
Luego de haber estado 49 días en Melilla, el bautismo de fuego de ese soldado de infantería de trece años, con su cordón de plata que pendía de su hombro derecho que indicaba su condición de cadete, de reluciente uniforme azul y blanco, sería en la defensa de una plaza convertida en un montón de ruinas, en el norte de Africa.
Su papá Juan de San Martín, un militar valiente y emprendedor, que no logró ascender más allá del grado de capitán, luego de haber administrado las misiones de Yapeyú, recibió la orden de regresar a España junto con un contingente de militares que no tenían destino en el nuevo continente. Entonces, toda la familia se embarcó en la fragata de guerra Santa Balbina y luego de 108 días de viaje, anclaron en Cádiz el 23 de marzo de 1784.
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Luego de un tiempo en Madrid, con un capital mínimo, se establecieron en Málaga, en una casa de la calle de Pozos Dulces que le alquilaban al coronel retirado Isidoro Ibáñez por dos reales al día. Las estrecheces económicas obligaron a mal vender las dos casas que los San Martín poseían en Buenos Aires, una sobre la calle Piedras, entre avenida Belgrano y Moreno, llamada “casa chica” y otra en Venezuela, entre Bernardo de Irigoyen y Tacuarí, “casa grande”.
José comenzó a asistir, mañana y tarde, a la Escuela de las Temporalidades, en Málaga, a tres cuadras de donde vivían. Los padres pagaban cuatro reales diarios.
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Para sus compañeros, era el “indiano”, debido a su procedencia y su tez oscura. Si bien no sobresalió en sus estudios, demostró una especial habilidad por el dibujo y la música. “Podía haberme ganado la vida pintando paisajes de abanicos”, escribiría muchos años más tarde.

Por entonces, había dos caminos para entrar al ejército, a través de las academias militares o ingresando como cadete en una unidad. Su padre eligió la segunda opción para sus cuatro hijos: Manuel Tadeo y Juan Fermín lo harían en el Regimiento de Infantería de Soria, uno de los más antiguos del país, y Justo Rufino en la Guardia de Corps, un cuerpo de elite destinado, entre otras obligaciones, a la custodia de la familia real.
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Con 11 años, José Francisco San Martín se incorporó el 21 de julio de 1789 al segundo batallón del Regimiento de Infantería de Línea de Murcia, llamado “El Leal”, por su fama de no rendirse nunca y por la tenaz y aguerrida disciplina de sus miembros.

Creado el 20 de enero de 1694, tenía la guarnición en Málaga y su cuartel era el Castillo de Gibralfaro. Su jefe era el coronel Toribio de Montes, quien tiempo después sería gobernador de Puerto Rico y Callao y presidió la Real Audiencia de Quito.
El joven San Martín no participó en la primera acción desde que se incorporó, que fue el bloqueo a Gibraltar, permaneciendo en el cuartel, donde era de lectura obligada el libro Instrucción Militar Cristiana, de Pedro Marín, editado en 1788. Luego sí fue enviado a Melilla, que además de un puerto poseía un presidio. Integró una compañía del segundo batallón, se presume la cuarta de fusileros.
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A lo largo de la costa africana, especialmente en Ceuta, Melilla y Orán los españoles mantenían distintos fuertes para mantener a raya posibles invasiones musulmanas y controlar la navegación por el Mediterráneo, cuyas aguas por años estuvieron asediadas por piratas berberiscos, apoyados por el imperio otomano.

Orán, situada al noroeste de Argelia, tiene costa en el Mediterráneo. En 1509 había sido tomada por los españoles, quienes la perdieron dos siglos después a manos de los turcos, y reconquistada en 1732.
En la primera hora del 9 de octubre de 1790 Orán sufrió un violento terremoto, que provocó cerca de dos mil muertos, entre ellos el gobernador español Basilio Gascón y su hija, que fueron sepultados por los escombros en el palacio de Alcazaba.
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El movimiento telúrico –hubo 18 réplicas en las horas siguientes- destruyó la fortaleza de Mazalquivir. Y fue cuando el bey Mohamed de Mascara, de Argel, que contaba con el apoyo logístico de Inglaterra, ordenó atacar con treinta mil hombres y sitiar la ciudad, mientras el príncipe Alí ben Ahmad hizo lo propio con Ceuta, donde cavó trincheras y emplazó artillería. Aún así no lograría doblegar la resistencia española.

En marzo de 1791 todo iba encaminado al fin de las hostilidades, en abril el cadete San Martín fue enviado con su unidad a Orán, pero como el gobernador español aseguró que no habría guerra, hizo que regresaran a Málaga. En el interín, los argelinos reiniciaron los ataques y de nuevo su unidad desembarcó en la fortaleza de Mazalquivir, pero una nueva orden de Madrid los hizo regresar.
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Entre tantas idas y vueltas, el Regimiento de Murcia cruzó el Mediterráneo cuando los árabes iniciaron lo que sería el décimo asedio a Orán. Tuvo su bautismo de fuego el 25 de junio de 1791 defendiendo esa plaza.
La resistencia se prolongó por 33 días de asedio, donde se sucedieron los ataques, que incluyeron luchas cuerpo a cuerpo. El joven cadete comenzó a fogearse en la lucha y a empaparse en tácticas de infantería. Allí también habían sido enviados dos batallones del Regimiento de Soria, donde revistaban sus hermanos Manuel Tadeo y Juan Fermín.
Cada escombro y cada pared derribada, se convirtió en un parapeto y trinchera natural para los defensores. El joven soldado se ofreció voluntario en un ataque nocturno para desactivar minas colocadas por los atacantes en los muros del fuerte San Felipe. Es que San Martín había sido destinado, a su pedido, a la Compañía de Granaderos, los que realizaban las tareas más peligrosas.
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Cuando Turquía se negó a enviar refuerzos que le pidieron los argelinos, que no podían doblegar la resistencia española, desistieron de continuar atacando y las hostilidades terminaron con el tratado de paz y amistad celebrado el 12 de septiembre de 1791. El rey español Carlos IV ordenó evacuar la plaza, lo que cayó muy mal en España. Porque el monarca había evaluado desprenderse de esas posesiones.
Cuando en Francia la revolución encarceló a Luis XVI y se estableció la República, en España se pusieron sobre alerta y el Regimiento de Murcia fue movilizado a la frontera. Se encontraría con los Pirineos, donde permaneció ocho meses. Allí sería ascendido a segundo subteniente. Ese fue el incio del joven San Martín, quien casi desde niño estaba educando su mente y espíritu en la dura rigurosidad de los cuarteles y los combates, moldeándose para un futuro que seguro aún no imaginaría.
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