Aunque parezca que no, Mariana Sández siempre se está riendo. Lo que pasa es que no lo hace con la boca: lo hace con los ojos, con las manos, con lo que dice. Un poco así es su nueva novela. Parece seria, pero es divertidísima. Una casa llena de gente (Ed. Naviera) es uno de los libros más inteligentes, entretenidos y asombrosos del año.

Una casa llena de gente tiene como eje la reconstrucción de la vida de Leila en manos de su hija. Leila, traductora, escritora “frustrada”, ha dejado unos cuadernos a partir de los que Charo recuerda su infancia, la relación de los padres, la imposición de una abuela inglesa que dirigía la casa con un brazo de hierro. Como signo de la modernidad y el urbanismo, la trama se llena de otros personajes imprescindibles: los vecinos. La familia es el núcleo íntimo, pero también los ruidos que vienen del piso de arriba, los gritos, las peleas, las reconciliaciones, los cruces en el ascensor, en los pasillos.

La vida en un edificio ya había sido trabajada por Sández en un libro anterior: un cuento de Algunas familias normales es el acta de una reunión de consorcio, pero aquí lo aborda con un doblez de melancolía por la madre que no está y picardía por la mirada de una nena que se abre a la vida rodeada de personajes tan reales como disparatados. Charo rearma la vida de Leila a partir de sus propios recuerdos y de los recuerdos del resto de los personajes; cada uno va agregando un ladrillo de su propia percepción.

Sández cuenta, ahora en diálogo con Grandes Libros, que entre sus literaturas preferidas están las de Francia e Italia. En este edificio familiar se respira el ambiente de George Perec y Raymond Queneau, pero también el de la comedia italiana. Es una novela que podrían haber llevado al cine, por qué no, Pietro Germi o Ettore Scola.

Mariana Sández (Crédito: Alejandro Guyot)
Mariana Sández (Crédito: Alejandro Guyot)

La casa funciona como una gran metáfora. Por un lado, habla de cómo se pone en juego lo íntimo y cómo las otras intimidades —de la familia y de las que llegan desde los otros departamentos— atraviesan la propia. Y luego, como decía Leila en alguno de sus cuadernos, la literatura también es un gran edificio que se levanta libro a libro. En ese sentido, Una casa llena de gente es un hermoso homenaje a la lectura.

Hay también otra manera de pensar la casa: dice Mariana Sández que “hay un símil entre las etapas de construcción de una casa y los de una personalidad, que en este caso sería la de Charo, como en un bildungrsoman, que te va mostrando las etapas de formación: cimientos, andamiajes, exteriores. Uno de los focos de en la escritura tenía era ver con cómo se va moldeando una personalidad a medida que recibe las influencias de las personas del entorno o las cosas que le van pasando”.

Lo coral es algo que constituye tu novela, pero también es algo que te gusta leer. Recuerdo que elogiaste mucho Buenos, limpios y lindos, de Vera Fogwill, que tiene esa lógica.

—Es cierto. Cuando leí su libro yo ya estaba escribiendo esta novela; tardé diez años. Pero si me preguntan a qué libro quisiera que se parezca lo que yo escribo, ese libro me resultó muy fuerte. No podía parar de leerlo, me gustaba cómo estaba estructurado, va retomando la vida con sus zonas. Me gusta la literatura que no está tan contaminada de lo local. Y el libro de Vera tiene algo que lo hace no necesariamente argentino.

Algo que también se da en tu libro. Y en la presentación de tu novela dijiste que tenés una admiración por la cultura inglesa.

—Tengo una obsesión con Inglaterra. Yo sé que son más fríos... No necesito el clima soleado ni que la gente se dé besos para todo. Me gusta cómo son de prácticos, que todo esté más ordenado. Toda la vida tuve esa atracción por Inglaterra y por la literatura inglesa: D.H. Lawrence, Jane Austen, Roald Dahl, Virginia Woolf, todos.

Virginia Woolf hablaba del cuarto propio y la novela habla del deseo de la casa propia. También es una experiencia moderna la imposibilidad de tener un espacio para escribir.

—Y ahora, además, se te filtran las conexiones. Es muy difícil el aislamiento. Yo me imaginaba que Charo había nacido más o menos en el 2000, con lo cual hay cosas de las redes que no eran tan fuertes como ahora.

¿Hay alguna clave en los nombres de las protagonistas? Porque pienso que Leila podría ser un juego con “la ley”.

—No, no. Leila es un nombre que me encanta. Y además hay una canción de Eric Clapton, Layla, que me parecía que le daba un tono más musical. Charo viene de una nena que conocimos en un verano. Estábamos de vacaciones y había una nena de ocho años que se parecía a Matilda, de Roald Dahl, y acompañaba a mi hija, que era más chica. Era una nena muy inteligente, que tenía dos hermanos más grandes de una familia ensamblada y pensé que el personaje se tenía a llamar Charo.

Otro gran personaje es Granny, la abuela inglesa que por momentos es tan rígida que se vuelve disparatada.

—A veces pienso por qué me salen tan bien los personajes viejos. Me gustan las manías, las costumbres. Creo que me influyeron mucho mis abuelas, con esos tics de caminar con patines en el piso encerado o cómo amasaban la pizza. A los domingos soleados de otoño y primavera yo les siento olor a abuela.

Pero elegiste como protagonista a una nena de ocho años.

—Pero como en mi casa se escuchaba mucho lo que pasaba en los departamentos, empecé a pensar qué pasaba si un chico estaba en mi lugar. Cómo viviría un chico al oír las conversaciones, el sexo o las agarradas violentas.

Mariana Sández (Alejandro Guyot)
Mariana Sández (Alejandro Guyot)

Una familia entre libros

Una de las escenas más lindas de la novela es cuando los padres de Charo buscan una nueva casa acompañados por el carpintero: tienen que ver si el nuevo departamento va a tener lugar para levantar una biblioteca.

¿Cómo es pensar a la literatura como una casa llena de gente?

—Fijate el modo en que vamos construyendo vínculos. Vas a un Premio Clarín y sentís que ahí está tu familia. Con las redes pasa lo mismo; la gente que tengo en mis redes es prácticamente gente que está en la literatura. Y pasa lo mismo con los autores muertos y con los que no vas a conocer nunca. Stephen Dixon pasó a ser alguien de mi familia. No concibo la vida sin leerlo. Hasta hace poquito me escribí con él. Te termina pasando eso con los autores vivos, los autores muertos y con los libros en sí. En casa tenemos más de 4000 libros: yo podría recorrer a oscuras y más o menos saber en dónde estaba cada autor, cada libro. Y sé cómo llegó el libro: quién me lo regaló, en qué librería lo compré.

¿Por qué se da eso? ¿Por qué el libro es tan de lo afectivo?

—Porque se convierte en familia. Somos gente muy particular, pero me impresiona cómo a todos a todos nos pasa lo mismo. Me hice amiga de gente porque fuimos a un mismo programa de radio a hablar de libros, por ejemplo. Por ahí no tenés otras cosas en común, pero eso solo ya es determinante.

¿Qué tiraste abajo de la vida académica para que la novela no cayera bajo el peso de un ensayo?

—Tengo a favor que no tengo buena memoria. Yo estudié mucho; hice un posgrado en Teoría Literaria. Pero tengo mala memoria y me cuesta acordarme qué dijeron Kristeva y Sarlo. Eso no se me grabó. Lo que se me impregnó fue la ficción. Con cada materia tenía que hacer un ensayo y yo tenía la obsesión de leerlo todo. Si iba a trabajar un libro de Moravia, tenía que leer todo Moravia. Rescato de la carrera el amor por los autores. Después, bastante tiempo después, me di cuenta por qué elegí a Unamuno, Perec, Beckett, Cortázar: cuando los veo todos juntos me doy cuenta de que tienen el absurdo y el humor en común. En definitiva, me representan a mí. No me gusta la literatura sórdida. La literatura me gusta es la que tiene humor.

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