
Lo llamaban Loco, pero fue el más cuerdo. Con la pelota cerquita del pie, gambeteando, amagándole al rival con astucia de ilusionista, metiendo goles y sirviendo otros, René Orlando Houseman poseía la cordura de los elegidos. Sobre la raya de cal que delimitaba el costado derecho nadie hizo mejor equilibrio. Mágico, impredecible, pícaro, el Loco se burlaba de las patadas amenazantes, desbarataba los planes de sus adversarios y dibujaba sonrisas en toda la cancha.
Fue un jugador de pueblo. Desdeñó el glamour, nunca se creyó la película del auto cero kilómetro, el reloj de oro y la rubia despampanante. Fue fiel a sí mismo, a la villa donde nació, al Bajo Belgrano, que le enseñó los códigos irrenunciables y al fútbol que amaba, él y todos. Jugó dos Mundiales (Alemania '74 y Argentina '78), se consagró ídolo de Huracán y podría haber triunfado en Europa, pero René no quiso –o no supo– trazar otros caminos. Traicionado por sus debilidades (algún trago de más, alguna noche que se prolongaba demasiado) y héroe de un fútbol mucho menos globalizado, no gozó de la explosión económica que habría merecido. Pero no le importó mucho.

El barrio, su familia, los amigos de siempre y un partido para pispear colgado del alambrado es todo lo que necesitaba para ser feliz. Se nos fue el jueves 22 de marzo, a los 64 años, cansado de batallar contra una dura enfermedad. La Selección argentina, que al día siguiente de su muerte derrotó 2-0 a Italia en un amistoso, lució un brazalete negro en su memoria. El que estuvo de luto, no quepan dudas, fue el fútbol en su más completa expresión.
Nació el 19 de julio de 1953 en La Banda, Santiago del Estero, pero se crió desde los cinco años en la villa del Bajo Belgrano, "feliz, sin que me faltara nada", según remarcó siempre. Porque si la vida lo dejó rengo de algunas necesidades –materiales y de afecto–, Houseman nunca le reprochó nada. Al contrario: despreocupado, sin ponerse nervioso, se abrió paso a puro talento en los potreros. Y luego, en las divisiones inferiores del club del barrio, Excursionistas.

Los problemas de su padre, alcohólico y severamente enfermo, lo obligaron a salir a parar la olla desde pibe: fue carnicero, verdulero, vendedor ambulante… Al final, sin lugar en Excursionistas (club que amó tanto como a Huracán), terminó debutando en el clásico rival, Defensores de Belgrano, a los 17 años. Alcanzó fama nacional en 1973, cuando llegó a Huracán y, bajo la batuta del Flaco Menotti, el Globito se consagró campeón.
Deslumbró en ese equipazo, que tenía a virtuosos como Ardiles, Brindisi y Babington, y fue llamado a la Selección. Metió tres goles en el Mundial del '74 (Argentina finalizó 8ª) y uno en el Mundial '78, primera consagración de la albiceleste (de nuevo al lado de César Luis Menotti, casi un segundo padre).

Jugaba de delantero, bien abierto hacia la derecha, un clásico "wing" según la denominación inglesa. Y el estereotipo le caía justo: se dice que los "wines", los buenos en serio, son rebeldes, locos, talentosos, solitarios, una especie de genio en estado puro. Así fue René. Flacucho, desgarbado, de piernas huesudas apenas recubiertas por sus medias bajas, sería una antítesis de los Cristiano Ronaldo modernos. Pero auténtico desde el pelo revuelto hasta la punta del botín…
Lo tentaron de Europa, pero apenas salió del país para jugar brevemente en Chile y, en una rareza digna de su currículum, recalar en el Ama Zulu de Sudáfrica en 1983. Estuvo un suspiro, claro, y regresó al país para retirarse en Excursionistas, su primera novia futbolera: un partido con los colores verdiblancos le bastó para decir "adiós".

Se quedó en la villa, no se perdió ni un partido de "Excursio" ni del Globo y, con la picardía que lo caracterizaba, hizo un master en "tirar la manga". ¿Quién le podía decir que no a René? "Como alguna vez lo definió Angel Cappa, Houseman jugaba como vivía, y vivía como jugaba. Fue un hombre esencialmente libre, que nunca traicionó su origen. En la cancha fue de la raza de los Maradona, un talento total. Gambeteaba en el aire… Y fuera del césped, un gran amigo, alegre, generoso. Se hacía el lesionado para que entraran los suplentes, y así también cobraran el premio por ganar el partido. Formó una hermosa familia –su esposa, Olga; sus hijos, Diego y Jésica; sus nietos– y jamás se la creyó. No era consciente de su grandeza, de lo que generaba en la gente que lo idolatró", lo definió Néstor Vicente, histórico político de izquierda y ex presidente de Huracán. Fana del Globito desde el año '46, lleva más de 70 años viendo cracks con la camiseta de sus amores.
"Y ninguno fue mejor que René", asegura. En la institución de Parque Patricios convirtió 109 goles en 277 partidos, cifra que habla por sí sola.

En los bares y esquinas porteñas, teñidas de nostalgia, se recordará aquella vez que le metió un golazo a River pasado de copas… Se hablará de su mano siempre extendida para pagar un asado para toda la barra, sin importar que la cuenta bancaria se fuera a pique… Se dirá que era capaz de pelearse con un plateísta si éste insultaba a algún compañero de equipo… O que en el mítico estadio de Wembley, jugando para la Selección, se escapó del banco de suplentes para irse a fumar un cigarrillo al baño. René puro.

"Fui feliz y disfruté del fútbol… a mi manera", supo decir, categórico, sin levantar la voz ni las medias, arremolinadas en el tobillo. Esas piernas esmirriadas que parecían un pincel y que él, sin saberlo, utilizaba para pintar óleos, frescos y acuarelas que hoy costarían millones.
Por Eduardo Bejuk.
Fotos: Archivo Atlántida, La Garganta Poderosa, Clarín, Télam, club Huracán y club Excursionistas.
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