
Se hizo conocido en los 90 por narrar cuentos de terror con performances "diabólicas" en la televisión por cable, pero Alberto Laiseca fue antes, y sobre todo, uno de los grandes escritores que cambiaron las letras de la Argentina.
Autor de una cantidad de libros imprescindibles —Su turno para morir, El jardín de las máquinas parlantes, La mujer en la muralla, Poemas chinos, entre otros—, admirado por Fogwill y César Aira, fue el gran maestro de autores como Leonardo Oyola (le decía "el maestro Lai"), Selva Almada, Alejandra Zina, Leonardo Avalos Blacha, Sebastián Pandolfelli y más.
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Él, sin embargo, se corría de ese lugar de supremacía. Aquel que fue capaz dedicar una década para escribir una novela monumental como Los Sorias —que, como él mismo decía, tiene 30 mil palabras más que el Ulises, de Joyce— sólo para vengarse de unos vecinos de su infancia, hablaba de la fama que siempre le fue esquiva. "Yo creo que en la Argentina nadie se transforma en escritor", decía en una entrevista de hace un tiempo. "¿La fama dónde está? ¡Ah, ya sé! Debajo de mi teléf… No, me equivoqué de nuevo. No creo que aquí haya fama alguna para nadie. Por eso he estado tan interesado —y nunca lo conseguí— en ser traducido al inglés o a otro idioma. No es garantía de perdurabilidad, pero es una esperanza más. A ver, voy a decir una mentira: Alberto Laiseca es conocido en el mundo tanto como T.S. Eliot. ¡Acabo de decir una mentira infinita! Los que lo conocen a Eliot no tienen ni idea de Alberto Laiseca. Esa es una condena para los que están en el Cono Sur".
El escritor y editor Ricardo Romero conoció a Laiseca a partir de una nota que le hizo para la revista Oliverio, hace unos 10 años. En ese momento Laiseca no circulaba tanto como ahora y Romero le propuso reeditar varios de sus títulos por Gárgola. El primero fue Matando enanos a garrotazos. "Fue un autor único de la literatura argentina", dice. "Era muy difícil rastrear sus tradiciones y predecir lo que haría en su obra. Una de las cosas más interesantes que tuvo fue que siempre escribió a espaldas de todo, lejos de las urgencias de la época". Romero dice que publicar algunas novelas de Laiseca fue muy trabajoso pero valioso, ya que son las que circulan hoy en día. "Tuvimos que tipear entero El jardín de las máquinas a partir de un ejemplar de la primera edición que nos facilitó Sebastián Pandolfelli. Siempre era así: Laiseca escribía a mano y lo pasaba a máquina. Pero además, como tenía un vocabulario muy rico, había que ser muy cuidadosos y revisar que algunas palabras no fueran errores sino construcciones de su universo."
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En los últimos años, Laiseca tuvo también algunas apariciones en el cine. Actuó —junto con Fogwill, León Ferrari y Horacio González— en "El artista", de Mariano Cohn y Gastón Duprat. Más tarde, el propio Laiseca escribiría la novela a partir de la película. "Fue la película en la que más me lucí porque fue donde más se me exigió", decía. "Lo fuerte mío siempre fue la voz. La película era un gran desafío porque lo único que yo podía decir era ¡Puchos! Para lograr que mi personaje fuera interesante sólo tenía mi rostro y los dedos".
Por su taller pasaron y se formaron muchos de los escritores más relevantes hoy en día. ¿Cómo era el "Conde Lai" para sus alumnos? Valeria Tentoni, autora de Antitierra, dice: "Una amiga me pasó un libro suyo, enloquecí y lo fui a buscar al Rojas. Cuando lo vi entrar me puse muy nerviosa. Yo era chica. Esperé a que se fueran todos y le dije que era un genio. Se lo dije con brutalidad y con entusiasmo, como se dicen esas cosas cuando se es chica y bruta y entusiasta. Él extendió su mano como un rey para que se la besara, y en una fracción de segundo —la que me estaba llevando entender el cuadro a mí— dio vuelta la mano, la llevó a su propia boca y se la besó. 'Sí, lo soy', dijo." Era un escritor que no dejaba a nadie indiferente. "Si tengo que agregar algo más", dice Tentoni, "es que lo lean. Él siempre repetía algo: que la suya era una obra total. Laiseca no deja de ser Laiseca ni por un renglón".
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Francisco Garamona, poeta y director de Mansalva, fue su último editor: "Es un escritor completamente maravilloso, de una gran imaginación y heroísmo. Eso se puede ver desde su obra totalitaria, Los Sorias, hasta su último libro, La puerta del viento. Como a muchos grandes escritores, el público le dio la espalda. Es una pena que se haga una nota para homenajearlo ahora que está muerto. Eso suele pasar con los grandes escritores, que no son comprendidos ni aceptados por su época. Aunque siempre tuvo un grupo de fervorosos admiradores que lo acompañaron por su vida. Tuve la suerte de reeditar su primer libro que había sido prohibido y quemado por la última dictadura, y de publicar el último. La muerte no existe".
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