Por Miriam Molero.

"Voy a escribir una novela sobre vos. Con vos y con Sebastián."
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Se lo dije hace unos siete u ocho años. Tardé ese tiempo, no realmente en escribirla, sino en poder robar días a los días para sentarme frente a una computadora y armar el primer borrador, y luego horas a las horas para corregirlo. En aquel entonces ni Bergoglio era Papa ni nadie en la Argentina podía imaginar que lo sería. Yo menos que nadie. A esa escritura siguió un derrotero que no voy a contar aquí, ya que está relatado con detalle al final del libro.
Así que, volviendo al punto inicial, ¿quién era ese "vos" a quien me dirigí siete u ocho años atrás? ¿Quién es él? Él es Raúl Barreiros, el hombre que abrió en mi mente las puertas de la semiótica. Sebastián es su hijo mayor, con quien hice amistad por añadidura.
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A Raúl lo conocí a los 19 años, durante el tercer año de la primavera democrática, mientras cursaba el tercero, también, de la carrera de Periodismo en la Universidad de Lomas. A esa altura había perdido la fe en la carrera que había elegido. Lo que enseñaban, a veces me resultaba de interés y otras, no tanto; de cualquier forma no era lo que buscaba. Quería otra cosa, no sabía qué. Otra cosa. Me había anotado en su materia simplemente porque tocaba, a pesar de lo estrambótico de su nombre: "Psicosociología de la comunicación". Asistí a la primera clase desanimada, como ya me era habitual en cada curso, y entonces llegó Raúl con su pelo medio plateado y los ojos cerrados mientras pensaba y hablaba para todos nosotros, que poco a poco empezamos a verlo más alto, más poderoso, como si de sus manos salieran rayos y en esos rayos se vieran imágenes que hasta ahora no habíamos visto.
Raúl nos dio vuelta la cabeza, nos hizo ver que lo que parecía ser tal vez no lo era, que el mundo tiene un discurso y que en el discurso podíamos seguir las huellas de las trampas, que en nombre de la libertad Estados Unidos invadía Bahía de los Cochinos.
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Raúl, que hoy en día está retirado de la docencia, era histriónico e imaginativo. Sus clases nunca eran aburridas y su seducción era tal que, como sucede al leer a Barthes, el alumno se dejaba llevar al punto que luego de cuarenta y cinco minutos se daba cuenta de que no sabía muy bien cómo había llegado hasta esta otra orilla donde los asuntos cobraban una nueva densidad y una significación distinta. Así de fácil y así de complejo.

Por eso la novela El rapto no es una trama de una sola faz. Es un rapto que esconde al menos otros cuatro. Puertas adentro, es un duelo de palabras entre un semiólogo y un sacerdote que subsume al menos otros dos duelos más viscerales. Es la intriga por un delito en ciernes que sólo puede rastrearse en las marcas de lo dicho y de lo no dicho. Y es, en paralelo, puertas afuera, la pesquisa desopilante de dos personajes que agarrados de un hilo tenue y frágil como de telaraña, de a tramos se encuentran con figuras como esfinges a quienes interpelan porque poseen la solución de una parte del enigma.
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No obstante, por encima de todo eso, El rapto quiere ser una novela entretenida. Divertida y liviana aunque sólo en apariencia. Como Raúl. Una novela a la que uno entre sin demasiado entusiasmo, como la primera vez que estuve sentada frente a él en un aula, y de la que después no se quiera salir por lo que pasa por delante y por lo que pasa por detrás. Una novela en la que avanzar escena tras escena sea como estar frente a uno de esos afiches callejeros a los cuales se les arranca un fragmento sólo para descubrir otro afiche debajo que a su vez tapa otro afiche.
Hace unos meses supe que Raúl había tenido un episodio neurológico -tan de moda en estos tiempos- del que afortunadamente se está recuperando. Tanto se está recuperando que lo supe por él. Me llamó. Fui a visitarlo. Le conté que había cumplido con mi palabra. No recordaba mi promesa, me pidió detalles, se los di y entonces el rostro se le iluminó con ese refulgir de inteligencia que traza líneas de sentido donde antes no había nada o había confusión o barullo: "Qué lindo una novela con un semiólogo", me dijo ya inventando una.
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No creo, sin embargo, que se vea venir El rapto. Seguramente no adivinará que lo puse en compañía de una viuda, dos monjas, un cura joven, un cura viejo, un productor y director de cine porno, una prostituta, un cadete maduro y maltrecho, un hacker, un artista de familia pituca venida a menos, un bar/fonda/restaurante indefinido, una iglesia, un puticlub y la persecución de autos más recta y más lenta de la historia.
Tampoco creo que Raúl haya llegado a imaginar en ese instante que el primer capítulo transcurre en su casa vacía, ordenada hasta un grado escalofriante. Y es que así arranca El rapto, con la alarma silenciosa de una ausencia: el profesor ha desaparecido.
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El resto es el pecado y la condena de pensar distinto o el disparate de atreverse a hacerlo.
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