En marzo de 1811, las aguas de San Nicolás fueron escenario de un combate brutal. Una impactante recreación audiovisual revive los últimos minutos de la goleta "Invencible", el asalto cuerpo a cuerpo de las tropas realistas y el intento desesperado del comandante Juan Bautista Azopardo por hacer volar su propio barco antes de entregarlo al enemigo.
Francisco Bruno de Gurruchaga era un salteño de 44 años, formado en derecho en España y que había combatido como teniente de fragata en Trafalgar en el buque que comandaba Baltasar Hidalgo de Cisneros. Perseguido por los franceses que se habían apoderado de España, vino a Buenos Aires en 1809 y adhirió a la Revolución de Mayo.
Su primera misión fue por demás difícil: le ordenaron que hiciese magia y hallase buques y hombres que supieran navegar, porque el proyecto del gobierno era armar una flota de guerra.
No le quedó más remedio que poner dinero de su bolsillo y logró convencer a particulares para que aportasen capital para la adquisición de barcos, a los que se equipó con cañones usados que habían sido desafectados.

Esa primera escuadra nacional con la que contó el país nació para apoyar a la expedición militar de Manuel Belgrano al Paraguay. Debía actuar de auxilio a las fuerzas terrestres y estar preparada en caso de una retirada de las fuerzas patriotas.
El Apostadero de Montevideo era un dolor de cabeza para las autoridades de Buenos Aires. Después del 25 de mayo de 1810 se había transformado en un poderoso reducto naval español. De allí salían expediciones que asolaban los pueblos costeros del Paraná, y era la que impedía que Belgrano pudiese recibir refuerzos.

Miguel de Azcuénaga y Domingo Matheu, miembros de la Primera Junta, le dieron al teniente coronel Juan Baustista Azopardo, 39 años, el grado de comandante y lo pusieron al mando de la primera flota de guerra. Había nacido en el pueblo de Senglea, en Malta, en 1772 y como marino había llegado a Montevideo en 1806, participando en las invasiones inglesas.
Hallar marineros criollos fue una misión imposible. Se debió reclutar a ingleses, italianos, franceses y de otras tantas nacionalidades, que estaban en el Río de la Plata en busca de aventuras y dinero. Las dotaciones se completaron con doscientos soldados de regimientos de línea que, de buenas a primeras, dejaron tierra firme para hacer equilibrio en cubierta.
Esa primera flota estaba compuesta de solo tres barcos: la goleta Invencible de 12 cañones y 66 hombres, comandada por Azopardo; el bergantín 25 de Mayo, de 18 cañones y 108 hombres, al mando de Hipólito Bouchard, y la balandra Americana, de tres cañones y 26 hombres, guiada por el francés Angel Hubac, un artillero que había peleado con Santiago de Liniers.

Fueron asistidos por Estanislao Courrande, con un pasado de corsario, quien se sumó a la incipiente armada como un experimentado armador.
El 12 de enero de 1811 se creó la “Mesa de Cuenta y Razón de Marina”, dedicada a la administración naval. A su frente estaba el coronel de marina Benito de Goyena.
La orden dada a Azopardo era ir a Corrientes y cortar la comunicación entre Montevideo y Paraguay. Zarpó el 10 de febrero y en la isla Martín García, luego de abrir sus instrucciones, partió a remontar el Paraná. Después de hacer puerto en Santa Fe, la orden fue la de apresar todo buque enemigo con que se cruzase, y buscar especialmente uno que había partido de Montevideo lleno de armas y municiones.

Había un dato que no era menor: las dos armadas enarbolaban la enseña española en su palo mayor. A Azopardo se le ordenó adosar la bandera inglesa en el trinquete.
Fondeó frente a San Nicolás cuando supo que naves españolas los perseguían. Como no había vientos favorables para partir resolvió dar pelea no solo en agua sino también en tierra. Para ello ordenó instalar una batería en tierra, con 36 milicianos al mando del capitán Gregorio Cardozo.
A la noche, los españoles anclaron en la punta de El Tonelero, a una distancia de dos leguas y media. Eran los bergantines Belén de 14 cañones y Cisne de 12 cañones, y los faluchos Fama y San Martín de un cañón cada uno, que estaban al mando del capitán de navío Jacinto de Romarate, un experimentado marino vasco, que se había destacado en el asalto al puerto de Toulón en 1793.
El 28 de febrero el jefe español se dispuso al ataque, pero los fuertes vientos en contra se lo impidieron. Mandó al alférez de navío José Aldana como parlamentario. Llevaba el mensaje del virrey D’Elío quien había declarado traidores a todos aquellos que habían apoyado la Revolución de Mayo. Romarate le daba dos horas para deponer su actitud. Azopardo se negó a recibirlo.

El combate empezó a las nueve de la mañana del 2 de marzo. El primer cañonazo lo disparó Hubac, en la América.
En las primeras maniobras dos bergantines realistas quedaron varados sobre el banco de una isla, desde donde soportaron el cañoneo de los buques patriotas y de la batería terrestre.
Azopardo vio que era la oportunidad de terminar con esos barcos atrapados. Sin embargo, no había viento favorable que, sumado a la indecisión de algunos de sus oficiales, lo hicieron desistir.
Esas dudas sirvieron para que los españoles ganasen tiempo y escaparan de su encierro. Regresaron por la tarde para continuar la lucha. Concentraron el fuego en la Invencible y cuando se disponían a abordar al 25 de Mayo, con Romarate a la cabeza, su tripulación se arrojó al agua, pese a los esfuerzos de Bouchard de retener a hombres que hablaban distintos idiomas. Fueron a refugiarse a la isla cercana de San Pedro.

La Americana tenía un boquete en su proa y su tripulación la había abandonado. Solo resistía la Invencible contra todos los buques realistas, aún después de ser abordada.
Azopardo, al verse derrotado, ya que solo peleaba junto a ocho hombres, intentó volar la santabárbara. Intentó, sin suerte, hacerlo con el disparo de fusil, y tampoco pudo violentar los candados del habitáculo donde se guardaba la pólvora. Recordó que en la despensa se guardaban dos cajones con cartuchos.
Unos lo alentaban a volar el barco y los heridos le imploraban que no lo hiciera.
Los españoles, en la cubierta, mandaron al granadero Turner con el ofrecimiento de perdonarles la vida si se rendían. Terminó aceptando entregando su espada.
En su barco había tenido 41 muertos y el resto estaban heridos. Los españoles tuvieron 12 muertos y 16 heridos.
Azopardo y 62 hombres, entre oficiales y tripulantes, fueron llevados como prisioneros a Montevideo, junto con los buques. Fue juzgado por alta traición y enviado a Cádiz, donde lo encerraron en el castillo de San Sebastián, que había sido convertido en prisión militar en 1769. Allí permaneció cerca de cinco años, compartiendo la celda con prisioneros franceses.

Por su derrota, el gobierno patriota lo juzgó en ausencia: el 20 de mayo le reconoció su valentía, pero dictaminó que había demostrado impericia y permitió la indisciplina de su tripulación. Fue inhabilitado a perpetuidad para el mando: de allí en más sólo podría servir como subordinado.
Durante su encierro conoció a María Sandalia Pérez Rico, dos años menor, que con su familia iba al presidio a visitar a un amigo. Se enamoraron, se casaron y en 1814 tuvieron un hijo, Luis Antonio María.
Como los españoles temían que se fugase, fue recluido en Ceuta, en condiciones aún peores en la que estaba. Allí compartió celda con Juan Bautista Tupac Amaru, hermano del líder inca.
Por el crimen de haber adherido a la Revolución de Mayo, fue enjuiciado y condenado a muerte. En tres oportunidades su sentencia fue postergada. En 1820 el movimiento liberal constitucionalista español encabezado por el general Rafael de Riego liberó a todos los independentistas. Regresó a Buenos Aires, y volvió a la marina.
Vivió en una casa en Corrientes y Libertad y su esposa e hijo se le unieron tiempo después. Entre 1821 y 1826 estuvo al frente de la Capitanía del Puerto de Buenos Aires y, si bien a comienzos de 1827 se retiró del servicio, se enroló para pelear en la guerra contra el Brasil. Le dieron el mando del bergantín General Belgrano y era uno de los oficiales del almirante Guillermo Brown.
En el primer combate en el que participó no interpretó adecuadamente las señales, y Brown exigió que él, junto a otros oficiales, fueran separados. Juzgados, las actuaciones quedaron en la nada.
Ya no tenía fuerzas para regresar al servicio. Olvidado por todos y apenas sobreviviendo, falleció el 23 de octubre de 1848. Una espectacular columna, levantada en la calle Pellegrini y las barrancas del río Paraná, en San Nicolás, guarda los restos de aquel marino que prefería volar por los aires con su barco antes que rendirse.
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