Caminaba arropada con mi abrigo, cuando en una banqueta, vi un cuerpo dentro de un saco de dormir casi deshecho, que se agitaba. Primero pensé que el hombre o mujer que estaba allí dentro sufría una convulsión, pero pronto, por el ritmo acompasado, me di cuenta de que se estaba masturbando. Un relámpago alumbró las copas de los árboles y al cabo de unos segundos, un violento trueno estremeció el aire. Sonó largo rato, luego comenzó a llover bajo el latido de la tarde. En esa banqueta Elizabeth, el tercer personaje de La estación de las mujeres, descubre la muralla de silencio que su amante erige entre ellos, y que presiente no podrá derribar más que destruyéndose a sí misma.

4- Amsterdam House

Frente a las puertas de una casa de reposo en la esquina de la 112 con Amsterdam, un chico y a una chica de rasgos asiáticos estaban inmóviles en medio de la acera. Él sostenía la mano blanca y diminuta de ella y ella miraba al suelo. Llevaba un vestido celeste hasta las rodillas y el pelo recogido en una cola de caballo que rozaba su cuello. Sus zapatos eran rosados, al igual que una mochilita de charol que colgaba a sus espaldas. El chico tenía los ojos firmemente puestos en ella, como si aguardara algo. Era tal la inmovilidad de ambos, la perfección de sus rasgos y la atemporalidad de sus gestos, que parecían representar la escena de un cuadro o de una película. De pronto, el chico dio media vuelta, salió caminando y se perdió entre la gente. La chica permaneció con los ojos enterrados en la acera. Sentí su rendición, como si el destino hubiese cumplido su designio y ella no hubiera tenido más alternativa que aceptarlo.

5- La República independiente del Pueblo

Una mañana después de tomar desayuno aguardando mi milagro en el Hungarian Pastry Shop, caminé unas cuadras por Amsterdam y luego doblé no recuerdo en qué calle, ni tampoco si lo hice en dirección a Broadway o a Morningside Park, pero de pronto me vi frente a una banqueta cubierta de pegatinas que nunca había visto antes. Freedom. Courage. Bomb it . Bitch. Courtesy. Ha, ha, ha. Real. Miss. Beams heart. Me senté, saqué el libro que traía en mi bolso, dispuesta a imbuirme del espíritu libertario que desprendía el rincón, cuando una mujer que llevaba un bolso de supermercado con ruedas, se sentó en la banqueta, abrió una lata de cerveza y encendió un cigarrillo. Era evidente que vivía en la calle, pero tras su aspecto sucio y ajado, y el olor agrio que desprendían sus excéntricos ropajes, podía aún vislumbrarse una mejor vida pasada.
-No te había visto antes en La República -me dijo sin mirarme, mientras le daba una honda calada a su cigarrillo.
-¿República? –le pregunté.
-En La República Independiente del Pueblo -señaló.
Ante mi evidente desconcierto agregó:
-En esta banqueta, se llama así.

Después de sostener esa escueta conversación, la mujer comenzó a hurgar dentro de su bolso y olvidó por completo mi presencia. Intenté volver a hablarle, pero fue inútil, incluso cuando me despedí, la mujer no levantó los ojos de su bolso, de dónde sacaba los más diversos e inútiles enseres. Nunca volví a encontrar la República Independiente del Pueblo, de cuya existencia tal vez incluso dudaría, si no fuera porque me senté sobre un gigantesco excremento de paloma y luego tuve que botar los jeans que llevaba puestos.

6- Subway. Vagón con poema de Jean Valentine

Mis palabras para ti son como los puntos de una bufanda
No quiero acabarla
Quizás termine siendo una frazada
Para arroparte en ella
El amor no ha ido a ningún lado.

A las cinco de la tarde tomé el subway y junto conmigo se subió un hombre joven, quien -primero en español y luego en inglés- contó a los pasajeros que había perdido su trabajo hacía dos años y desde entonces estaba cesante. Tenía una sonrisa desdentada que aún así revelaba una rara bondad, como si a pesar de sus paupérrimas condiciones, estuviera agradecido de algo que no podíamos ver. Frente al poema de Jean Valentine, hablaba sin mirar a nadie y a la vez a todos. Luego caminó con rectitud y respeto por el centro del carro con un sombrero extendido y se bajó en la siguiente estación con el sombrero vacío. Una estación antes de llegar a la l16, se subió un joven indio y saludó a todos en un bello inglés británico. Iba vestido de pantalones color crema y chaqueta azul. Exhalaba un aire de días soleados y canchas de cricket. De pie en el pasillo dijo que preparaba su disertación para recibirse de abogado en Columbia y que tenía un problema psicológico para hablar en público. Tartamudeó, se detuvo, y luego continuó diciendo que nos agradecía profundamente que lo escucháramos, que cada uno de nosotros estaba contribuyendo a las posibilidades que tenía de transformarse en un hombre al servicio de la comunidad. Todos esos rostros que hacía unos minutos habían ocultado su repulsión tras sus celulares, ahora aplaudían. Se oyeron vítores. Al llegar a la 116, el joven, con una humilde reverencia, se bajó. Imaginé que tal vez más de algún pasajero se preguntaba lo mismo que yo: ¿Dónde se había ido el amor de Jean Valentine?

 

*Carla Guelfenbein es una reconocida escritora chilena. Autora de varias novelas para adultos y para jóvenes, resultó ganadora del Premio Alfaguara en 2015 por su novela Contigo en la distancia

 

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