(Archivo Adrian Pignatelli)
(Archivo Adrian Pignatelli)

Ese anciano que yacía moribundo en un catre en su granja en las afueras de Southampton poco o nada se parecía al señor todopoderoso que había gobernado con mano de hierro la Confederación Argentina entre 1829 y 1852. Se había acostumbrado a hablar el inglés, lo hacía de corrido aunque mal, como notó Juan Bautista Alberdi cuando lo visitó.

Dos de sus pertenencias más preciadas eran un baúl lleno de documentación con el que pretendía sostener su defensa ante la historia y el sable corvo que José de San Martín le había legado cuando debió hacer frente al bloqueo anglo francés en el Río de la Plata. “Ni yo mismo puedo sufrirme”, se lamentaba.

Ahora estaba indefenso, acompañado por su hija Manuela, que había llegado de urgencia de Londres, donde vivía con su esposo Máximo Terrero y sus hijos Máximo y Rodrigo. A días de cumplir 84 años, aún trabajaba en el campo en su Burguess Farm y lo que comenzó con un simple enfriamiento, pronto se transformó en neumonía.

“Al besarle la mano la sentí fría”, recordó su hija.

-¿Cómo te va, tatita?

-No sé, niña - fue lo último que dijo.

Era el 14 de marzo de 1877. Sobre su féretro colocaron una bandera argentina y el sable corvo.

En su testamento había dispuesto que “mi cadáver será sepultado en el cementerio católico de Southampton hasta que en mi patria se reconozca y acuerde por el gobierno la justicia debida a mis servicios”. Pero el proceso criminal seguido en rebeldía en su contra en la provincia de Buenos Aires, confirmaría la sentencia de pena de muerte, entendiéndose que “la restitución de lo robado y la indemnización de los daños u perjuicios se ha de cumplir con otros bienes que posea y que no hayan sido comprendidos en la ley de confiscación”.

Pasarían 112 años para que sus huesos pudiesen descansar en Buenos Aires.

Juan Manuel

Había nacido como Juan Manuel José Domingo Ortiz de Rozas el 30 de marzo de 1793. Siendo casi un niño, participó en las invasiones inglesas, pero lo suyo no era lo militar: quería dedicarse a las tareas del campo.

Su papá, León Ortiz de Rozas le confió a su joven hijo, en 1811, la administración de la estancia El Rincón de López, ubicada en el partido de Magdalena, entre los ríos Salado y De la Plata. Fue el trabajo en el campo lo que modeló su personalidad y lo que lo educó en el papel de patrón, que trasladaría a la política y al gobierno del país.

Iba a la ciudad muy ocasionalmente, especialmente para ver a su novia, Encarnación Ezcurra. Como Agustina, la madre de Juan Manuel, se oponía a esta unión, los novios urdieron un plan. Encarnación le escribió una carta a su prometido comunicándole que estaba embarazada. La misiva fue dejada deliberadamente a la vista de Agustina, y el asunto quedó arreglado. Para evitar el escándalo, el 16 de marzo de 1813 se casaron. Tendrían tres hijos: Juan, Manuela y un tercero que murió a los pocos días.

Ganadero y terrateniente

Por problemas con sus progenitores, entregó a su padre la estancia que administraba, se cambió el nombre por el de Juan Manuel de Rosas y comenzó de nuevo, “sin más capital que mi crédito e industria; Encarnación estaba en el mismo caso: nada tenía, ni de sus padres, ni recibió jamás herencia alguna”, recordaría décadas después en una de sus cartas.

Con Luis Dorrego y Juan Terrero instalaron un saladero. Cuando las regulaciones gubernamentales los hicieron poco rentables, nuevamente se asoció a su primo Anchorena y a Dorrego para desarrollar negocios ganaderos. Testimonio de ello es la Estancia del Pino -hoy museo histórico municipal- en La Matanza. Rosas la había bautizado como San Martín.

En 1819 compró la estancia Los Cerrillos, en San Miguel del Monte. Se hizo un hombre de fortuna que, para protegerse de los indígenas armó una unidad militar, conocidos como “los colorados del monte”, que con el tiempo sería el único regimiento disciplinado y mejor armado en la campiña bonaerense.

Sorprendió que con tan solo 26 años redactase las “Instrucciones para los mayordomos de estancia” y las “Instrucciones para los encargados de las chacras”, donde intercala conceptos básicos de estas actividades con acotaciones de su observación personal.

En la política

Fue en el caótico 1820 que decidió entrar en política. Con sus colorados del monte contribuyó, junto a otros estancieros, a que Martín Rodríguez fuera gobernador bonaerense. Compró más campos y para fines de 1820 ya se había convertido en un clásico conservador federal.

Luego del fusilamiento de Manuel Dorrego en diciembre de 1828, instigado por los unitarios, se desató un descalabro institucional, que desembocaría con Rosas como gobernador de Buenos Aires.

Para hacer frente al general unitario José María Paz, Rosas y su colega de Santa Fe, Estanislao López, propusieron firmar un Pacto Federal. Con la captura del jefe unitario, varias provincias terminarían adhiriendo al acuerdo, y se lograría una pacificación en el interior. La gente comenzó a interpretar que Rosas traía el orden. El Pacto Federal está mencionado en la Constitución Nacional.

Cuando dejó el gobierno en 1832, encabezó una campaña contra el indio. Muchos fueron derrotados y dominados; se recuperaron tierras y ganado. Con algunos indígenas se negoció, con lo que bajó el número de malones y Rosas se ganaría la amistad y fidelidad de muchos de ellos.

Una profunda interna dentro del partido Federal, trajo nuevamente la inestabilidad política que llevó, en febrero de 1835, al asesinato de Facundo Quiroga -quien hasta último momento insistía en que el país debía tener una Constitución- que desató renuncias y violencia.

Nuevamente, cuando la clase política buscó una solución, las miradas confluyeron en Rosas. Puso como condición a que se le otorgase “la suma del poder público”. Y así asumió el 13 de abril de 1835. Y otra historia comenzó.

Hizo ejecutar a los asesinos de Dorrego y bajo el lema de “Federación o muerte”, se persiguió a todos los que no fueran federales y aún hasta los que lo eran, pero que no lo demostraban como su líder pretendía.

Fue la Sociedad Popular Restauradora la encargada de velar por la fe rosista, donde la primera fanática fue su esposa Encarnación, llamada “la heroína de la Federación”. Ese fanatismo llevaría a la creación de la Mazorca -al mando del temible Ciriaco Cutiño- un grupo paraestatal que asesinaba a los opositores.

El cintillo punzó era de uso obligatorio y los unitarios, que amagaron lucir cintas celestes y blancas, rápidamente debieron tomar el camino del exilio. Porque para 1840 se había desatado una verdadera guerra civil, que siempre terminaría mal para los opositores.

El Restaurador

Rosas era dueño de la caja al manejar los ingresos de la Aduana de Buenos Aires y se encargaba de las relaciones exteriores. Todos los años repetía la misma teatralización ante una legislatura adicta, cuando presentaba su renuncia, la que era rechazada y se ratificaba un nuevo período.

Era el “Restaurador de las Leyes” que debajo de su etiqueta federal, buscaba llegar al equilibrio con la persecución y eliminación de sus adversarios. Benefició a su clase, la terrateniente y su política demoró la normalización institucional del país.

Agresión extranjera

Debió hacer frente a un bloqueo del Río de la Plata por parte de Francia y Gran Bretaña. Las potencias buscaron excusas para imponer su influencia económica en la Confederación Argentina.

El primer bloqueo comenzó en 1838 con Francia y se dirimió a través de un tratado, pero atrás llegó Gran Bretaña, con la imposición de pretender navegar los ríos interiores, como era el Paraná. El combate de la Vuelta de Obligado, una derrota de las fuerzas argentinas que un relato épico transformó en victoria, fue uno de los puntos culminantes de un tironeo diplomático que finalizó con el levantamiento de las medidas.

Fue antes de Obligado cuando San Martín decidió cederle su sable corvo “como una prueba de satisfacción que como argentino he tenido al ver la firmeza con que ha sostenido el honor de la República contra las injustas pretensiones de los extranjeros que tentaban de humillarla”, establecía su testamento.

A pesar de todo, para 1850 Juan Manuel de Rosas tenía el país controlado. Sería el caudillo entrerriano, Justo José de Urquiza, quien rompería ese equilibrio. Lo terminaría derrocando en la batalla de Caseros el 3 de febrero de 1852.

Encarnación, su esposa y mano derecha había fallecido en 1838 y al exilio inglés partió junto a sus hijos y un puñado de documentos.

De nuevo en el país

El 30 de octubre de 1973 la legislatura de la provincia de Buenos Aires derogó la ley que lo condenaba, y le rindió homenaje. Manuel de Anchorena, presidente del comité pro repatriación de sus restos interesó a Juan Domingo Perón –“en la lucha por la liberación, merece ser el arquetipo que nos inspire y que nos guíe”, dijo- y éste lo nombró embajador en Gran Bretaña para llevar adelante el tema.

La muerte del presidente frenó la iniciativa y tanto el gobierno militar como el de Raúl Alfonsín no les interesó ocuparse de los despojos del caudillo.

Pero sí a Carlos Menem, que vio la repatriación como una prenda de unión y reconciliación.

El jueves 21 de septiembre de 1989, por la tarde, sus restos fueron exhumados. En la escala que hizo en Francia, recibió honores a los de un jefe de estado. El 1 de octubre el féretro era conducido por las calles de Buenos Aires hacia el cementerio de la Recoleta, previos homenajes brindados en Rosario frente al monumento a la Bandera.

Tendría otros: una plaza con su monumento en Palermo, justo enfrente donde tenía su residencia, su figura en el billete de 20 pesos y un feriado los 20 de noviembre por el aniversario de Obligado. Si hasta fue noticia hace pocos meses cuando descubrieron, en el terreno que ocupaba su casa, en Moreno 550, una inmensa cisterna con testimonios de la época rosista.

Porque con sus pros y sus contras, con sus fanáticos y detractores, Juan Manuel estaba en casa nuevamente.

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