
Era un conservador aristócrata de pura cepa, que a los 59 años había llegado a la presidencia gracias al fraude pero que se había propuesto terminarlo. Por cuestiones de salud, vivió en la Casa Rosada, donde hacía vestir a sus ordenanzas con un uniforme de los tiempos del rey Luis XIV. Rápidamente la calle apodó a este consumado gourmet y experimentado catador de vinos como Roque I. El mismo, como parte de su habitual vestimenta, usaba capa, sin importarle el qué dirán.
Roque José Antonio del Sagrado Corazón de Jesús Sáenz Peña había nacido en Buenos Aires el 19 de marzo de 1851, en el seno de una familia rosista. Estudió en el Colegio Nacional de Buenos Aires y se graduó en Derecho.
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Era un jovencito cuando se sumó al ejército en el Regimiento 2 para defender al gobierno contra la revolución de Bartolomé Mitre de 1874. Enrolado en el Partido Autonomista, fue electo legislador y llegó a la presidencia del cuerpo a los 26 años. Pero en 1878 se alejó de la política por desavenencias dentro de la agrupación.
No tuvo mejor idea que ir a pelear como voluntario para Perú en la Guerra del Pacífico o del Guano, que libraba contra Chile. “Mi querido Tata, tranquilícese de mi separación momentánea; volveré a sus brazos más hombre aún y sin otra idea que compensarle los malos ratos que le doy y devolver a los más la tranquilidad que le quito”, le escribió a su papá, don Luis Sáenz Peña.
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Tuvo su bautismo de fuego en la batalla de Dolores y fue ayudante de campo del veterano general Juan Domingo Buendía. Después se batió con arrojo en un ataque sorpresa chileno y, corridos por el ejército de ese país, se retiraron a Arica, un lugar que nunca olvidaría.
Allí, unos 1500 peruanos al mando del legendario coronel Francisco Bolognesi se enfrentaron a 5000 chilenos. Sáenz Peña, con el grado de teniente coronel, comandaba el Batallón 33. Estimado por sus soldados, prefería compartir con ellos la trinchera y sus mismas vicisitudes.
La que se libró en el morro de Arica fue una lucha desigual, donde la proporción era cuatro contra uno. El argentino fue herido en su brazo derecho, y de pronto tomó nota que su unidad había sido diezmada. Su sable estaba tan doblado que no pudo envainarlo, a su caballo lo mataron y, de pronto, se quedó solo con dos hombres más. Esperaba tranquilamente a los chilenos, que avanzaban sin hacer prisioneros.
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Sin embargo, un oficial enemigo lo reconoció y ordenó mantenerlo vivo y, con otros prisioneros, fue embarcado hacia Valparaíso. Se negó a firmar un documento en el que pretendían hacerle prometer que no lucharía más contra Chile, y gracias a las gestiones de sus amigos, como Miguel Cané, lo liberaron y llegó a Buenos Aires convertido en héroe. Años después, el Perú lo nombró general honorario y, como tal, estaba habilitado para presidir las ceremonias conmemorativas de esa guerra.
En 1887 se casó con la mendocina Rosa Isidora González, siete años menor, que siendo primera dama tenía la costumbre, a contramano de la etiqueta presidencial, de viajar en tranvía como una más.
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Cumplió diversas funciones como diplomático y en la Primera Conferencia Panamericana, celebrada en Washington, se le plantó al secretario de Estado James Blaine –partidario de una política global hacia América- imponiendo la consigna “Sea América para la humanidad”, enfrentándola a la Doctrina Monroe, de “América para los americanos”.

Estuvo entre los fundadores de la Corte Permanente de Arbitraje de La Haya y también la integró, y también fue embajador argentino en España e Italia.
Integrante del Partido Modernista, alejado de los manejos del roquismo, tenía la juventud, la inteligencia y un razonamiento práctico que lo hacían encajar en una candidatura presidencial. Pero Julio A. Roca, en connivencia con Mitre, urdió la maniobra de promover a la presidencia a su padre, Luis Sáenz Peña, porque sabía que su hijo daría un paso al costado. Roque se olvidó de la política, se recluyó en Entre Ríos y regresó cuando su progenitor renunció en enero de 1895.
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Un mes antes de asumir este hombre parco a la hora de hacer declaraciones, se reunió en secreto con el principal líder de la oposición, Hipólito Yrigoyen. Temía un estallido popular por la práctica indiscriminada del fraude y estaba convencido de que el radicalismo había sido sobrevalorado y que no tenía el peso que se le adjudicaba y que se le podía ganar.

Ambos líderes se vieron a comienzos de septiembre de 1910 en la casa que el diputado nacional por Tucumán, Manuel Paz, poseía en la calle Viamonte. Ahí Sáenz Peña le aseguró que su intención era de imponer una reforma electoral. Yrigoyen le propuso la intervención de las 14 provincias para neutralizar la influencia de los gobernadores, manejados por lo que él llamaba “el Régimen”, elegidos por métodos fraudulentos. Sáenz Peña se negó y le ofreció dos ministerios al radicalismo. “El Partido Radical no busca ministerios. Únicamente pide garantías para votar libremente en las urnas”. El presidente electo le dijo que se usará el padrón militar y el líder radical le aseguró que si el gobierno brindaba las garantías, concurrirían a las urnas. Yrigoyen le dijo entonces a un amigo: “En 1916 somos gobierno”.
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Finalmente, el 12 de octubre de 1910 asumió la primera magistratura, y promovió una ley para hacer elecciones más transparentes. La ley del voto universal, secreto y obligatorio, su caballito de batalla, necesitaba de una mente esclarecida y sólida para defender el proyecto en el Congreso. Lo encontró en el salteño Indalecio Gómez, a quien nombró ministro del interior. Para él, el proyecto era “la revolución por los comicios”, y tuvo la tarea de defender el proyecto en el Congreso.
Sancionada el 10 de febrero de 1912, se aplicó por primera vez en marzo de ese año en las elecciones a gobernador de Santa Fe, donde resultó ganador el radical Manuel Menchaca.
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Durante su gestión, en años caracterizados por un crecimiento de reclamo social, Sáenz Peña debió enfrentar la protesta de los chacareros en lo que se conoció como “El grito de Alcorta”; se desarrolló el tercer censo nacional, también se inauguró la primera línea del subterráneo, habían comenzado las obras de la estación ferroviaria de Retiro y se aprobó la apertura de Diagonal Norte.
A partir de 1913 su salud empeoró -arrastraba viejas dolencias de los tiempos en que peleó en el Perú- y cada vez eran más prolongados sus pedidos de licencia. Por eso había decidido vivir en la casa de gobierno, para evitar los viajes desde su domicilio en Santa Fe al 3200.
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Finalmente debió delegar el mando en su vice, Victorino de la Plaza. Falleció el 9 de agosto de 1914 a los 63 años.

No pudo llegar a presidir los festejos del centenario de la independencia argentina, como era su deseo. Tampoco comprobar la premonición de Hipólito Yrigoyen, quien había asegurado que en 1916 el radicalismo sería gobierno. ayudó a que vinieran nuevos tiempos, pero no los pudo ver.
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