
Adrián Silva Guerra vio que la farola de la calle se encendió con un parpadeo. Eran las 2:08 AM de un jueves. Silva Guerra, electricista, rápidamente se levantó del portal, entró a la casa y dejó la puerta entreabierta para que el aire de la madrugada llegara a su hijo de 7 años, quien dormía en un colchón de espuma.
Entró en su taller, se sentó junto a una pila de televisores descompuestos que desmontaba para sacarles piezas de repuesto y empezó a soldar. Una voluta de humo salía de una placa de circuitos verde y cobriza en la que estaba trabajando para reparar un aparato. Hizo todo lo que pudo hasta que, dos horas más tarde, volvió a quedar sumido en la oscuridad.
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“Soy esclavo de la corriente”, dijo Silva Guerra, de 32 años, ojeroso y sin haber dormido.
Poco antes de que se fuera la luz, su madre, Zucel Guerra Brise, de 52 años, salió de su casa en Santiago de Cuba, la segunda ciudad más grande del país, en su costa sureste. Gracias al pequeño destello de suministro eléctrico, los hornos de una panadería privada pudieron hacer pan esa noche.
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Ella hizo fila para comprar 100 panecillos y se preparó para recorrer las calles de la ciudad y revenderlos para que su familia tuviera dinero para comer. Pagó 7 centavos por panecillo y los vendió a 9 centavos cada uno.

Silva Guerra, su madre y su padre, Luis Silva Aldana, de 64 años, maestro de primaria, juntan a duras penas el equivalente a menos de 60 dólares al mes. Con eso tienen que mantener a su familia de cuatro generaciones, que también incluye a la esposa de Silva Guerra, Analeidis, a sus dos hijos pequeños y a Zoe, su abuela.
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Durante casi dos días en mayo, vimos cómo la familia se las ingeniaba en unas de las condiciones más difíciles que, según ellos, habían vivido.

Sus circunstancias son un microcosmos de las dificultades a las que se enfrenta Cuba, que está viviendo su peor crisis humanitaria desde que, hace casi siete décadas, una revolución allanó el camino a un régimen comunista.
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El gobierno de Donald Trump ha impuesto limitaciones a Cuba y ha exigido a sus líderes cambios políticos y económicos. La represión del gobierno cubano y su fallido sistema económico han profundizado las consecuencias de un embargo comercial estadounidense que ya se ha prolongado por décadas.

Desde principios del año, un bloqueo petrolero de facto de Estados Unidos y una oleada de nuevas sanciones, que se sumaron a las que ya había, han paralizado al Estado cubano y lo han dejado sin el combustible necesario para que el país funcione. (Cuba experimentó un apagón a nivel nacional el lunes).
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Estas circunstancias han hecho que Silva Guerra y su familia extendida vivan al límite: se ganan la vida con ingresos míseros, no han podido comer adecuadamente y están a merced de breves periodos de luz en momentos impredecibles.

Las bodegas, un sistema estatal que en su día garantizaba alimentos básicos a precios extremadamente bajos, empezaron a fallar porque al gobierno le falta dinero para importar comida. Ahora, prácticamente han desaparecido.
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Hay meses en los que la familia Silva Guerra no recibe arroz, frijoles, huevos ni pollo del Estado, solo un panecillo para cada uno cada tres días. El gobierno dice que se quedó sin el combustible necesario para transportar alimentos. Los precios de la comida en los mercados han aumentado casi un 20 por ciento este año, según cifras oficiales.
Ya que la luz eléctrica está disponible apenas cuatro horas al día, sus ingresos se han reducido: aunque trabaje lo más rápido que puede por la noche, cuando suele haber corriente, Silva Guerra, que antes era el principal sostén de la familia, ahora apenas aporta algo al presupuesto familiar.
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La familia extraña el chorote, una bebida espesa típica del este de Cuba que se toma en el desayuno y se hace con harina de maíz tostada, azúcar y leche. En su lugar, por la mañana, Silva Guerra rebanó las barras de pan blanco en cuartos y mezcló un poco de agua con un sobre de polvo blanco para preparar una bebida con sabor a mango.

Eso era el desayuno. Y no solo para la familia.
“Si no desayuno aquí, no desayuno”, dijo Lázaro Figueroa Tamayo, de 52 años, un viejo amigo de la familia que antes cortaba caña de azúcar, pero ahora es cocinero en un hospital.
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En la mesa también estaban otro amigo de la familia, Rolando Galán Labrada, de 59 años, y su hija de 6, además del hijo de 7 años de un vecino que viene cada mañana a comer.
Después, Silva Guerra acompañó a sus hijos —Alejandro, de 6 años, y Anna Jeline, de 4— para subir las lomas empinadas hasta la escuela. Cuenta la leyenda que su barrio, Chicharrones, debe su nombre a los vendedores ambulantes que, en la época colonial española, vendían chicharrones a la gente que iba a ver a los trovadores.
A finales de la década de 1950, los residentes de aquí —entre ellos el bisabuelo de Silva Guerra— ayudaron a los rebeldes de Fidel Castro a librar una guerra de guerrillas urbana, y los escondían de la policía controlada por un dictador aliado con Estados Unidos.

En esta comunidad tan unida, parece que todo el mundo se conoce. Las puertas dan directamente a la calle. Los vendedores se sientan en banquitos y ofrecen detergente, café y chambelonas. La gente lleva cubos con agua de las casas que tienen agua a las que no tienen, ya sea por escasez o por tuberías rotas.
La mayor parte de la comida que se consume aquí ahora viene del sector privado. Con el dinero que envía la diáspora cubana desde Florida y España se compra pollo, arroz y frijoles.

El gobierno mexicano, que dejó de enviar petróleo a Cuba después de que el gobierno de Trump amenazara con imponer aranceles a los países que siguieran suministrando combustible, está enviando paquetes de arroz, bolsas de chícharos partidos y botellas de aceite vegetal a niños menores de 4 años y a los adultos mayores de 65.
La gente del barrio que tiene la suerte de tener suficiente para comer comparte lo que le sobra —una pata de pollo, unos gramos de arroz, una taza de azúcar— con quienes lo están pasando peor, sobre todo las familias con niños.
Estos gestos humildes de generosidad, multiplicados y combinados con los programas estatales de alimentación dirigidos a los grupos vulnerables, “es lo que mantiene viva a la gente”, dijo Walter Mondelo, profesor de derecho en la Universidad de Oriente —la principal universidad de Santiago—, quien sufre las mismas penurias que muchos otros cubanos.
Los analistas dicen que el modelo socialista de Cuba, aunque coartaba las libertades individuales, impulsaba a la gente a cuidarse unos a otros, a través de una ideología igualitaria y movilizaciones masivas que redujeron el analfabetismo, vacunaron a la población y enviaron médicos al extranjero.

Mondelo dijo que, a pesar de los fracasos de la Revolución cubana, le enseñó a la gente a compartir y a ayudarse, y, afirmó, parte de eso continuaba: quienes menos tienen son quienes apoyan más a los otros.
Esta solidaridad a pie de calle persiste porque funciona: la gente da por altruismo, pero también sabiendo que quizá necesite algo en el futuro.
Silva Guerra dijo que estas prácticas son una forma de convivir. Él, por ejemplo, arregla gratis las herramientas de trabajo de algunos de sus vecinos.
Figueroa Tamayo, el vecino de la familia, tiene una relación muy cariñosa con Zoe Brise, de 73 años, la abuela de Silva Guerra, que ha estado postrada en cama y con escayola desde que se fracturó la cadera tras una caída.
Él la levanta de la cama —que está en la cocina, ya que no hay sitio en ningún otro lugar de la casa— y la lleva al baño y al salón para que pueda estar acompañada. Brise dijo entre risas que Figueroa Tamayo la trata así porque quiere casarse con ella.
Cuando las luces volvieron a encenderse a la 1:23 PM de esa tarde, todos los que estaban en la casa se emocionaron. Más allá de la puerta principal, la calle se quedó vacía mientras la gente se apresuraba a entrar para lavar la ropa y cargar sus dispositivos.

“¡Corriente!”, gritó Zucel Guerra Brise, la madre de Silva Guerra. Enchufó una placa eléctrica que su hijo había improvisado con un taburete de madera, una lámina de zinc y la bobina de una vieja olla arrocera, y empezó a hervir pollo.
Desde los altavoces del taller de Silva Guerra sonaba salsa. En cuestión de minutos, llegaron dos mujeres con un reproductor de DVD que no funcionaba.
Él sonrió por primera vez ese día, y dijo que cuando volvía la luz, podía poner en práctica sus habilidades.

Pero no duró mucho. Cincuenta y siete minutos después, la música se apagó. No tuvo tiempo suficiente para arreglar el reproductor de DVD y fue otro día en el que Silva Guerra no ganó nada.
Silva Guerra dijo que la falta de corriente lo atormentaba y que lo ponía a pensar en qué podía vender para comprar un paquete de pasta.
Dijo que ha empezado a tener migrañas por el estrés.
Sin transporte público ni dinero para salir y teniendo que asegurarse de que haya alguien en casa cuando vuelva la luz, el mundo de la gente se ha reducido. Los días son monótonos y predecibles.
Al día siguiente, los hijos de Silva Guerra se quedaron en casa sin ir a la escuela. La familia no tenía dinero para prepararles comida. Silva Guerra dijo que no tenía nada que darles.
Por la tarde, estaba arreglando un televisor. Justo cuando quitaba la carcasa de plástico, se volvió a ir la luz.

Sin dinero para la comida, le pidió prestados 80 centavos a un vecino para comprar unos gramos de arroz y un cubito de puré de tomate.
De vuelta en casa, él y Figueroa Tamayo empezaron a desmontar la cama plegable de madera que le había dado el Estado y en la que dormía su hija de 3 años.
Mientras separaba las tablas de la cama, dijo que sus opciones eran esperar a que volviera la luz o improvisar.
Ni siquiera durante el llamado “periodo especial” de la década de 1990, cuando colapsó la Unión Soviética —el mayor benefactor de Cuba— y el país se sumió en la miseria, la familia tuvo que improvisar para cocinar.
Ahora sí que tenían que hacerlo.
Analeidis Silva Guerra puso una rejilla de su refrigerador descompuesto sobre dos bloques en su pequeño patio trasero, montó las tablitas de madera de la cama entre los bloques y arriba colocó una cacerola llena de hollín con agua, arroz y puré de tomate.
Luego prendió el fuego.
© The New York Times 2026.
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