
La masa muscular comienza a disminuir alrededor de los 40 años a un ritmo aproximado del 8% cada década, un proceso natural que puede reducir la reserva funcional antes de que afecte la autonomía cotidiana. La sarcopenia, sin embargo, no se define solo por el paso del tiempo: implica una pérdida progresiva de músculo y función que compromete la movilidad y eleva el riesgo de caídas, discapacidad y mortalidad.
El músculo alcanza su mayor masa y fuerza hacia la cuarta década de vida, tras lo cual inicia un descenso gradual. La reumatóloga Laura Berbel, del Hospital Universitari de Bellvitge y portavoz de la Sociedad Española de Reumatología, explicó a La Vanguardia que esa etapa ofrece margen para preservar la capacidad muscular antes de que aparezcan consecuencias funcionales.
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La pérdida responde a varios mecanismos biológicos: disminuyen las fibras musculares de tipo II, responsables de la potencia y la agilidad; se acumula grasa dentro del tejido muscular, un fenómeno denominado mioesteatosis, y se reduce la eficiencia para sintetizar proteínas ante los estímulos habituales. El deterioro celular también limita la producción de energía.
Fuerza y movilidad como claves del diagnóstico
“La sarcopenia es una entidad diagnóstica formal caracterizada por una pérdida generalizada y progresiva de masa y función muscular”, señaló Berbel. La especialista remarcó que cumplir años no basta para establecer ese diagnóstico, ya que también deben evaluarse la fuerza, la movilidad y la capacidad de mantener la independencia.
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La forma primaria asociada al envejecimiento es muy poco frecuente a los 40 años. Los consensos internacionales concentran su detección en personas mayores de 65 años, según el EWGSOP (Grupo Europeo de Trabajo sobre Sarcopenia en Personas Mayores).

A esa edad, la sarcopenia puede aparecer como consecuencia de otras enfermedades o circunstancias. Las patologías inflamatorias crónicas aceleran la degradación de proteínas por la inflamación sistémica, mientras que el uso prolongado de glucocorticoides puede bloquear su generación y acelerar el deterioro muscular.
También influyen trastornos digestivos o metabólicos con malabsorción o desnutrición subclínica. El sedentarismo extremo, vinculado a ocupaciones con poca actividad física, y los períodos prolongados de inmovilización tras lesiones previas forman parte de los perfiles que pueden favorecer la pérdida muscular.
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Pruebas para medir pérdida de músculo y función
La fuerza permite anticipar mejor el riesgo que la medición aislada de masa muscular. La prueba principal es la dinamometría de mano: valores inferiores a los puntos de corte de referencia permiten establecer una sospecha fundada.
El abordaje inicial puede incluir el cuestionario SARC-F, que indaga dificultades para levantar y transportar peso, caminar sin ayuda, levantarse de una silla, subir escaleras y las caídas sufridas durante el último año.

La confirmación requiere evaluar cantidad y calidad muscular mediante densitometría o DXA, bioimpedancia y, en casos complejos o de investigación, ecografía muscular de alta resolución. La gravedad se determina con pruebas de rendimiento físico, como la velocidad de marcha y el ejercicio de levantarse y sentarse de una silla cinco veces.
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