Por Federico Lorenz.

Soy una persona que tiende a la melancolía. No reniego de ella y he aprendido a convivir con esa característica de mi personalidad. No encuentro una palabra más acertada para describir la sensación de habitar en unos tiempos donde caminamos entre escombros de muchas derrotas, en el que hemos perdido demasiado y por arte de birlibirloque vemos palabras que jamás imaginaríamos en la boca de personas con poder que después hacen exactamente lo contrario.
Nunca ha sido más fácil cambiarle el sentido a las cosas, trastocar los hechos, tergiversar los argumentos. A los papeles ya no se los lleva el viento; basta un meme, un tweet, para que algo deje de existir o, por el contrario, parezca que haya existido siempre, o que siempre será así.
Así es, ese es el mundo que habito. Pero eso no me desalienta, sino que a la inversa, genera muchísima indignación, otra tendencia que podría decir que tengo: me enojo frente a algunas cosas. Trato, luego, de resolverlas, o de intervenir para que cambien. Más sencillamente, de decir lo que pienso sobre ellas.
Investigo y escribo. Soy profesor de Historia, y sé que la indignación, canalizada, organizada, colectiva, ha mejorado el mundo. Sé que los seres humanos han sido capaces de torcer situaciones difíciles. Sé del valor de los buenos libros para mantener la memoria de esos hechos; de la importancia de los docentes en el momento justo, para tramar redes y ayudar a tejer decisiones. La melancolía, entonces, es el combustible de la conciencia de una sensación potentísima: la de saberse parte del mundo, la emoción ante eso, y la necesidad de transmitirlo y de convencer de que todos tenemos parte en este trama.
La melancolía, en consecuencia, convive con la certeza de que las cosas se pueden y se deben mejorar. Esa certeza son como las brasas entre las cenizas.

"Todo el mundo es un escenario", escribió William Shakespeare. Elogio de la docencia. Cómo mantener viva la llama es un libro en el que cuento cómo aprendí a hacer la parte que me toca en esa obra, y cómo creo que hay que hacer para que aprendamos a que todos hagamos lo mismo. Es un libro que narra un recorrido personal y humano en el que el eje central son las aulas que transité, los compañeros y profesores que tuve, la forma en la que el trato con mis estudiantes me hizo cambiar mi manera de pensar.
Es un libro sobre un privilegio que demanda compromiso y esfuerzo: el de ser tejedores del hilo de la cultura universal. El de ser ladrones y custodios del fuego a la vez, una habilidad que tenemos como tarea enseñar.
Ser profesor es un privilegio, es verdad, pero genera contradicciones. Aunque conscientes de la importancia de la educación, vivimos en un país donde como trabajadores hemos sido destratados por distintos gobiernos, donde se nos juzga desde mitos sociales tales como que tenemos tres meses de vacaciones, que trabajamos medio día, y que nuestra tarea consiste en hablarle a las chicas y chicos.
Paradójico, porque a la vez uno de los mitos fundacionales de la Argentina es que la educación es una herramienta de ascenso social. Y donde nos exigen tareas que se multiplican a medida que las relaciones sociales cambian, las chicas y chicos reclaman nuevos derechos y la lucha por la igualdad de género –por poner algunos ejemplos- interpelan a los adultos todos los días. A las y los profesores sus compatriotas les exigen demasiado, incluso cosas que ellos mismos no hacen con sus hijas e hijos; por eso pensé que quería reivindicar mi oficio.

Empecé a escribir el libro una noche en la que en realidad debería haber empezado a redactar la propuesta con la que luego competimos por el rectorado del Colegio Nacional de Buenos Aires, donde doy clases. Pero me di cuenta, rodeado de mis libros, de mis recuerdos y de mis deseos de hacer cosas, que mal podía plantear un proyecto para un colegio, mal podía compartir ese desafío con mis compañeros y mis estudiantes, si no pensaba primero qué significaba para mí ser profesor.
No, no iba a poder esbozar esa propuesta hasta que no pusiera en orden lo que pensaba que me había ayudado a ejercer mi oficio; lo que me había llevado hasta allí. Era una noche fría y la luz del escritorio no alcanzaba a los rincones más alejados de mi biblioteca. Las palabras y las situaciones vinieron a mi memoria como si bajaran de los estantes: rostros de estudiantes y docentes que fueron centrales en mi formación, títulos de libros a los que regreso en forma recurrente cuando preparo mis clases.

En ese momento nació el libro en su forma escrita, después de un recorrido de casi un cuarto de siglo como profesor, y muchos más como alumno, en distintas aulas, en diferentes escuelas y lugares. Los profesores somos tejedores, conspiradores, cronistas, custodios, somos la primera línea de la pelea por la escala humana, la dimensión del hacer que tenemos que recuperar.
En estos tiempos urgentes e instantáneos, las aulas, el lugar de encuentro entre las generaciones, son el espacio donde el tiempo puede recuperar densidad, donde la aceleración de las novedades es puesta en suspenso para tejer el hilo invisible de lo común, para pensar el futuro.
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