
La noche del 19 de febrero de 1945, en la oscuridad que envolvía a la Isla de Ramree, Myanmar, se registró uno de los eventos más escalofriantes de la Segunda Guerra Mundial, donde alrededor de 900 soldados japoneses perdieron la vida en circunstancias extraordinarias. La tragedia, conocida como la masacre de Ramree, ha sido objeto de numerosas discusiones y análisis, debido a las alegaciones de que una gran cantidad de estos soldados fueron víctimas de los Crocodylus porosus, mejor conocidos como cocodrilos de agua salada, que habitan en esta región del Sudeste Asiático. Estos reptiles son reconocidos por ser los más grandes de su especie y considerados entre los más peligrosos del planeta, con un peso que puede alcanzar los 1.500 kilogramos y una longitud de hasta 8 metros.
La historia se remonta al final de la Segunda Guerra Mundial, cuando las fuerzas británicas buscaban recuperar el control de las regiones asiáticas ocupadas por Japón. La operación en la Isla de Ramree, específicamente, era crucial para desalojar a las fuerzas japonesas y avanzar en la campaña del Sudeste Asiático. Según testimonios y relatos de la época, una unidad japonesa compuesta por casi mil hombres decidió escapar a través de un manglar de 16 kilómetros plagado no sólo de estos imponentes cocodrilos sino también de serpientes mortales, alacranes, y mosquitos transmisores de enfermedades.
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Sin embargo, la veracidad de este relato fue objeto de debate en los años subsiguientes. Reconocidos historiadores, como McLynn Frank, cuestionan cómo, desde un punto de vista ecológico y lógico, podría haberse mantenido una población de cocodrilos tan grande antes y después del evento, dado el limitado ecosistema de los manglares.
Además, investigaciones más recientes, incluyendo una llevada a cabo por National Geographic y otra por S.G. Platt, quien entrevistó a sobrevivientes y estudiosos locales, sugieren que el número de víctimas mortales directas por ataques de cocodrilos podría haber sido mucho menor, postulando que las enfermedades, la deshidratación, y posiblemente heridas de batalla, jugaron un papel mucho más relevante en la tragedia.
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Pese a las discrepancias en las cifras y la causa exacta de la muerte de los soldados japoneses en Ramree, lo que sí está documentado es la brutalidad y el salvajismo de los enfrentamientos en esa isla, así como las condiciones extremas a las que se enfrentaron quienes la cruzaron esa fatídica noche.
La tragedia en primera persona: relatos de protagonistas y expertos
Para el capitán inglés de la Royal Navy Eri Bush, quien presenció y documentó todos los episodios, se trataba de una misión suicida: “Entre las desventajas a las que tuvieron que enfrentarse los japoneses se encuentran los horrores indescriptibles de los manglares. Oscuros durante el día y durante la noche, hectáreas de bosque denso e impenetrable; kilómetros de profundo barro negro… Mosquitos, escorpiones, extraños insectos que vuelan por billones y -lo peor de todo- cocodrilos. Sin comida. Sin agua potable que pudiera obtenerse en ningún sitio. Difícilmente los japoneses fueron conscientes de las pésimas condiciones que había allí. Los prisioneros que sacábamos de aquellos manglares durante las operaciones fueron encontrados semi-deshidratados y en unas condiciones psicológicas deficientes”.
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Bruce S. Wrighten, un naturista canadiense que escribió Wildlife Sketches Near and Far, relató: “Esa noche, la del 19 de febrero de 1945, fue la más horrible que cualquier miembro de la dotación de Marina haya visto nunca. Los disparos lejanos de los fusiles en aquel pantano negro, los gritos de hombres heridos que eran aplastados entre las fauces de enormes reptiles y el sonido preocupante de los cocodrilos provocó una infernal cacofonía que rara vez se ha repetido sobre la tierra. Al amanecer llegaron los buitres para limpiar lo que los cocodrilos habían dejado. De aproximadamente mil soldados japoneses que se introdujeron en los pantanos de Ramree, solo unos veinte fueron encontrados con vida”.
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