Mariano Martínez (Foto Christian Beliera/GENTE)
Mariano Martínez (Foto Christian Beliera/GENTE)

La entrevista está pautada para las 17.30 en el hotel Emperador, pero Mariano Martínez (39) comete un acto casi imperdonable para todo un equipo que se está preparando para hacer una nota de tapa: llega al lugar 40 minutos antes de lo establecido. La frase "ya llegó Mariano" termina de acelerar los tiempos y las pulsaciones de todos.

La gerente de Marketing y Relaciones Institucionales del hotel lo recibe en la suite 1506. Y el pibe que nació en La Boca, fanático del club de La Ribera, que pasó parte de su infancia entre Villa Lugano y Avellaneda, pide un té de jengibre, menta, miel y cardamomo. "Estoy mal de la garganta y prefiero cuidarme", dice mientras comienza a preparar los cambios de ropa que va a utilizar en la producción. Se toma un tiempo para imaginar cada detalle e inventar una historia, para que las fotos de la nota transiten por un camino elegante.

Para un chico de barrio que en pocos meses será un señor de cuatro décadas, desnudarse delante de una cámara no es tarea sencilla. No por pudor: lo que no quiere es que el resultado final del trabajo sea burdo o chabacano. La foto desnudo en pleno agosto tiene una justificación. Todas las noches, de miércoles a domingo a las 20, en plena calle Corrientes (teatro Astros), Mariano se roba todos los suspiros de la platea femenina cuando, en el inicio de la obra Mentiras inteligentes, aparece sin ropa –obvio– mientras se ducha.

Además de ser uno de los protagonistas junto a Betiana Blum, Arnaldo André y Florencia Torrente, Mariano es el productor artístico de esta comedia, que fue un éxito en Broadway y acaba de estrenarse en Buenos Aires. Este nuevo rol, el de productor, está modificando algunas de sus conductas. Por ejemplo, eso de llegar cuarenta minutos antes de lo pautado.

Mariano Martínez (Foto Christian Beliera/GENTE)
Mariano Martínez (Foto Christian Beliera/GENTE)

"Armé una historia para la producción", nos dice con una sonrisa ante el equipo de GENTE. Y cuando el fotógrafo y sus asistentes aprueban sus ideas, ese gesto de felicidad es aún mayor. "Hoy disfruto todo lo que hago: entrenar, bañar a mis hijos, desayunar con mi esposa, trabajar, visitar a mis viejos, hacer esta nota. La vida está llena de momentos de felicidad, y durante mucho tiempo, por ir detrás de lo que no tenés, te los terminás perdiendo. Los años me dieron esa sabiduría y me enseñaron que en la vida hay que celebrar cada momento", confiesa.

Mientras se desviste para la primera toma, dos cosas quedan al desnudo. La primera, su físico privilegiado, sin una gota de grasa, con abdominales bien marcados. La segunda, la cicatriz que recorre toda su pierna izquierda, esa que lo tuvo al borde de la muerte a los ocho años, cuando un colectivo de la línea 93 le pasó por encima. Un par de horas después, mientras suenan de fondo los primeros acordes de Puente –precisamente el día en que Gustavo Cerati hubiese cumplido 59 años–, Mariano se dispone a la charla.

–¿Esa cicatriz marcó tu vida para siempre?

–No tengas duda… La imagen que siempre se repite en mi cabeza es la de las dos ruedas del colectivo viniendo marcha atrás. Yo estaba en el piso, gritando de dolor, porque ya me había pasado por encima. Tenía el pantalón azul de gimnasia cubierto de sangre y el dolor era insoportable. Pero lo que se venía era peor. El colectivero retrocedía y los 15 mil kilos amenazaban con reventarme todo. La muerte estaba ahí, a centímetros, a pocos segundos…

–¿Qué pasó en ese momento?

–Alguien le avisó que yo estaba tirado atrás y se detuvo. Las ruedas casi que me rozaban el pantalón. Podía sentir ese olor nauseabundo penetrando en mi nariz, una mezcla entre caucho caliente y agua de zanja.
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Como en Destino final, la película dirigida por James Wong, la muerte salteó a Mariano. Pero lo que vino después fue tan dramático como el accidente. Como si se tratara del guión de una obra macabra, en el hospital Fiorito de Avellaneda un asesino disfrazado de médico le enyesó toda la pierna izquierda. De no haber sido porque al mes su mamá sintió un olor fétido que salía de su hijo, Mariano hubiese muerto.

"Mi vieja se peleó con los médicos y me sacó del Fiorito. Me llevó hasta el Garrahan… Cuando me sacaron el yeso, los médicos se largaron a llorar. Tenía toda la pierna negra, una gangrena, y no podían entender cómo un profesional había cometido semejante locura. Rotemberg, un doctor cubano, me enterró una aguja hasta el hueso y yo no sentí nada… Me llevaron de urgencia al quirófano y me operaron. Me salvaron la vida, pero el diagnóstico no era alentador: 'Es muy probable que a su hijo le quede una pierna más corta', le dijeron a mi mamá luego de las tres operaciones. Se me vino el mundo abajo. Yo, que creía que era Flash, el pibe de ocho años más rápido de Avellaneda, iba a quedar rengo…".

Mariano Martínez (Foto Christian Beliera/GENTE)
Mariano Martínez (Foto Christian Beliera/GENTE)

–Por suerte, nada de eso pasó.

No, pero no sabés cuántas veces me paré frente al espejo para ver si las dos piernas tenían la misma medida. Después agarré una obsesión por el entrenamiento que todavía me dura: hice rugby, artes marciales, fútbol… Tenía temor de que me pasara algo, pero el miedo nunca me frenó.

–No muchos años después te ganabas la vida como galán en la televisión. ¿Cómo fue ese cambio?

–Impactante. De imaginar que iba a quedar con una pierna más corta y luchar tres años para recuperarme, a estar en una tira como galán... Fue muy fuerte. Por ahí la gente piensa que mi vida es muy fácil, pero les aseguro que nada fue sencillo. Gracias a Dios, conseguí todo lo que me propuse.

–De eso hablabas cuando recién me decías "vivir el presente".

–Tal cual. Todo eso me enseñó a vivir y valorar lo que tengo. Si algo puedo dejar en la gente que lea esta nota es eso: no te pierdas de disfrutar los momentos de la vida.

–Estás a pocos meses de cumplir los cuarenta. ¿Qué balance hacés de tu vida?

–Llego como siempre imaginé: realizado y contento por los trabajos que tengo, feliz con mi cuerpo, enamorado de mi mujer y orgulloso de mis tres hijos. No puedo pedir más.

Por Sergio Oviedo