Diario de la Guerra del Cerdo, la batalla intergeneracional que imaginó Bioy Casares

Una trama distópica en el Buenos Aires de fines de los 60. Odio, discriminación y descarte de los mayores: ¿hipérbole de la realidad de una sociedad que clasifica a las personas según su utilidad?

A la izquierda, la portada naranja del libro Diario de la guerra del cerdo; a la derecha, un retrato en blanco y negro del autor
Una de las numerosas ediciones que tuvo esta novela de Adolofo Bioy Casares, publicada por primera vez en 1969
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En Diario de la guerra del cerdo, Adolfo Bioy Casares imagina una ciudad donde la juventud persigue a los mayores con grados crecientes de violencia, que van del desprecio y la crítica hasta la eliminación.

Por otra parte, los avatares físicos, psicológicos y sociales que acompañan el envejecimiento son tratados por el autor de un modo que no admite demasiado optimismo: el argumento puede verse como una metáfora del edadismo, una crítica al gobierno que deja a los ancianos en el desamparo por la mala gestión de sus aportes de toda la vida —nada nuevo bajo el sol— o como la búsqueda de chivos expiatorios por parte de una juventud frustrada en sus aspiraciones de ascenso social.

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La trama del libro es cruel y su versión cinematográfica no le va en zaga: el personaje central, Isidoro Vidal, es testigo de una violencia que pronto también lo alcanzará a él y a su grupo de amigos.

La novela de Bioy Casares fue llevada al cine en 1975 con el título La guerra del cerdo, por Leopoldo Torre Nilson con un elenco extraordinario, encabezado por José Slavin, e integrado por Marta González, Víctor Laplace, Edgardo Suárez, Emilio Alfaro, Luis Politti y Osvaldo Terranova, entre otros. El guión fue del mismo Torre Nilson, Beatriz Guido y Luis Pico Estrada. Otro dato destacable es que la música la compuso el Gato Barberi.

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La Guerra del Cerdo - película - Torre Nilson - Bioy Casares
José Slavin y Marta González en La Guerra del Cerdo

El drama se desencadena cuando Vidal y sus amigos oyen gritos en la calle, como de una pelea, y al acudir descubren que una patota está atacando, no a un perro como ellos inicialmente pensaron, sino al diariero del barrio, don Manuel. Desde ese momento, la persecución se expande y con ella la discriminación, la exclusión: los taxis no paran, los comercios empiezan a no quererles vender a las personas mayores y algunos de ellos hasta deben ocultarse en los altillos o en los baños cuando sus hijos jóvenes reciben la visita de sus amigos.

Se empieza a instalar en Vidal y su grupo una sensación de miedo e indefensión: pueden ser atacados en cualquier momento y difícilmente alguien los defienda.

Pero antes de la agresión física ya habían sido víctimas de otras formas de maltrato, como la demora en el cobro de la jubilación —un tópico en la vida de los retirados—y surge un primer indicio del rencor intergeneracional cuando uno de ellos comenta: “Reconozcamos que para dar la orden de pago hace falta mucho coraje. Una medida impopular, lógicamente resistida”.

¿El pago a los jubilados implica privar a los jóvenes de algo que les correspondería a ellos?

La Guerra del Cerdo - película - Torre Nilson - Bioy Casares
Emilio Alfaro, en el rol de líder de la patota juvenil. Detrás, a la derecha, Víctor Laplace

La novela fue escrita y publicada en 1969, cuando Bioy Casares tenía 55 años. Se estaba acercando a la edad en la que tradicionalmente se consideraba retiradas a las personas. Tal vez eso haya disparado su imaginación hacia esta trama inquietante.

Su personaje central está a punto de cumplir 60 y vive esa habitual experiencia de no sentirse viejo pero ver que el mundo a su alrededor ya lo coloca del lado de los descartables.

De todas formas, no debería haber ninguna edad de descarte, mal que les pese a los entusiastas de la eutanasia; ese y no otro es el objetivo de la legalización. Ofrecerles la “muerte digna”, como la llaman eufemística y cínicamente, no a los enfermos terminales —que hoy cuentan con una medicina del dolor que ha dado grandes pasos—, sino a los solos, deprimidos, tristes, etcétera, como ya sucede en Canadá, por ejemplo, o en España.

¿Deben las personas ser clasificadas por su utilidad? Recordemos el concepto acuñado por el papa Francisco, la “cultura del descarte”, que lleva a algunos a pretender “establecer, sobre la base de criterios utilitarios y funcionales, cuándo una vida tiene valor” y cuando no.

Papa Francisco y ancianos, papa Francisco y salud mental, papa Francisco y adultos mayores
El papa Francisco y su denuncia de la cultura del descarte (Vatican News)

¿Qué determina la vejez? ¿Las canas, el deseo que mengua, la dentadura postiza, el lumbago, la mirada ajena...? Todo eso aparece en el diario de Vidal. Es la duda existencial e incómoda que atraviesa la novela y que se refleja en algunas citas: “En la vejez todo es triste y ridículo, hasta el miedo a morir”; “no hay nada peor que la vejez”. Algunas de las frases que Bioy pone en boca de Vidal o de sus amigos.

Pero también hay otras que apuntan al absurdo del odio que mueve a los agresores: “Todo viejo es el futuro de algún joven”, gran verdad que sin embargo cuesta internalizar cuando se tienen 20 ó 30 años y la vejez aparece como algo muy lejano que ni siquiera se tiene la certeza de alcanzar alguna vez.

Miedo y repliegue, en una ciudad que sigue igual

El miedo no aparece de repente; es más bien un clima ominoso que se va instalando lentamente. Similar al que crean los autoritarismos que, a fuerza de violencia ejemplificadora, van logrando que la gente se autocensure, se repliegue, y hasta reprima sus sentimientos.

La Guerra del Cerdo - película - Torre Nilson - Bioy Casares
Isidoro Vidal y su amiga (Marta González) ocultos para no ser linchados

En esta ciudad tenebrosa, arrojan a viejos a las fogatas de San Pedro y San Pablo, los lanzan desde una tribuna de fútbol y castigan también a quien muestre simpatía por ellos: “Un traidor menos”.

Ese terror se vuelve más insoportable porque convive con la apariencia de normalidad. Nuevamente, la novela anticipa el 76, cuando tantos pudieron decir que no sabían lo que estaba pasando, porque la represión y el exterminio iban en paralelo con una paz de superficie. Uno de los amigos de Vidal lo define muy bien: “Lo que me alarma es el aspecto de la ciudad, igual a siempre, como si no pasara nada”.

Sin embargo, poco a poco, los mayores son forzados a la clandestinidad, a un encierro social y psicológico, a una vida marcada por la vigilancia, la sospecha y la certeza de que ser viejo equivale a una sentencia de muerte.

Un diario tenebroso

El formato de diario, permite a Bioy transmitir las vivencias y reflexiones del protagonista, a la vez que traza un relato cronológico de los acontecimientos desde un lunes 23 de junio hasta “pocos días después” del 1 de julio.

El año 1969 sería el marco temporal —el 23 de junio cayó lunes—, sin embargo no parece que la novela aluda a un contexto político determinado. Algunos creyeron ver una alusión al peronismo con el qe Bioy no simpatizaba pero sinceramente el maltrato a ancianos jamás estuvo entre los reproches posibles a ese movimiento. Ni al más “gorila” se le hubiera ocurrido.

Bioy Casares
Adolfo Bioy Casares en 1970, un año después de escribir la novela Diario de la Guerra del Cerdo. Tenía 60 años, la edad del protagonista (Photo by Eduardo Comesaña/Getty Images)

Más bien parece una distopía surgida de la condición de las personas mayores en el momento en que Bioy escribe y de las propias angustias del autor ante el inevitable paso del tiempo.

Un elemento que resulta inquietante es justamente que la ambientación es contemporánea, la trama transcurre en Buenos Aires, en el barrio de Palermo, mostrado en la cotidianeidad del momento pero como escenario de una historia que agiganta a un extremo tenebroso los roces que pueden darse en la vida real entre jóvenes y viejos, entre hijos jóvenes y padres maduros.

Lecturas políticas

Quienes hacen una interpretación política de la novela reparan en el apellido Farrell atribuido a uno de los “malos” y en la expresión “Jóvenes Turcos”. El general Edelmiro Julián Farrell ejerció la presidencia de 1944 a 1946 durante la Revolución del 43 y Perón fue ministro y vicepresidente bajo esa gestión. Una posible alegoría sería entre esos jóvenes turcos y la Juventud Peronista, algunos de cuyos sectores cuestionaban, y algo más, a los viejos del movimiento.

La Guerra del Cerdo - película - Torre Nilson - Bioy Casares
Isidoro Vidal y sus amigos

Francamente, resulta forzada esta vinculación. Perón empezará a hablar de trasvasamiento generacional en los 70 y su reprimenda a los jóvenes que querían “tirar un viejo por la ventana todos los días”, es de 1973.

Sí es posible que hubiera alusiones a la violencia juvenil en general, los “escraches”, los ataques en patota, etc, pero no parece haber una identificación clara con un período dado o un fenómeno fechable.

Lo único claro es que la novela es una alegoría, o más bien una hipérbole, de la exclusión de los mayores, del malestar social que busca chivos expiatorios y de una sociedad que mide la vida por utilidad y productividad.

El libro intenta mostrar que el recelo o el odio hacia la vejez es algo absurdo porque tarde o temprano se puede volver contra el joven que lo alienta.

Finalmente, la novela puede verse como una denuncia, una expresión de protesta contra la cultura del descarte, contra el trato que la sociedad les reservaba a los adultos mayores y en buena medida les reserva aún.

Ahora bien, si no lo hacen la conciencia y el amor al prójimo, cabe esperar que la prolongación de la esperanza de vida y las mayores chances de una longevidad saludable gracias a la ciencia modifiquen esa mirada utilitaria hacia una franja de población cada vez más extensa, relevante y valiosa para la sociedad.

La Guerra del Cerdo - película - Torre Nilson - Bioy Casares
José Slavin y Víctor Laplace, padre e hijo en la ficción

Postdata: Recientemente, en esta misma sección, Pedro Luis Barcia recordó que Borges pensó en un momento dado en escribir una Guerra del Cerdo al revés. Lanzó la idea como un juego, un desafío: “He imaginado el argumento de una novela que por razones de ceguera no escribiré, y que sería el reverso de la admirable Guerra del Cerdo, de Bioy Casares. El tema de ese libro es una conjuración de los jóvenes contra los viejos; el tema del mío, cuya redacción queda a cargo de cualquiera de mis lectores, es una conjuración de los viejos contra los jóvenes, de los padres contra los hijos”.

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