
"Este es el Horno 1, donde según la mayoría de los presos que estuvieron en esa Semana Santa de 1996 cocinaron empanadas de carne humana después de trozar los cuerpos. Es verdad, no mito… Eso ocurrió".
La frase de uno de los tantos guardiacárceles que nos acompañan durante la recorrida por el Penal de Sierra Chica –ubicado a doce kilómetros de la ciudad de Olavarría, a 350 kilómetros al sudoeste de Buenos Aires– hiela la sangre.
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Genera cierta aprensión acercarse y mirar con detenimiento cómo en el preciso momento en que pasamos por allí se cocina pan donde hace 23 años se calcinaron cadáveres mutilados. El asador ocupa varios metros y cuando abren su tapa se advierte una lengua de fuego tan intensa como amenazante.
Mientras observamos, se generan esos silencios tan propios que produce el asombro. Las preguntas se suceden una tras otra, en el preciso lugar donde hace algo más de dos décadas coincidieron el horror y la muerte de la manera más terrible que se pueda imaginar.
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"Este salón fue reciclado y reacondicionado, pero el horno que están viendo es el mismo de aquel momento. Sólo falta colgarle el cartel que lo identifica como "Horno 1"… Debe estar por ahí", aporta otro agente del Servicio Penitenciario Bonaerense.
Para distender un poco el clima, preguntamos por Carlos Robledo Puch, otro de los legendarios inquilinos de esta prisión, quien permanecía alojado allí cuando tuvo lugar la matanza.
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"Está en el Pabellón 9, el de diversidad de género, pero no quiere recibir a nadie. Sabe que ustedes están acá, porque los detenidos se enteran de todo. Muchos dicen que en aquella oportunidad se refugió en la capilla del penal, pero él lo desmiente. Cuenta que se encerró en su celda junto a algunos otros y resistieron tomando agua y comiendo lo que habían podido racionar cuando arrancó la revuelta", agrega su compañero.
Afuera se escuchan voces y ruidos de rejas que chocan, los sonidos que más caracterizan a una prisión: el "clanc" tan característico y los gritos que utilizan los presos para comunicarse a distancia.
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Aquí convive una población de 1.873 reclusos, 1.293 penados y 590 procesados, según la pizarra con fondo de felpa roja y letras blancas intercambiables que luce en la oficina de Eduardo Maigua (46), director de la unidad, de la cual en 138 años de historia sólo se pudo fugar un prisionero… a quien detuvieron a las pocas cuadras.
La cárcel tiene forma de panóptico distribuido en doce pabellones, sistema ideado por el filósofo Jeremy Bentham en 1791, para que un solo custodio pueda observar a los detenidos desde la guardia –ubicada exactamente en el centro del patio–, sin que aquellos puedan hacerlo.
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SEMANA SANTA TRÁGICA. La historia ya escrita del motín dice que comenzó pasado el mediodía del sábado 30 de marzo de 1996, y se extendió por ocho días.
Fue encabezado por los que luego se denominaron "Los 12 Apostóles", por el número de integrantes que lo generaron y por la fecha religiosa: Marcelo Brandán Juárez –el cabecilla-, Miguel Ángel Acevedo, Jorge Alberto Pedraza, Carlos Gorosito Ibáñez, Marcelo González Pérez, Jaime Pérez Sosa, Víctor Esquivel, Oscar Olivera Sánchez, Carlos Villalba Mazzey, Héctor Cóccaro Retamar, Marcelo Vilaseco Quiroga y Héctor Galarza la emprendieron contra otra banda que lideraba Agapito Lencina. Intentaban fugarse, pero el plan fracasó.
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La jueza María de las Mercedes Malere llegó a la prisión junto a su secretario, intentando negociar la rendición. "Se están equivocando, haciendo una cag… enorme", les advirtió la magistrada a los rebeldes. Y terminó sumándose con su colaborador a la lista de rehenes.
La violencia fue creciendo minuto a minuto . Hugo Barrionuevo Vega –del grupo de Lencina– fue el primero en caer víctima, de un balazo y decenas de puñaladas. Enseguida liquidaron a otros seis. El objetivo principal era Lencina, quien resistió a punta de cuchillo, pero rápidamente fue liquidado de un tiro y varias cuchilladas.
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Todos fueron mutilados a hachazos, sus restos volcados en ollas y cocinados en el mencionado Horno 1 de la panadería como relleno de empanadas. Las terminaron comiendo algunos guardiacárceles y rehenes –en total diecisiete–, que más tarde se enteraron de aquel involuntario canibalismo de la manera más cruel.
"Te estás comiendo un rocho", les dijeron cínicamente. Pero eso no fue todo. A otro preso, José Pérez, lo masacraron a facazos por negarse a formar parte del grupo de descuartizadores.
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Así sumaron el número de muertos a ocho. Testigos que luego declararon en la investigación relataron que antes de incinerar a sus "compañeros", los revoltosos se "divirtieron" jugando "a la pelota" con la cabeza de Lencina…

DROGAS Y "PAJARITO". El país estaba conmocionado con lo que pasaba. No se hablaba de otra cosa. Eduardo Duhalde era gobernador y hasta pensó en tomar la cárcel por la fuerza. Luego desistió, por las muertes que seguramente provocaría una decisión apresurada. Mientras tanto, los amotinados negociaban con el propósito de escapar: pretendían armas y autos. El ambiente era una verdadera locura. Los días pasaban y las drogas –en especial el "pajarito", bebida preparada con levadura fermentada, agua hervida y cáscaras de frutas, que ingerida en cantidades produce una sensación de gran borrachera– habían hecho estragos entre los violentos.
El Domingo de Pascuas llegó la rendición. Habían estado liberando rehenes. Los detenidos pedían que se aceleraran sus causas en los casos de los presos sin condena. Exigían que se les aplicara el famoso "dos por uno" –computar doble el tiempo de encierro a los que no tenían sentencia– y que se los trasladara a una prisión federal, porque temían sufrir represalias por los asesinatos que ejecutaron, ya que era vox populi lo que vendría.
"Acá se la tienen jurada a estos h de p", corría la voz entre los más exaltados. Les concedieron ciertas solicitudes, con algunas variantes. Se alcanzó la paz. El saldo: ocho muertos, el doble de heridos y la deleznable acción de descuartizar y cocinar a los muertos.

En febrero de 2000 se realizó el juicio por primera vez en una cárcel –la de Melchor Romero– con 24 implicados, porque a los Apóstoles se sumaron otros doce por participaciones diversas en los hechos.
Los detenidos permanecían en sus celdas y seguían el desarrollo a través de monitores. Se utilizó por primera vez un sistema de transmisión de imágenes y audio, con los acusados encerrados en tres celdas a unos 200 metros de donde los jueces tomaban las declaraciones. Recibieron condenas a prisión perpetua, y quince y doce años de prisión, de acuerdo a la responsabilidad de cada uno.
Hoy, algunos están libres, otros volvieron a caer en el delito y permanecen presos, y varios murieron.
El recuerdo de esos asesinos permanece en la cárcel de Sierra Chica como una leyenda nefasta de lo que fue el motín más sangriento de la historia carcelaria argentina. En tanto, en el horno de su panadería ya no hay más sitio para el horror. Ahora allí se cuece el pan con que se alimentan los reclusos.
Por Miguel Braillard.
Fotos: Maximiliano Vernazza y archivo Atlántida.
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