El piano, otras de las pasiones del doctor Yamil Ponce. Foto: Matías Campaya/RevistaGENTE
El piano, otras de las pasiones del doctor Yamil Ponce. Foto: Matías Campaya/RevistaGENTE

"El sábado 8 de diciembre se cumplió un año de que le salváramos la vida a Joe (Wolek, 54). En primer lugar, quiero aclarar que no siento que soy el médico del milagro, como muchos dicen: el milagro es que justo alguien vio a Joe pidiendo ayuda. El milagro es que justo alguien pidió al SAME, el milagro es que justo estábamos aplicando una técnica quirúrgica no usual, el milagro es la recuperación, el milagro es la vida misma. Por eso yo sólo soy un eslabón o un instrumento donde Dios decide", dice Yamil Ponce (38), cristiano y miembro de la Iglesia Adventista del Séptimo Día desde que nació. Trabaja como médico cirujano cardiovascular y flebólogo en el hospital Argerich y en instituciones privadas.

"Voy al hospital sólo un día por semana. No sé ni cuánto gano, pero la salud pública es mi pasión. Cuando Joe llegó tenía varios orificios en el cuerpo, estaba grave. No tenía pulso, el corazón latía muy bajo… Sólo le quedaban minutos de vida. Nosotros trabajamos así. Sin saber quién es, de dónde es o qué pasó, lo subimos a quirófano, lo operamos y lo salvamos. Después nos fuimos haciendo amigos y terminamos recibiendo el año nuevo juntos en mi casa. Desde que se supo la noticia siento mucha más responsabilidad que antes. Pienso que mi país espera más de mí e intento no defraudar", dice Yamil.

Cuenta que viene de una familia muy humilde, y que sus padres (Nicolás y María Elena) se esforzaron a más no poder para que pudiera cumplir cada uno de sus sueños. Por eso siempre recuerda una frase de su mamá: "Si Dios te dio la capacidad de soñarlo, seguramente vas a lograrlo".

Yamil, además, se desempeña como profesor y director del curso argentino de Eco Doppler Vascular Periférico en la Sociedad Argentina de Ecografía y Ultrasonografía –SAEU– y es investigador para las empresas Nanotec S.A. y ADGS Qatar. Su pasión por la medicina comenzó a los cuatro años en San Nicolás de los Arroyos (lugar donde se crió, aunque nació en Entre Ríos) cuando su mamá lo llevaba al pediatra, el doctor Fosa.

"Yo lo llamaba Papá Fosa. Recuerdo que para auscultarme no usaba mucho el estetoscopio, sino que lo hacía apoyando su oído directamente en mi espalda. Decía 'tosé', y eso era como que ya me curaba. Desde niño sentí profunda admiración por esta profesión: alguien que apoya su cabeza y su oído y trata de sanar era lo más parecido a la música".

Yamil junto Joe Wolek, el turista apuñalado en La Boca hace un año, al que le salvó la vida.
Yamil junto Joe Wolek, el turista apuñalado en La Boca hace un año, al que le salvó la vida.

–¿Cómo llega la música a tu vida, Yamil?

–La primera vez que alguien creyó que podía tener algún talento fue a los seis años. En ese tiempo mi mamá comenzó a tomar clases de órgano. Recuerdo que la acompañaba y, para no aburrirme, me sentaron frente a un teclado con los auriculares, para que yo jugara. Pero igual escuchaba lo que ella estaba practicando e intentaba tocarlo yo. El profesor, Omar Merino, escuchó una vez que yo tocaba exactamente lo que él le estaba enseñando y le dijo a mi mamá que yo debía estudiar música, sí o sí. Como no había suficiente dinero para que estudiáramos los dos, ella resignó su aprendizaje. De allí fue toda una hazaña seguir estudiando. Hacía lo que fuera para aprender más instrumentos. Si alguien me quería regalar algo y me enteraba de antemano, le decía que mejor me pagara un mes más en música o una cuota de algún instrumento. Después participé del coro estable juvenil de San Nicolás con el director Gonzalo Martín, y luego ya cuando era universitario, con la profesora Susy Díaz. Ahora tengo en casa una sala de música donde hay piano, teclados, saxo, flauta traversa, cello, violín, guitarras y bajo, entre otras cosas. Lo que me falta es tiempo…

–¿Qué escuchás cuando vas en el auto?

–Absolutamente de todo. Desde música cristiana, tango, romántica, folklore, cumbia y clásica –me fascina Chopin–, a cuarteto y chamamé. En resumen, en mi auto podés tener desde Vivaldi a Rodrigo en un solo viaje, y allí intento practicar las canciones, para cantarlas por ahí.

–¿Cómo llegaste a tocar en la iglesia?

–Soy adventista desde que nací. Cuando era chico siempre intentaba llevar el don de la música y participar en lo que pudiera. Pero un día, sin darme cuenta, cuando ya tenía más de 25 años, no sé cómo, dejé de tocar el piano y de participar de los momentos de música en la iglesia. Me enfrié. No sé qué me pasó. Así estuve muchos años, siendo un cero a la izquierda. Cada vez que necesitaban un músico yo me hacía a un costado. No quería, estaba como apartado de eso. Hasta que por diferentes circunstancias tuve que viajar a Chicago, Estados Unidos. Allí, un sábado que hacía casi 12 grados bajo cero no me decidía si ir a la iglesia o quedarme en la cama. Finalmente fui. Y predicó un pastor yugoslavo, que contó acerca de una niña adventista que siempre quiso aprender piano para dar su don a Dios y un terrible accidente hizo que perdiera sus dos brazos. Y allí la niña dijo: "¡Qué daría por tener los brazos para volver a tocar el piano para Dios". En ese momento sentí que el mensaje iba dirigido a mí, que debía cambiar mi posición y hacer lo posible por volver a tocar el piano en la iglesia. Así fue que al regresar, a la primera ocasión que vi que necesitaban un pianista, me ofrecí. Pensé que no iba a lograrlo. Siempre me pongo a orar antes de entrar al quirófano y o hacer música. "Dios: mueve mis manos para que todo lo que haga en este momento sea dirigido por ti. ¡Amén!". Y así todo funciona.

–Sea con la música o la medicina, vos te dedicás a sanar el corazón. ¿Qué cosas curan el tuyo?

–Mi corazón se sana cuando vuelvo a casa y estoy con mi familia, porque por mi trabajo paso muchos días afuera. Doy charlas dentro y fuera del país, pero volver con los míos me renueva. La iglesia y la música también recargan y llenan mi espíritu. Además, me gusta participar con mi hija mayor de las actividades que hacemos con el Club de Niños Aventureros. Ayudar al prójimo me renueva el alma.

El doctor Ponce, junto a su familia. (Foto: Matías Campaya/RevistaGENTE)
El doctor Ponce, junto a su familia. (Foto: Matías Campaya/RevistaGENTE)

por Pablo Procopio
Fotos: Matías Campaya

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