
Enoch Soames. ¿Recuerdan ese nombre? Seguro que sí: Soames es el protagonista de uno de los cuentos más famosos de la Antología de la literatura fantástica, compilada por Borges, Bioy y Ocampo. Muchísimos escritores hacen referencia a aquella historia. Por caso: Sergio Bizzio en El escritor comido (Mansalva). Enoch Soames encierra el miedo del artista a no perdurar, a perderse en el olvido. El diablo visita a un escritor de poca monta y, a cambio de la consabida entrega del alma, lo lleva 100 años en el futuro —a 1997— para que vea su lugar en la literatura. Aquel lugar, por supuesto, es ninguno; no tiene ni siquiera una mención en un diccionario especializado. Soames pierde el alma y la Historia.
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¿Habrá pensado John Williams en Enoch Soames? ¿Se habrá sentido como él? Hijo de una pareja de granjeros de Texas, Williams estudió literatura inglesa en la Universidad de Misuri, donde luego fue profesor adjunto. Entre sus compañeros no gozaba de mayor estima. Su vida se mantuvo en los claustros académicos con la cuota de anonimato propia de alguien acostumbrado a moverse en las sombras. Publicó dos libros de poemas sin éxito, cuatro novelas —con la última ganó un premio—, dejó una quinta inconclusa. Murió en 1986.
Si en 1997 Enoch Soames hubiera buscado el nombre de John Williams, probablemente habría encontrado una mención mínima, casi una nota al pie.
Un sábado del verano de 2013, en la BBC entrevistaron a Ian McEwan (autor de Expiación, Operación Dulce, Solar, entre tantos otros títulos) y le pidieron que recomendara un libro para las vacaciones. Exaltado, empezó a hablar de una novela a la que llenó de elogios. "Tan pronto como la empezás a leer", dijo, "sentís que estás en muy, muy buenas manos". La novela en cuestión era Stoner, de John Williams, olvidada prácticamente desde el momento en que se publicó, en 1965.
Casi cincuenta años después, McEwan decía que era "el descubrimiento más extraordinario para nosotros, los afortunados lectores". Si bien es cierto que había salido un comentario muy alentador en The Newyorker, fueron aquellos cuatro o cinco minutos en la radio lo que la novela necesitaba. Y Stoner, ese secreto de unos pocos, resucitó como Lázaro. Llegaron las recomendaciones de Bret Easton Ellis, Rodrigo Fresán, Enrique Vila-Matas y Emma Straub, entre otros, y se convirtió en bestseller internacional. (En Holanda, por ejemplo, desbarrancó a Dan Brown).

Stoner —que llega ahora en español, en formato de papel por Fiordo y en digital por Baile del Sol— se inscribe en la tradición de novelas de campus universitarios, un género muy visitado que va desde A este lado del Paraíso, de F. Scott Fitzgerald, hasta La mancha humana, de Philip Roth, pasando por Pnin, de Nabokov, o El diciembre del decano, de Saul Bellow; en Argentina se puede mencionar, por ejemplo, Yo también tuve una novia bisexual, de Guillermo Martínez.
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Es una historia muy mínima, pero su potencia está en la empatía que despierta el protagonista. William Stoner —el personaje es tan alter ego de John Williams que hasta lleva por nombre su apellido— es el hijo de unos granjeros; su padre lo envía a la facultad para estudiar Agronomía. Le dice que allí va a aprender a mejorar el cultivo, a cuidar el suelo. Con una parquedad casi rudimentaria, Stoner es un estudiante aplicado aunque sin brillo. Entonces, sucede: en una clase obligatoria que nada tiene que ver con arados y cultivos, una clase de Literatura, escucha un soneto de Shakespeare y sufre una revelación. Como un rayo que lo atraviesa, vive la "epifanía de conocer por medio de las palabras algo que no se puede expresar con palabras".
Best book I've read this year is a remarkable novel by John Williams called STONER. It isn't about drugs but it's about everything else…
— Bret Easton Ellis (@BretEastonEllis) June 10, 2013
La de Stoner es la historia del héroe clásico, pero sin peripecias. Abandona la carrera de Agronomía —y con ella diríamos el mundo— y se dedica por entero a las Letras. Stoner elige la lectura a la pasión, la razón a la aventura.
Enrique Vila-Matas ha dicho que Stoner tiene "una vida laboriosa al servicio de la literatura, con multitud de errores sentimentales". La universidad es el refugio que lo protege de un matrimonio infeliz y de una vida sin ambiciones. La literatura es el fuego —un amor: "Usted está enamorado", le dice su tutor— que lo incendia a toda hora; la literatura es el fuego —un amor— que, a nosotros, también nos quema.
Para Rodrigo Fresán Stoner es una obra maestra y tiene razón. Pero cabe preguntarse quiénes, si no nosotros, la convierten en eso. Nosotros: los que, aunque suene pueril, tenemos fe en los libros, los que pensamos que la literatura es casi un superpoder. No es raro, entonces, que este libro se regale tanto. Stoner es un guiño, una contraseña, un saludo en clave con el que unos a otros, los lectores —los afortunados lectores— nos reconocemos.
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