
Es lo que en el barrio llamaríamos una chica difícil. Carlota Joaquina Teresa Cayetana de Borbón y Borbón había nacido el 25 de abril de 1775, era hija de Carlos IV de España y de María Luisa de Parma. Algo habrá influido en su carácter que, con solo diez años, enfermiza, débil y baja de estatura, la mandaron a Lisboa a casarse, el 8 de mayo de 1785, con Juan de Braganza, quien en 1799 se había transformado en príncipe regente.
Él tenía 18 años. Se debió recurrir a una dispensa papal que autorizase la unión y Carlota debió pasar por el riguroso ojo de diplomáticos portugueses que debían dar la aprobación final.
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No causó buena impresión en la nobleza de Portugal y, por su aspecto, estuvieron por solicitar la anulación del matrimonio, mandarla de vuelta a España y casar a Juan con otra candidata que le diera descendencia, y deshacerse de esa chica que, vivaz y despierta, en definitiva era una criatura que ocupaba el día en juegos de niños.
Cuando maduró se reveló con un carácter fuerte, con la molesta costumbre, para la corte portuguesa, de inmiscuirse en los asuntos de Estado, opinando, influyendo e intrigando. Porque cuando el hermano de Juan falleció, en 1788, su marido se transformó en el heredero de la corona.
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Para colmo, el futuro rey descubrió en 1806 que ella, con la que se llevaban como perro y gato, planeaba un golpe de Estado para sacarlo del medio. Es que Juan era la contracara de la chica: pasaba largas horas del día sin hacer nada, tenía tendencias depresivas, dudaba antes de tomar una decisión, debía lidiar con su mamá y sus problemas mentales y con sus propios problemas de salud. No tuvo más remedio que echarla del palacio real y recluirla en el de Queluz, en las afueras de Río de Janeiro, con libertad vigilada. Mientras él habitaba en el palacio de Mafra.

Cuando el Ejército napoleónico se acercaba a Portugal, y la corte decidió irse para Brasil para ponerse a salvo, hubo que convencerla de que subiera al barco en Belén, que partió el 27 de noviembre de 1807, custodiado por la flota inglesa. La huida fue decepcionante para los portugueses, quienes se sintieron abandonados y librados a la buena de Dios.
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En aquel país se enteró de que su papá, Carlos IV, y su hermano, Fernando VII, habían caído cautivos de Napoleón y, ni lerda ni perezosa, urdió mil formas de postularse al trono español vacante.

Descripta como una mujer con ambiciones sin límites y con un carácter que podía llegar a ser violento, no demoró en reclamar la potestad del poder real y a través de sendos manifiestos, aseguró que eran ilegales las abdicaciones de los borbones y reclamó el ejercicio de la regencia. Tenía los diplomas para semejante reclamo: era la única de los borbones que estaba libre.
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Estos planes chocaban con los de su marido, quien soñaba con establecer una regencia en América pero con Pedro Carlos de Borbón, un hombre perfectamente manipulable, hijo del infante español don Gabriel, hermano del exrey Carlos IV. Soñaba con un “imperio de la América del Sur”. Y encima la diplomacia inglesa en Río de Janeiro, encarnada en la figura de Lord Strangford, hizo lo imposible para que los planes de Carlota no llegasen a ningún lado.
Con su marido habían tenido nueve hijos, pero cuando arribaron al Brasil ya estaban virtualmente separados, es más, cada uno vivía en su propia residencia y tenían su propia corte. Se rumoreaba que ella mantenía una estrechísima relación con el almirante inglés William Sidney Smith, un veterano de las guerras de independencia norteamericana y también de las napoleónicas, quien operaría políticamente en favor de Carlota, porque entendía que las ambiciones de la mujer, de concretarse, eran una valla de contención ideal para evitar que el sistema napoleónico se expandiese en América.
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La mujer no se quedó de brazos cruzados. Planeó, para el 24 de noviembre de 1808 una jugaba arriesgada: ir a Buenos Aires y autoproclamarse regente de América.
En septiembre de ese año un barco inglés arribó a Buenos Aires y traía de Brasil proclamas y cartas de Carlota al virrey, al obispo, a los cabildos secular y eclesiástico y a gobernadores intendentes. La mujer reclamaba el derecho de ponerse al frente de toda la América, en carácter de regente.
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En la ciudad tenía sus simpatizantes, como Juan José Castelli, su primo Manuel Belgrano —por entonces secretario del Consulado—, Antonio Luis Beruti y Nicolás Rodríguez Peña, quienes entonces veían como una posibilidad candidatearla para tal puesto.
Sin embargo, los oficiales españoles de la fragata Prueba, en la que haría el viaje, decidieron no participar de semejante misión y, en un descuido de la mujer, la fragata partió para evitar problemas. Por otra parte, su aliado, el almirante Smith, fue llamado a Gran Bretaña donde lo esperaba otro futuro.
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En Buenos Aires, a partir de que Napoleón había puesto a su hermano al frente del trono español, fue Belgrano uno de los sostenedores de la idea de que, ante esa situación que se daba en España, América debía seguir a Carlota Joaquina, que era el único miembro de la familia real que estaba en libertad. El proyecto de Belgrano contemplaba la separación de los dominios del Río de la Plata de España, una gestión de Carlota como una transición hacia la independencia.
En una carta que Belgrano le escribió el 17 de julio de 1809, le comentaba que “todos mis esfuerzos, Señora, son dirigidos a lograr que ocupe el lugar de sus augustos progenitores, dando la tranquilidad a estos sus dominios”. Criticaba además al virrey, que no hacía más que empeorar las cosas. Sin embargo, la Revolución de Mayo orientaría la política hacia otro lado.
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La mujer albergó algunas esperanzas en septiembre de 1810, cuando se reunieron las cortes generales en Cádiz, donde se había barajado la posibilidad de que ella accediese al trono. Pero Napoleón fue derrotado y su hermano Fernando VII regresó a ocupar su puesto.
Desde Brasil, ella lo mantenía al tanto de las maniobras de los revolucionarios locales que buscaban la independencia. Cuando la reina de Portugal falleció, el 20 de marzo de 1816, el esposo de Carlota se transformó en Juan VI el Clemente.
En 1820 una revolución que estalló en Oporto, Portugal, hizo que el rey viajase. Su esposa lo acompañó, no así su hijo Pedro, quien en 1822 declaró la independencia del Brasil y se transformó en el emperador Pedro I. Él escribiría su propia historia en la nación vecina.
En Portugal, Carlota se embanderó detrás del absolutismo, siguió insistiendo en inmiscuirse en cuestiones de Estado y su marido terminó por encerrarla en un convento.
En 1826 el rey Juan VI falleció repentinamente. Se sospechó de un envenenamiento, y todas las miradas apuntaron a su esposa y a su hijo Martín, que fue nombrado regente.
Pero ya Carlota no tenía ningún grado de influencia. El 7 de enero de 1830, a los 54 años, un cáncer de útero venció a esa mujer ambiciosa, aguerrida e intrigante, que a los diez años la vida había cambiado para siempre.
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