No fueron todas flores en el encuentro entre San Martín y Sarmiento, ese rato de charla casi olvidado entre dos hombres fundamentales de la Historia argentina. Uno -San Martín- ya había hecho casi todo, había liberado tres países, estaba enfermo, tenía 68 años y había decidido morir lejos, pero antes había escrito un testamento y en él le había dejado su espada, nada menos, a Juan Manuel de Rosas. El otro hombre -Sarmiento- había cumplido los 35, se había tenido que exiliar del gobierno de Rosas y era uno de sus más elocuentes enemigos. No era un detalle lo que los enfrentaba; sin embargo el general recibió al periodista en su casa de Grand Bourg. Y hablaron.
De este encuentro parte El libertador, el corto que produjo Infobae para recordar los 176 años de la muerte de San Martín. Y de lo que allí se dijeron. Sobre todo, lo que San Martín contó sobre la campaña de los Andes y sobre su conversación con Simón Bolívar en Guayaquil. “¡Tanta gloria y tanto olvido! ¡Tan grandes hechos y silencio tan profundo!”, diría Sarmiento después, en una carta que le mandó a un amigo.
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Sarmiento se emocionó: “Lo he visto transfigurarse (...) y presentárseme el general joven, que asoma sobre las cúspides de los Andes paseando sus miradas inquisitivas sobre el nuevo horizonte abierto a su gloria”. Y también se enojó: “Un momento después, toda aquella fantasmagoría había desaparecido; San Martín era hombre y viejo, con debilidades terrenales, con enfermedades de espíritu adquiridas en la vejez; habíamos vuelto a la época presente y nombrado a Rosas y su sistema”. Por lo que opina de Rosas, Sarmiento ve viejo y confundido a ese San Martín que lo había deslumbrado unos momentos antes. “Todas sus ideas se confundían: los españoles y las potencias europeas, la patria, aquella patria antigua, y Rosas, la independencia y la restauración de la colonia”.

San Martín y Sarmiento no eran iguales pero pudieron dialogar. El encuentro no terminó en portazos e insultos. Esto, quizás, es lo más importante que deja esta visita y lo que hay que ver en el corto que se acaba de estrenar en YouTube. No sirve de nada demonizar las diferencias, no se construye nada si sólo se puede hablar con los idénticos o con los obedientes. Hay, tiene que haber, algo que nos una, sin por eso dejar de entender que no solo hay visiones distintas sino que también hay lugares diferentes donde pararse e intereses que muchas veces son opuestos.
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A esa altura, 1846, la Independencia estaba consolidada y se trataba de hacer un solo país de lo que eran un montón de provincias, caudillos, lealtades locales, proyectos políticos enfrentados. Sarmiento tendría una idea clave: la educación, la escuela, como un lugar para unificar miradas y “crear” argentinos. Una escuela que enseñe quién fue San Martín pero, sobre todo, que es “nuestro”.
¿Tiene un porteño más que ver con un uruguayo o con un jujeño? Bueno, según el cuento que se cuente. Según qué dice cada uno cuándo dice “nosotros”, qué siente cuando dice que “cruzamos” los Andes aunque nunca se haya acercado a la cordillera. En El libertador vemos cómo San Martín y sus hombres de confianza van motivando e instruyendo a quienes van a ser soldados pero ahora son diversos, son pobres, son pobres, son indígenas o negros que acaban de salir de la esclavitud. “Armamos un ejército de la nada, teníamos una cantidad de hombres que no querían pelear, que no entendían para qué pelear. Gauchos, libertos, indígenas”, dice San Martín en la ficción. Pero de a poco, se van sintiendo parte de algo grande. Pueden hablar de sí mismos en ese plural tan necesario.
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Ya tienen un destino en común cuando San Martín arenga: “Cuando se acaben los vestuarios, nos vestiremos con las bayetillas que nos trabajan nuestras mujeres y si no, andaremos en pelota como nuestros paisanos los indios. Seamos libres y lo demás no importa nada. La muerte es mejor que ser esclavos de los maturrangos”. Comenzaba 1817. Ahí, entre el viento y la nieve, el cansancio y el miedo, habían conseguido decir “nosotros”.
Treinta años después, el país estaba tajeado. Y San Martín había sufrido esa fractura en carne propia. En El libertador cuenta cómo, cuando su mujer Remedios agonizaba en Buenos Aires, quiso volver para verla y no pudo: le habían puesto hombres en el camino para detenerlo. El hombre que había cruzado los Andes para liberar un continente no podía atravesar su propio país para despedirse de su mujer.
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“Qué mal trata la patria a sus líderes”, dice Sarmiento en el corto y San Martín lo corrige:
De modo que, cuando San Martín y Sarmiento se encuentran en Francia, se encuentran también dos momentos de la Historia argentina. Si San Martín había puesto su vida para independizarnos de España, Sarmiento pensaba en cómo seguir, cómo hacer de esa tierra y esa gente una nación. Y ahí no estaban de acuerdo: el prócer de ayer podía estar del lado de enfrente en esa construcción de futuro. “La patria no, los hombres que la comandan”.
No tenían que pensar igual, podían escucharse. No es poca cosa. Sin querer borrar al otro, sin la ilusión infantil de encontrar un camino perfecto donde se cumpla punto a punto mi proyecto, sin el odio como arma y negociando.
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Quizás una nación sea, en parte, la posibilidad de contar una historia que no es la de cada uno, pero que podemos contar juntos. La pregunta que queda, 180 años después, es si todavía somos capaces de encontrar un “nosotros”.
Yo digo que sí, siempre sí. Como dijo el Flaco: mañana es mejor.
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