El día que Borges pensó en dar vuelta el argumento de Bioy Casares imaginando una “Guerra del Cerdo” al revés

El escritor cortó así una tradición narrativa gerontofóbica que llevaba décadas. Publicó su idea como divertimento pero como se sabe no escribió la novela. Hasta hoy, nadie ha aceptado el desafío borgesiano

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Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares
Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares

La novela contrafáctica y neofóbica de Borges

[El texto que sigue es parte de un libro mío en edición: Cuestiones borgesianas, Editorial Universidad Austral]

Los dos esdrújulos del título hacen suficiente ruido como para atraer la atención del lector. No se trata de la novela apócrifa titulada El Nombre que inventó el escritor bienhumorado, Alejandro Katz, en 1985, en México y de la que, incluso aportó su síntesis argumental, lo que convenció a la ingenuidad al respetable crítico estadounidense Myron Lichtblau, que la incorporó como real a su cotizada bibliografía sobre la novela hispanoamericana.

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Borges diseña, en el escueto espacio de tres páginas, un argumento y sugiere, partir de él, vías y recursos de desarrollo del relato potencial, que invierte una firme tradición narrativa gerontofóbica que venía desarrollándose desde décadas atrás. Me refiero a su aporte titulado: Un argumento que, curiosamente, publicó en una plaquette independiente: Un argumento. Buenos Aires, Ediciones Dos Amigos, 24 de febrero de 1983. Tirada de 36 ejemplares [1]. Es uno de los poquísimos casos en que Borges editó en plaquette un texto breve suyo, lo que indica una forma de darle preferente relevancia.

Lo de la editorial Dos Amigos alude, tal vez, a su mención inicial: “He imaginado el argumento de una novela que por razones de ceguera no escribiré, y que sería el reverso de la admirable Guerra del cerdo, de Bioy Casares. El tema de ese libro es una conjuración de los jóvenes contra los viejos; el tema del mío, cuya redacción queda a cargo de cualquiera de mis lectores, es una conjuración de los viejos contra los jóvenes, de los padres contra los hijos”. (p. 231)

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Adolfo Bioy Casares, “Diario de la guerra del cerdo”

Borges podría haber postulado. para tal fin, la universalización del recurso del anciano Evelsham [2], mediante el manejo de una droga oportuna, como ocurre en el cuento de H.C. Wells: “El caso del difunto míster Elvesham”. Recuérdese que un anciano trata a un estudiante joven y le promete dejarle toda su fortuna. Y cuando se reúnen en un bar para sellar el acuerdo, el viejo echa, subrepticiamente, un líquido en el vaso del muchacho. Éste regresa a su casa y se duerme. Al despertar:

“Se pasa la lengua por las encías, comprueba que su boca está desdentada; se pasa la mano por la frente, ve que su cara está arrugada. Al final, prende la luz y, casi con temor, se mira en el espejo. En el espejo ve la cara del señor Elvesham; comprende que el otro ahora está habitando su cuerpo, que su alma ha sido trasladada al cuerpo decrépito de su pseudo protector. Luego descubre que está en un asilo; que los médicos ya saben que él padece alucinaciones de ser otro” [3].

Para un vasto plan de exterminio de jóvenes, hubiera sido suficiente la producción industrial, y su administración conveniente y disimulada, de la pócima mágica que Elvesham vertió en el vaso del muchacho. El recurso elveshamiano suponía una forma de muerte de jóvenes, a quienes se les arrebataba la plenitud vital, con la súbita mutación en decrépito. En rigor, sin matarlo, se lo anulaba. Borges opta por otras vías.

La literatura del genocidio etario

Aunque hay algunas escenas con muerte de viejos en La naranja mecánica (1962), de Anthony Burgess, y podrían señalarse en ella un punto de partida. Pero hay otros textos que preludian y avanzan en este odio a la ancianidad. Tal vez el mejor rastreo de antecedentes lo hizo Anderson Imbert en un trabajo -poco o nada citado- motivado, precisamente por la obra de Bioy Casares [4]. En este trabajo señala como precursiones: Los destructores (1954), de Graham Greene; Los diarios de Mallot (1965), de Robert Nathan (donde aparece el uso de pig, “cerdo”, para designar a los viejos [5]; Cazadores de viejos (1966), de Dino Buzzati; Diario de la guerra del cerdo (1969), de Bioy Casares.

La Naranja Mecánica
La novela de Anthony Burgess

Respecto del último texto, Anderson rechaza la tesis de Ana María Barrenechea que sostiene que “el escepticismo de Bioy Casares implica una defensa de la oligarquía” y que la novela transcurra en 1969. Por varios datos internos bien fundados, Anderson demuestra que la ambientación es durante el primer gobierno peronista.

Estimo que el acicate más cercano y eficaz para Bioy fue un texto de un autor bien conocido por él y celebrado por Borges explícitamente. Me refiero al cuento Cazadores de viejos (1966), de Dino Buzzati, anterior en tres años a la novela de Bioy [6].

Borges conocía bien la obra de Buzzati, y la estimaba particularmente, de allí que escogiera El desierto de los tártaros para incorporarla a su Biblioteca Personal, en cuya presentación escribió: “Podemos conocer a los antiguos, podemos conocer a los clásicos, podemos conocer a los escritores del siglo XIX, y a los del principio del nuestro, que ya declina. Harto más arduo es conocer a los contemporáneos. Son demasiados y el tiempo no ha revelado aún su antología. Hay, sin embargo, nombres que las generaciones venideras no se resignarán a olvidar. Uno de ellos es, verosímilmente, el de Dino Buzzati”. Es infrecuente en Borges está convalidación de autores contemporáneos.

Dino Buzzati, el escritor que Borges elogió
Dino Buzzati, el escritor que Borges elogió

Hay otro texto del mismo Buzzati que no he visto comentado. Se trata del breve cuento de Nochebuena, pero su planteo vira hacia lo humorístico. Comenta la tradicional costumbre italiana de la Nochevieja que, al sonar la última campanada de las doce, se arroja por la ventana de la casa, a la calle, los trastos viejos desechables. A medida que las campanadas avanzan todos los ojos de los familiares comienzan a converger hacia la cabecera de la mesa donde está plácidamente sentada la abuela. El cuento concluye con puntos suspensivos.

Esta narrativa extrema de rechazo al viejo, en general, de maneras crueles (persecución, apaleo, muerte, incineración, etc.) junto a otras formas más sutiles de desplazamiento e invisibilidad social, disimuladas o enguantadas, que se orquestan para igual fin (“el geriátrico feliz”, “está mejor que en casa, junto a los de su edad”,etc.)

Posteriores a la novela de Bioy, pueden recordarse, con matices en los contextos y formas de exterminio de la ancianidad, algunos textos como: Matar a los viejos (2001), de Carlos Droguett, de brutal presentación y de fuerte enclave político en la realidad chilena. O, la más reciente, El asesino de viejos (2024), de David Magrañal, en la cual el planteo avanza justificado por el peligro de la superpoblación mundial, y para frenarlo se extermina a los mayores de 80, tarea de rastreo que realiza el cancerbero Iván.

Estas actitudes habían sido denunciadas, muy tempranamente por el filósofo alemán Romanio Guardini en el final de su libro: Las edades de la vida, publicado en 1960: “Nuestra época solo ve vida en la situación juvenil”.

Romano Guardini
Romano Guardini

Borges, con un golpe de timón, invierte el planteo gerontofóbico de Buzzati y de Bioy y lo muta en neofóbico con su propuesta en Un argumento.

Aconseja alejarse del tiempo contemporáneo y de sitios centrales y sugiere que la acción transcurra en Lomas de Zamora o Morón, en la última o penúltima década del siglo diecinueve”. Con lo cual descontextúa el conflicto de nuestro siglo, al situarlo en otro tiempo, lo que, de alguna manera sugiere que siempre ha existido. Una segunda recomendación para quienes asuman su propuesta es evitar lo que Bioy llamaba “el peligro amarillo”- es decir la superpoblación de personajes en el relato- y que Borges propone no pasen de diez, porque, dice: “Repruebo las muchedumbres de la novela rusa.”

Una curiosa indicación, pero valedera: “De esos nueve o diez, dos deben parecerse para que el lector los confunda y se figure a muchos innominados”.

Los protagonistas -etimológica e irónicamente, “los primeros luchadores”- serán los ancianos. Y las motivaciones de su accionar mortal serían plurales: por ser enfermos, o estar postrados, envidian la salud juvenil; por ser avaros, no quieren que sus hijos hereden el producto de sus esfuerzos. Otro, “sereno y lúcido, piensa sinceramente que los jóvenes pueden ser presa de cualquier fanatismo y son incapaces de la cordura”. Algunos, incluso, ser cómplices de los viejos, ignorantes de que su destino ya está dispuesto por ellos. Hasta el grado en queu“Un padre puede convertir a su hijo e iniciarlo en la secta, para sacrificarlo después”.

No podría faltar la apelación libresca: “Un personaje alude al trunco sacrificio de Abraham o al canto trigésimo tercero del Infierno” Y, parecidamente, aporta otra suma de apuntaciones estimulantes para quienes quieran abordar la empresa narrativa propuesta. Hasta hoy, nadie ha aceptado el desafío borgesiano, y emprendido la novela neofóbica que propone.

Borges no alcanzó a ver las señales de la “silverización de la sociedad” que gradualmente comienza a despertar.

Pensamos, como gratificante equilibrio, en la imagen escultórica clásica de Bernini que muestra, escapando de la destrucción de su mundo, y en busca de otro, a Eneas llevando sobre sus hombros a su padre Anquises y de una mano al pequeño Ascanio, y de la otra los penates lares, Articulación de las tres generaciones de la vida.

Grupo escultórico de mármol blanco con un hombre cargando a un anciano en la espalda y un niño a sus pies. Se ubica en una sala de museo con columnas de mármol y paredes decoradas
La icónica escultura de mármol "Eneas, Anquises y Ascanio" de Gian Lorenzo Bernini, expuesta en la majestuosa Galería Borghese de Roma

Notas

1. La pieza fue reproducida en el diario Clarín, Buenos Aires, jueves 7 de abril de 1983; en: Sábado, suplemento de Unomásuno, México, 14 de mayo de 1983, con el título de: “Argumento de una novela que no escribiré”; en: Los novelistas como críticos, Norma Klanhn y Weilfredo H. Corral (Compiladores), México, Ediciones del Norte, Fondo de Cultura Económica, 1991, t. II, p. 650. Y, finalmente, integró Textos recobrados 1956-1986, Buenos Aires, Emecé, pp. 231-233.

2. En su olvidada conferencia “La literatura fantástica”, de 19xx -a la que he dedicado un apartado en este libro- enuncia entre los recursos para generar efectos fantásticos el caso de la metamorfosis, que él prefiere llamar “transformación” (como traducía la obra de Kafka)

3. El cuento de Wells lo incorporó a la Antología de la literatura fantástica, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1940, pp.263-274.

4. Anderson Imbert, Enrique; “Un tema de Bioy Casares: jóvenes versus viejos”, en Boletín de la Academia Argentina de Letras, Buenos Aires, t. XLVIII, 1983, pp. 315-325.

5. Lo hacen sinónimo de lo sucio, despreciable, hediondo, voraz.

6. “Cacciatori di vecchi” es un cuento incluido en su selección: Il colombre (Mondadori, 1966), que se tradujo al castellano con el nombre de Historias del atardecer, Barcelona, Plaza y Janés, 1968)

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