
Voluntariado. Hoy, las estadísticas muestran que la franja de 50 a 70 años, la denominada “generación plateada”, lidera las horas acumuladas de servicio voluntario formal.
Alguien escribió que cuando por un trauma o alguna circunstancia nuestra vida cambia abruptamente, el cerebro trabaja incansablemente para proponer rutas a seguir. Hay tantos caminos como personas, una solución para cada uno. Hablamos de viajes, de aprendizaje, de tareas intelectuales y físicas para mantener y generar nuevas habilidades a la edad del retiro.
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Las preguntas siguen apareciendo.
Buena propuesta, ¿pero qué significa voluntariado?
Un propósito de vida
Una tarde, paseando por el Jardín Japonés con mi compañera de aventuras en Malta, Dora, le planteo el dilema.
Y ella, con la misma sonrisa de siempre, me cuenta sobre su voluntariado desde hace 18 años en Casa Ronald.
Nos quedamos en silencio unos minutos, yo no quería parecer indiscreto o puramente curioso, pero los porqués se acumulaban en el espacio entre la garganta y los dientes, al fin exploté y la pregunta salió ominosamente. “¿Por qué vas? Digo, yo hice cosas parecidas en mi vida, pero ¿por qué ahora?"
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Seguimos disfrutando de los árboles y las flores. “Mira, yo estoy prácticamente sola, no elegí a nadie y nadie me elegió, no tengo marido, no tengo hijos. Esto me da un propósito para levantarme y salir a la vida —sencillo—. Me hace sentir útil, me da una mejor versión de lo que puedo ser”.
Tras el cese de la actividad laboral tradicional, las personas buscan nuevos espacios de socialización, pertenencia y validación que otorguen propósito a su tiempo libre.
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A esto podemos llamarlo como quieran, pero en lo profundo es rediseñar nuestra nueva identidad, esa que carga con el peso de la memoria, con la sabiduría de la edad, con la inquietud de percibir la propia finitud, y con la maravillosa posibilidad de moldear, fraguar, o esculpir una nueva persona sobre la antigua, aquella que está consciente del tiempo que le queda y la necesidad de verse en plenitud y en su mejor versión.
Quizás no es para todos, tal vez es solo una parte del camino, el voluntariado, al parecer tiene varias caras.
Dora me mostró su vida sin la sensación de tragedia, con paz, con cierta felicidad y planeando nuevas aventuras juntas por el mundo. Otras caras de lo mismo.
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Los rostros del voluntariado
Fui preguntando a quienes quisieran contestar, y me di cuenta de cuánta gente hoy lo practica.
Voluntariado con animales, en refugios, o en un santuario en el Delta, en Puerto Golondrina, que visité a fines del año pasado. Un lugar de libertad, los animales están sueltos y en armonía, son los rescatados de maltratos, caballos, burros, ovejas, perros, gatos... Llegan a la isla para vivir lo que les queda de vida en un lugar de paz, de cuidados.
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¡Tuve la oportunidad de ver un juego de la escondida entre un perro y un caballo!
La gente que los cuida eligió esa vida sobre cualquier otra propuesta.
Quizás no solo con personas funciona.
¿Qué es lo que produce el voluntariado en sí mismo?
¿Cuál es la magia que actúa en esa sensación de bienestar que deja?
Te da sensación de pertenencia. Ver qué es lo que necesita el otro

En un paso siguiente, un hombre de la comunidad japonesa en Argentina me concedió una charla, sin conocerme, ni saber de qué quería hablar. Mi búsqueda había comenzado con las comunidades nativas de Canadá y su concepto de comunidad, el respeto a la sabiduría de sus mayores. En realidad, quería preguntarle sobre su ONG, la atención a la gente mayor, todos esos valores que parecen tan ajenos a nosotros, la cultura en la que el viejo es descartable.
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Hitoshi Tamanaha, un encanto de persona, tuvo la amabilidad de conversar conmigo durante casi tres horas, sobre temas variados.
Pregunté, me contestó, repregunté, volvió a contestar. Su organización se ocupa de la gente muy mayor de la comunidad, internada en geriátricos o neuropsiquiátricos. Ellos van una vez por mes, los visitan, les llevan comida japonesa, les hablan en su lengua, les llevan música japonesa y cantan juntos. ¿Qué necesitan ellos? Identidad.
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Les devuelven su identidad, su infancia, los aromas de su tierra, la lengua materna, la música de su juventud, el recuerdo de sus amores. Todo eso, les otorga pertenencia, mucho más que simples visitas.
Pertenencia en un medio que los despersonaliza.
Me conmovió, me impactó cuando quise escribir la conversación que habíamos tenido, cuando el papel me mostró la importancia de las palabras.
El voluntariado puede ser un camino hacia el sentido; no “la” respuesta al sentido. ¿Qué ocurre cuando dejamos de preguntarnos solamente qué necesito yo y empezamos a preguntarnos qué necesita el otro? Encontramos propósito, construimos comunidad y un conjunto de pertenencias ajenas que hacemos propias. Mirar qué hay del otro lado suele ubicarnos en dos planos que se alimentan mutuamente: dar y recibir.
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Aprender a recibir
Reciprocidad, palabra incómoda. Si hablamos de dar, de mirar al otro y entender su necesidad todo está en calma. Es ahí donde nos sentimos en ese lugar mágico, dicho con humildad, pero con culpa, de ser más que el otro, yo soy el que puedo. Pero, ¿qué nos pasa cuando la necesidad es propia? ¿Cuando tenemos que asumir que el cuerpo no nos responde como antes, y debemos dejar que otros avancen?

He oído muchas veces… “si tengo que depender de alguien mejor me muero… antes de tener un cuidador me mato… ¿depender de mis hijos? ¡Ni hablar!”
Y tantas otras frases que una vez más, demuestran que no hemos aprendido todo aún. La lección más dura para los educados en la autonomía, la independencia de voluntades, los que hasta ahora han tenido la más mínima de las decisiones sobre su vida.
En una sociedad que premia el optimismo y la longevidad activa apenas se habla de esto. Sin embargo, existe esta penúltima lección que aprender. Recuerdo una tarde que acompañé a mi madre a un médico y ella me dijo: “Estoy mortificada por darte tanto trabajo”.
Y a mí me surgió una idea que me llenó de luz y de cariño al mismo tiempo, le dije este es nuestro tiempo de aprender a dar, y es el tuyo de aprender a recibir, es tan importante para mí como para vos.
El camino no fue fácil, fue lindo.
Llegar a ese punto de fragilidad después de una vida útil es difícil de aceptar.
¿Qué nos pasa por dentro?
¿Cuál es la última rebeldía del camino?
¿La ecuación sería no necesito nada ni a nadie? No quiero parecer débil, no quiero que me miren con compasión, no quiero que otro decida por mí. Nacemos necesitando cuidados, morimos probablemente necesitando cuidados.
El tema es ver qué es lo que implica. En algunas personas significa la pérdida de la autoridad, en otras la independencia, en algunas la pérdida de autonomía. Y lamentablemente en otras, la pérdida de la identidad y la dignidad.
¿Por qué… en qué espejo nos miramos ante nuestra propia y frustrante necesidad de cuidados?
¿En el del pasado remoto, el pasado inmediato?
¿O en todos los espejos que, como fragmentos, van integrando lo que somos?
¿Se pierde eso ante una necesidad tan clara como el envejecimiento?
No es un tema fácil de pensar, fácil de llevar o simple de implementar, porque de base desconocemos o negamos esa frase tan simple.
Qué le pasa a quien cuida
¿Y qué le pasa a quien cuida? El encargado de dar, de cubrir esa necesidad del otro. ¿Qué piensa? ¿Qué ve? ¿A quién ve cuando cuida, a una persona en pedazos, un resto de vida de lo que fue? Más duro todavía.
¿Cómo enseñamos a cuidadores y acompañantes a no restar autonomía, a no robar identidad y dignidad a los pacientes que están bajo su cuidado? Me acuerdo ahora de Hitoshi Tamanaha, sus visitas a los miembros de la comunidad nikkei, como devolvía la identidad y la sensación de pertenencia.
Pertenencia, identidad, dignidad, son esas características que no deberíamos perder, tanto unos como otros. Necesitar cuidados no debería implicar dejar de tomar decisiones o perder autonomía.
Desde la dignidad de ser humano, de ser integrante de una comunidad, de ser parte de una familia, desde ese punto podemos aceptar cuidados. Dar y recibir, dos caras de la misma lección.
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