
Debió ser imponente ver remontar el río Paraná a casi un centenar de buques, algunos de ellos impulsados a vapor, toda una novedad para la época. Esa navegación era una provocación a la Confederación Argentina, gobernada por Juan Manuel de Rosas.
Entre 1845 y 1850 una escuadra anglo-francesa bloqueó el Río de la Plata –los franceses habían realizado un primer bloqueo entre 1838 y 1840- impidiendo el paso de los barcos hacia Buenos Aires o a los puertos de la Confederación, con excepción de Montevideo.
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Los europeos argumentaban que la existencia del Uruguay estaba amenazada por el sitio que sufría. En realidad estaban siendo afectados sus intereses económicos ya que además tenían en mente navegar los ríos interiores de nuestro país para comerciar, algo que el gobernador Rosas, a cargo de las relaciones exteriores de la Confederación Argentina, impedía. Pretendían comerciar con Corrientes y con Asunción, contrarios a la política de Buenos Aires, con quienes habían firmado sendos tratados.
Rosas siempre se negaba a reconocer la independencia del Paraguay e insistía en que era una provincia argentina desde que nuestro país decidió darse un gobierno propio en 1810.
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Todo estallaría el 20 de noviembre de 1845 cuando la flota anglo-francesa pretendió forzar el paso navegando por el río Paraná. Habían partido de Montevideo el 17, y del imponente convoy de modernos buques de guerra, algunos a vela y otros a vapor, fuertemente artillados, iban 92 buques mercantes con un importante cargamento para comerciar.

La defensa estuvo a cargo del jefe del Departamento del Norte, general Lucio Norberto Mansilla, un porteño de 53 años, quien cuando enviudó de Polonia Duarte se había casado con una de las mujeres más lindas de Buenos Aires, Agustina Ortiz de Rosas, hermana menor del gobernador.
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Mansilla eligió el Paso del Tonelero, un punto entre los partidos de San Pedro y Ramallo, donde el río hacía un recodo. Allí intentaría frenar a la flota extranjera.
En la costa bonaerense, se habían colocado cuatro baterías, compuestas por viejos cañones, algunos de ellos de corto alcance, apoyadas por alrededor de 500 soldados de infantería. Estaba “Manuelita”, al mando del neoyorquino Juan Bautista Thorne, con siete pequeños cañones; la “General Mansilla”, comandada por Felipe Palacio, con tres de bajo calibre; la “General Brown”, al frente de Eduardo Brown (hijo del almirante) con cinco de calibre regular y la “Restaurador Rosas”, comandada por Álvaro de Alsogaray (bisabuelo del economista y ministro) con 6 cañones de calibre considerable. Estas cuatro baterías eran servidas por 220 artilleros.
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Otros tantos eran de caballería e infantes de marina. Sobre una de las costas, 10 pequeñas barcazas incendiarias estaban listas para ser lanzadas río abajo contra la flota enemiga.
Frente a la batería “General Mansilla”, se dispusieron tres filas de cadenas que atravesaban el río, apoyadas en barcazas. De un extremo, las cadenas estaban amarradas al bergantín Republicano, apoyado por otras dos embarcaciones.
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El recodo que hacía el río obligó a la flota -que había avistado las cadenas- a detenerse. Algunos barcos, por precaución, anclaron alejados de las baterías argentinas. En la mañana del 20 los enemigos iniciaron el ataque contra las defensas, con sus poderosos cañones que disparaban proyectiles explosivos, mientras otros barcos se dirigían hacia las cadenas para cortarlas.

Mansilla, temprano, había arengado a sus tropas: “¡Vedlos, camaradas, allí los tenéis! Considerad el tamaño del insulto que vienen haciendo a la soberanía de nuestra república, sin más título que la fuerza con que se creen poderosos!”
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El primer buque que quedó fuera de combate fue el San Martín, que terminó a la deriva por la rotura de la cadena del ancla. Los anglo franceses concentraron el fuego sobre la batería “Restaurador Rosas”, mientras se acercaban a la zona donde estaban las cadenas el Dolphin, el Comus, el Pandour y el Fulton. El resto se mantuvo a unos mil metros.
Luego, el bombardeo estuvo dirigido contra las cuatro baterías, que soportaron con importantes bajas la lluvia de proyectiles. No obstante, los buques que se habían acercado debieron alejarse por los daños de las balas argentinas.
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El intercambio de disparos de artillería fue muy intenso. Algunos barcos debieron alejarse por estar demasiado averiados. Cuando el Republicano agotó sus municiones, su capitán decidió volarlo.
Al mediodía, las cadenas aún no habían sido cortadas. Un barco a vapor intentó arrastrarlas sin éxito, hasta que de una balsa un grupo de ingleses con un martillo y un yunque las rompieron.
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Mientras tanto, las baterías eran destruidas por el fuego enemigo. A las tres de la tarde, las fuerzas argentinas habían agotado las municiones. Entonces, a punta de bayoneta y a arma blanca, rechazaron a 325 infantes de marina que habían desembarcado.
El propio Mansilla cayó herido. Los infantes debieron retroceder, pero de una nave francesa desembarcaron más fusileros y los defensores comprendieron que nada más podían hacer. Quedaron en el campo 250 argentinos muertos y 400 heridos, mientras que los atacantes tuvieron 26 muertos y 86 heridos.

Los buques debieron permanecer más de un mes en el lugar para ser reparados por el importante daño que habían sufrido.
Luego de muchas idas y vueltas diplomáticas, se firmó un tratado mediante el cual los ingleses reconocían la soberanía argentina sobre sus ríos interiores y su derecho a solucionar sus problemas con el Uruguay sin la intervención extranjera. Francia demoró en acordar, pero finalmente lo hizo.
Hasta los opositores a Juan Manuel de Rosas reconocieron y alabaron dicha acción. José de San Martín, desde su exilio de Grand Bourg, había tomado casi como una afrenta personal el bloqueo al Río de la Plata, que lo llevaría a decir “que los argentinos no somos empanadas que se comen con el solo abrir de boca”. En su testamento, le legaría el sable corvo a Juan Manuel de Rosas por la defensa de la soberanía ante el bloqueo.
<b>Una bandera en París</b>
El Hotel de Inválidos es una construcción monumental, realizada por orden del rey Luis XIV en 1670 para alojar a heridos de guerra y a veteranos que no tenían ni hogar ni familia. Es un edificio de 196 metros de largo, que se alza imponente en la ciudad de París. Desde 1905, se convirtió en museo y es uno de los más importantes del mundo en lo que a historia militar se refiere.
En ese imponente conglomerado, se encuentra la Iglesia de San Luis. Su construcción se inició en 1677 y si se demoró en erigirla fue por la especial dedicación que le dio el monarca francés. En su cripta descansan, desde 1840, los restos de Napoleón Bonaparte y de algunos generales que hicieron historia en Francia.
En la nave central de la iglesia cuelgan distintas banderas y estandartes. Sobre el lado izquierdo, con el número 32, hay una bandera argentina, que los franceses capturaron en la histórica jornada de Obligado. Mudo testigo de semejante acontecimiento, pueden apreciarse los agujeros producidos por la metralla.
Otra bandera que habría sido tomada entonces fue llevada como souvenir por un soldado alemán durante la Segunda Guerra Mundial, y una última habría terminado desintegrándose por su deterioro.
A lo largo de los años, sucesivas excavaciones en el lugar de la batalla, dejaron al descubierto miles de objetos, como parte de las cadenas, proyectiles y hasta restos del bergantín Republicano. Esos objetos pueden contemplarse en el museo local. Como homenaje, el 20 de noviembre es el Día de la Soberanía Nacional.
Un anciano almirante Bartholomew James Sullivan, que había combatido en Obligado como capitán se presentó un día de 1883 en el consulado argentino en Londres. Deseaba devolver una bandera argentina que había tomado ese día. Aseguró que lo hacía como un homenaje y con admiración por el coraje demostrado por los que entonces la habían defendido.

A mediados de marzo de 1997, el presidente Jacques Chirac visitó nuestro país con el propósito de afianzar el intercambio comercial entre ambos países. En el último día de su visita, en un acto en la residencia de Olivos, devolvió al país una bandera argentina que tenía en su centro una estrella federal que había sido capturada en la misma acción. De la ceremonia participaron Granaderos, Patricios y los famosos Colorados del Monte, que le obsequiaron al mandatario francés un cinto pampa.
La bandera que aún resta recuperar es la que se exhibe en la Iglesia de San Luis, silencioso testigo de que “los argentinos no somos empanadas que se comen con el solo abrir de boca”, como había escrito San Martín.
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