
Hace doscientos años nacía Karl Marx y al menos treinta años después lo hacía el marxismo, como doctrina y cuerpo dogmático, que se propuso cambiar el mundo y, en menor medida, interpretarlo. Sus primitivos debates fueron contra la filosofía idealista de Hegel, contra el materialismo absoluto de Feuerbach y contra el liberalismo de Adam Smith. Escritos que hoy se encuentran alejados de las necesidades políticas y culturales modernas, por lo tanto dejaré de lado el asunto pues no hacen a este trabajo de difusión periodística. Sin embargo, de aquella época, me detendré en sus conceptos de lucha de clases, conciencia de clase, sujeto de la historia, partido político, violencia y toma del poder para instaurar el socialismo.
La idea de Carlos Marx es que la historia de la humanidad, desde que el hombre se instaló en la tierra, es la historia de la lucha de clases. Lucha generadora de grandes cambios revolucionarios que promovieron un generoso progreso, merced al triunfo de los desposeídos sobre los opresores, impulsando una sociedad más justa y humana y al mismo tiempo creadora de mayor riqueza que la que desaparecía. En síntesis, la lucha de clases y su desenlace en favor de los explotados por medio de la violencia abría el camino al bienestar y al futuro. Mediante este ardid ideológico el marxismo se apropiaba del porvenir. Para realizar semejante tarea se hacía indispensable la creación de un partido político, esto es, una vanguardia revolucionaria profesionalizada, que introdujera desde afuera las ideas que por sí mismo el proletariado, sujeto de la historia y actor fundamental de la revolución que vendrá, no estaba en condiciones de generar.
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Paralelamente, Marx estaba convencido de que el sistema capitalista, tan estudiado y valorado por él, se hallaba al límite de sus posibilidades, fundamentalmente en las naciones más industrializadas, como Inglaterra y Francia. Es allí donde Marx esperaba el triunfo de la clase obrera pues estaba convencido de que el capitalismo se hundía por sus propias contradicciones. Se había secado, agotado, solo podía esperarse de él, estancamiento, concentración de la riqueza, desigualdad y conflicto. Dadas las condiciones objetivas de la crisis había que preparar las subjetivas, esto es la conciencia obrera para la revolución y el socialismo. Ahí entraba el Partido y la proletarización de alguno de sus miembros.
Acá naturalmente algo falló pues no hubo revolución socialista en Europa. La hubo en Rusia, uno de los países más atrasados de Eurasia. ¿Qué había pasado?
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Vladimir Illich Ulianov, Lenín, el dirigente marxista ruso, corrigió el intríngulis. En su opúsculo "El imperialismo etapa superior del capitalismo" venía a decirnos que el sistema capitalista tenía resto, resto que Marx no había observado. Allí, afirmaba que el imperialismo (la exportación de capitales para conquistar nuevos mercados y fuentes de materias primas) producía ingresos formidables que hacían posible sobornar a los dirigentes obreros y a la capa superior de la aristocracia proletaria de los países desarrollados, haciéndolos cómplice de la rapiña colonial. En consecuencia la revolución se posponía en dicho espacio, hasta nuevo aviso, generándose las condiciones revolucionarias en las colonias y semi-colonias. La periferia mundial. Al respecto, Lenin aseguraba: "Las guerras nacionales libradas por las colonias y semi-colonias no sólo son probables sino inevitables. Las guerras nacionales contra las potencias imperialistas son progresistas y revolucionarias". Para añadir respecto de nuestro país: "La América del Sur, pero sobre todo la Argentina se halla en una situación tal de dependencia financiera con respecto a Londres, que se la puede casi calificar de colonia comercial inglesa".
El revolucionario ruso advertía que el novedoso salto del capitalismo modificaba la ecuación burguesía versus proletariado, por la lucha entre países metrópolis y países dependientes. La lucha del proletariado se supeditaba a la otra. Un nuevo marxismo surgía, enmendando el error intelectual de su creador, Karl Marx, que no había detectado el fenómeno imperial. Pero Lenin, como todos los marxistas, caía en el mismo error de Marx, aunque en otra época. Pues afirmaba que el capitalismo se encontraba "en su más alta etapa histórica y en consecuencia en vísperas de la revolución socialista". Para Marx, para Lenin, como para todos los marxistas posteriores, siempre se está en la etapa más alta del capitalismo y en vísperas de la revolución.
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Ciertamente en Rusia ocurrió, pero no fue una revolución proletaria. Fue un golpe de Estado ejecutado por los soldados que volvían del frente de guerra, cansados de sufrimientos y derrotas en el marco de ciudades devastadas por el hambre y la falta de servicios. Instaurándose una dictadura brutal que modernizó al país, quemando generaciones y asesinando enemigos políticos como jamás se había visto.
A fines del siglo pasado, con la caída de la Unión Soviética, la incorporación de China al mundo capitalista, la revolución tecnológica, las gigantescas inversiones norteamericanas y europeas en Japón, el sudeste asiático, India y los denominados Tigres del Pacífico, el capitalismo ya no es aquel del que hablaba Lenin, vuelve a dar otro salto. Está más "vivo" que nunca. El paradigma centro y periferia hace agua. Sin embargo la izquierda sigue repitiendo las monsergas de siempre. Recuerde el lector el acto que la izquierda y el kirchnerismo realizaron en Mar del Plata contra el ALCA por considerar a este acuerdo "la cara criminal del imperialismo". Resulta que ahora nos venimos a enterar, merced al triunfo de Donald Trump, que la globalización perjudica al Imperio y beneficia a la periferia. La izquierda debe pensar de nuevo si quiere sobrevivir. El kirchnerismo, también.
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EL MARXISMO EN LA ARGENTINA
Esta corriente de pensamiento jamás fue exitosa en nuestro país. Más que la ideología del proletariado fue la visión de cierta intelectualidad inquieta, embriagada de literatura europea. Tanto en su versión dura, leninista, estalinista o trotskista, como en la versión ligth y descafeinada del progresismo educado a lo Juan B. Justo.
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Al comenzar el siglo XX un incipiente proletariado industrial se concentraba en establecimientos de la Capital Federal. El socialismo de Juan B. Justo y el anarquismo actuaban sobre él. Sin embargo, no calaban hondo en el alma popular. El anarquismo un poco más, en la medida en que era coincidente con cierto espíritu libertario de nuestras masas rurales. ¡Pero hasta ahí! El radicalismo expresaba mejor a estos sectores. Incluso el roquismo que se propuso sancionar una Ley del Trabajo en 1904 donde proponía: ocho horas de trabajo, descanso dominical, vacaciones para la mujer embarazada, arbitraje estatal, sábado inglés, reglamentación del trabajo de menores, convenios colectivos de trabajo, supresión del pago salarial en vales o bonos y obligatoriedad de abonar el salario al menos en forma quincenal.
¿Qué ocurrió con la iniciativa? No llegó a debatirse en el Congreso.
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Fue rechazada violentamente por la Unión Industrial Argentina. Para sorpresa de todos, el Partido Socialista también la repudió negándose a aceptar una ley promovida por las clases dominantes y, por si fuera poco, los anarquistas en el 4° Congreso de la FORA (Federación Obrera de la República Argentina) rechazaron el proyecto de ley por considerarlo "pernicioso" para la clase trabajadora y anunciando que, de ser promulgada, llamarían a la huelga general para obligar a las autoridades a derogarla.
Con sus más y con sus menos, la clase obrera argentina fue ajena al marxismo. Ante aquel fracaso, el gobierno de Figueroa Alcorta creó en 1907 la Dirección Nacional de Trabajo, encuadrada en el Ministerio del Interior. Esa Dirección, años después, y a solicitud del coronel Juan Domingo Perón, fue transformada en Secretaría.
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Con la aparición del moderno proletariado, luego de la crisis del 30', y a propósito del proceso de sustitución de importaciones, la izquierda fue ganando adeptos en el marco de un clima de época mundial, ejerciendo control sobre algunos gremios. Sin embargo, la política nacional los embromó. Como también la carencia de tradiciones culturales populares de las que la izquierda era ajena.
La clase obrera fue peronista y eso la salvó de caer en la catástrofe. Ciertamente, muchos políticos e intelectuales insisten hoy en la catástrofe fue el peronismo. No entienden ni jota de los avatares de la historia. A la clase obrera o la escuchaba el peronismo, como efectivamente lo hizo, con errores y logros, instaurando el Estado de Bienestar en el país, o la atendía la izquierda marxista, como lo intentó, llevándose todo por delante.
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El general Perón fue filosóficamente anti-marxista. A manera de ejemplo, en el discurso del 1° de mayo de 1944 afirmaba:
"Buscamos suprimir la lucha de clases, suplantándola por un acuerdo justo entre obreros y patrones, al amparo de la justicia que emana del Estado. El Estado se había mantenido alejado de la clase trabajadora. No regulaba las actividades sociales, como era su deber, adoptando una actitud indiferente y suicida, mientras el incumplimiento de los deberes patronales, libres de la tutela estatal, sometía a los trabajadores a la única ley de su conveniencia, provocando rebeldías que amenazaban disputar el poder político."
El 20 de julio de 1944 a los trabajadores tranviarios:
"Hemos dicho que nuestra tarea es de armonía. Buscamos que el capital y el trabajo, regidos por el Estado, lleguen a armonizar sus problemas y a elaborar conjuntamente la grandeza de la República [observe el lector: La República], mediante una cooperación jamás interrumpida y siempre apoyada por las fuerzas sanas de la Nación."
A los obreros portuarios, el 4 de agosto de 1944:
"Pretendemos abolir, con esta nueva orientación, la lucha entre el capital y el trabajo, que no conduce a crear valores, sino a destruirlos. A ello llegaremos cuando se consigan, con la intervención del Estado, los acuerdos que asegurarán la justicia, dando al Cesar lo que es del Cesar y a Dios lo que es de Dios".

En fin, las citas serían innumerables. El peronismo fue para la izquierda marxista una muralla infranqueable, al que intentó copar y ocupar sin lograrlo, en vida de Perón. Y, para un liberalismo falaz y descreído, sin encarnadura con el liberalismo del siglo XIX, el justicialismo fue un populismo antidemocrático. Ambas corrientes debieran releer el siguiente discurso de Perón:
"La Revolución Francesa comienza su acción efectiva en 1789, derrotada por la Santa Alianza, sin embargo, arroja sobre el mundo su influencia a lo largo de un siglo, por lo menos. Todos somos hijos del liberalismo creado en la Revolución Francesa. En 1914, para mí, comienza un nuevo ciclo histórico, que llamaremos de la Revolución Rusa. Y si esa Revolución Francesa ha arrojado sobre el mundo un siglo de influencia, ¿cómo esta Revolución Rusa triunfando y con su epopeya militar realizada no va arrojar sobre el mundo otro siglo de influencia? El hecho histórico es innegable. Si la Revolución Francesa termina con el gobierno de las aristocracias, la Revolución Rusa termina con el gobierno de las burguesías. Empieza el gobierno de las masas populares".
Esta mirada de Perón hizo que el gobierno de las masas populares en la Argentina se realizara en el marco de las instituciones republicanas y dentro del sistema capitalista, que aún respira sano a doscientos años del nacimiento de Karl Marx.
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