
La estructura está inflada y ocupa el espacio en el acceso del Museo Municipal Castagnino de Rosario. Tiene volumen, formas curvas y una entrada que conduce hacia su interior. Allí adentro, el público puede recorrerla y susurrar un deseo. La escena es un ritual colectivo: cada persona atraviesa la obra y deja en ella una frase que solo escucha quien la pronuncia.
La escultura de los deseos llegó a Rosario en un camión. Tardó alrededor de una hora en recuperar su forma, según cuenta Marta Minujín, porque su estructura fue pensada precisamente para eso: plegarse, trasladarse e inflarse nuevamente en otro destino.
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Rosario es una escala dentro de un recorrido internacional. Después de su presentación en la ciudad, la obra continuará hacia Basilea, Suiza, donde será presentada en una feria internacional de arte. “Esta obra de arte permite entrar para susurrar anhelos y recorrer el mundo con un concepto único”, dice Minujín recién llegada a la ciudad santafesina.

La posibilidad de entrar en una escultura forma parte de una búsqueda que atraviesa buena parte de su trayectoria. El público aparece como participante, el espacio se convierte en parte de la obra y el objeto artístico adquiere una dimensión temporal: llega, se instala, recibe visitantes y después vuelve a plegarse para continuar viaje.
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Nacida el 30 de enero de 1943 en Buenos Aires, Marta Minujín es una pionera indiscutida del arte conceptual y figura clave del movimiento pop internacional que irrumpió en la escena vanguardista en la década de 1960, convirtiendo la provocación, el juego y la participación masiva en el sello distintivo de su obra.
Tras sus primeros años informalistas y su paso por París, donde consagró el happening con La destrucción (1963), se transformó en el emblema del Instituto Di Tella gracias a hitos inmersivos como La Menesunda (1965). Su tránsito por la psicodelia hippie en Nueva York, impulsado por la Beca Guggenheim, dio paso a una fecunda etapa de arte ambiental y desacralización de mitos populares mediante monumentos efímeros —desde El obelisco de pan dulce hasta su icónico El Partenón de libros (1983) en festejo del retorno democrático en Argentina—.
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En los últimos cinco años, Minujín desarrolló una serie de esculturas inflables a partir de una preocupación concreta: el peso y la dificultad de trasladar piezas de gran tamaño. “Estas esculturas son pesadísimas, igualmente en yeso o en bronce. Traten de levantar esa cabeza que tengo por ahí: es pesada. Transportarlas en avión es casi imposible, porque necesitan una caja gigante y cuestan una fortuna”.

La solución apareció en el cambio de material. Una forma concebida como escultura puede trasladarse a una estructura inflable y, a partir de ese molde, también convertirse en cemento o bronce. La versión inflable permite además enviarla a otros países y reconstruirla en pocas horas.
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“Acá vino el camión y la inflaron en una hora. La pueden tener un mes, dos meses, tres meses”. Minujín tiene cinco esculturas inflables y enumera algunos de los lugares donde fueron instaladas: Times Square, en Nueva York; Miami Art District; Roma y Arabia Saudita. Para ella, esa capacidad de desplazamiento forma parte de la propia concepción de la obra.
“Lo bueno de estas esculturas es que pueden viajar sin que yo vaya. La próxima vez, si yo ya no estoy, la pueden tener. No es una escultura para la que necesitás una grúa”.
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—¿Cuando comenzaste tu carrera, todo lo que pensaste se fue cumpliendo, como artista y como mujer?
—Sí, es increíble. Esta escultura es inflable. Hace cinco años soy la primera artista en el mundo que hace esculturas inflables. Esta es una escultura mía chica, que trasladé a inflable. También se puede hacer en cemento, porque le podés sacar el molde, ir rompiendo cada forma y la vas llenando de cemento. La mando a cualquier país del mundo y ellos la mandan a alzar.
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Ahí empecé a inventar estas esculturas inflables. Todavía no hay otros artistas, pero ya va a haber miles. Tengo cinco esculturas inflables. Es uno de los mejores inventos que hice.
—¿Intentás retomar, de alguna manera, a aquella Marta Minujín de la década del 60, que tenía una tendencia a la experimentación, por ejemplo con la escultura de los colchones? ¿Esto es parte de un ciclo que volvés a realizar con aquella década?
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—No, porque es pop. Yo soy esencialmente pop. Todo lo que hago, cómo me visto, todo. Y todo lo que hago es porque me relaciono más con los músicos de rock que con los artistas plásticos. Son más amigos míos los músicos de rock.

El deseo cumplido más increíble son los mitos universales que hago. Por ejemplo, el Obelisco acostado, el Obelisco que se come la gente, el Obelisco de pan dulce. Son obras muy políticas. El Partenón de libros prohibidos por la dictadura.
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Acabo de terminar la Torre de Pisa acostada, donde la gente entra, ve una película, ve cómo sale de Pisa, atraviesa el espacio general, atraviesa todo el mapa y aterriza en el Centro Cultural de Buenos Aires. La gente se llevó 50 mil paquetes de espaguetis, los comieron en su casa y ahí termina la obra.
No puedo creer cómo pude hacer todos esos mitos en Manchester, en Inglaterra, en tantos países, y que volteé la Torre de Palermo. Eso es lo que más creo: cómo los deseos se pueden hacer posibles, porque a mí me pasa.
—¿Qué significa para vos Rosario? Tu obra estuvo por Buenos Aires, por el Malba, por Arabia Saudita y distintos lugares del mundo. ¿Qué significa estar hoy en Rosario?
—Me encanta, porque cuando era chica este museo era uno de los que me interesaba conocer. No sé cómo hizo Fernando Farina para sacarme dos obras. No sé cómo hizo, porque no gané nada: se las di. Y el otro fue del Fondo Nacional. (Minujín hace referencia a que la colección permanente del Castagnino+macro cuenta con tres obras patrimoniales registradas de su obra) Estoy contentísima de estar acá, primero porque hay muy grandes artistas en Rosario: Fontana, Berni, Nicola Costantino, Adrián Villar Rojas…
—En esta estructura nos invitás a entrar y a susurrar los deseos. ¿Cuál sería tu deseo para el arte argentino y para los artistas del interior, a quienes a veces se les hace difícil?
—Que traten de viajar, de morirse de hambre, como hice yo, y de irse a vivir pobre. La primera vez que me fui a París y los años que estuve en Nueva York no tenía un centavo. Me gané 17 becas, pero la peor vida la pasé en París.
Vivía en un lugar gigantesco, un galpón sin calefacción y sin baño. Me había hecho una carpa de plástico. Lo compartía con otro artista, pero él no dormía ahí, iba a trabajar. Era un lugar gigante, que había sido un depósito.
Me bañaba en las mezquitas turcas que estaban en la misma calle. Iba al baño en la esquina, bajando las escaleras, y tenían solamente una canilla de agua fría. Hice ese sacrificio durante tres, cuatro años, porque la beca te daba el comedor de los estudiantes, donde me intoxiqué varias veces.

Hay que ser valiente. En Nueva York no tenía un centavo. Comía maní o cualquier cosa, o paraba caminando por la calle. Después empecé a agarrar mucho más dinero. Recién empecé a vender a los 41 años; antes vivía de becas. Hay que sacrificarse, hay que irse y ser pobre de verdad. Yo les digo a mis hijos: “Nadie ahora sería capaz de hacer una vida así”.
Les recomiendo leer mis libros: Tres inviernos en París, Los años psicodélicos y Mis años en New York. Muchos artistas me escriben y me dicen: “Estoy en New York, estoy como vos, ¿qué me aconsejarías?”. Yo les digo: “Cumplir sus deseos”.
—Me da curiosidad el proceso creativo de esta obra, desde el momento en que se gestó la idea hasta su concreción. ¿Cómo fue esa materialización?
—Primero es igual a una escultura que se hizo con colchones. Después la puse en una computadora, intenté imaginarla y dibujé cómo podrían ser las formas chatas para que después se inflen.
Después me conecté con una gente que hacía inflables para chicos y los animé a que hagan esto. La primera vez que hicieron uno grande, ahora viajan conmigo a todos lados. Son los que la trajeron. Voy ahí, veo la forma y la dibujamos. Técnicamente es eso.
—Esta sala está repleta de diferentes generaciones. ¿Qué significa para vos saber que sos fuente de inspiración de muchos jóvenes y que tu obra trasciende de generación en generación?
—Estoy feliz, porque ahora, por ejemplo, si buscás quiénes me quieren en Instagram, tienen menos de 30 años, 27 la mayoría. Los chicos, hasta en Washington, en las escuelas trabajan sobre mi arte. Es un arte que trabaja con fluorescencia. Fui una de las primeras artistas que trabajó con fluorescencia.

Hice cosas cuando era hippie, porque fui hippie tres años en Nueva York. Trabajaba con arabescos en el piso fluorescente y después con luz led. La gente caminaba por ahí y ahí ya empecé.
Dejé de hacer escultura, pintura y todo, y me dediqué solamente a trabajar con luces y pintura fluorescente. Abandoné los colchones durante 40 años y volví hace poco.
—¿Qué pasa en los momentos en los que la pasión todavía no se canaliza y no llega la inspiración? ¿Cómo atravesás esas mermas de creatividad, esa angustia, ese vacío antes de la obra?
—Lo tenés que convertir en obra, esa angustia o lo que sea. Los arquitectos tienen más dificultad porque tienen que hacer muchos planos, muchos dibujos y necesitan demasiado dinero hasta verlo. Pero una vez que entrás, como César Pelli, en la cosa internacional, es fácil. Solo se hace. Pero hay que trabajar.
Yo estoy muy feliz de estar aquí. Este es el único museo que se está ampliando ahora en el país. El Museo Nacional de Bellas Artes de Buenos Aires quiere ampliarse hace 20, 30 años. Tiene tantas obras que usa depósitos, incluso depósitos del Teatro Colón, porque ni siquiera tiene un espacio de depósito.

—Estás en un momento espectacular de tu carrera..
—Sí, la gente viene de Europa. Todo el tiempo me llaman de Europa. Es increíble que una obra que hice hace 60, 61 años, en el año 1965, esté dando la vuelta al mundo ahora. Se inaugura en el Reina Sofía el 17 de noviembre, pero ya estuvo en New York, en Copenhague, en Corea. No te puedo decir en cuántos lugares estuvo.
—¿Tenés algún deseo por cumplir?
—¿Yo? Miles. Millones.

Fotos: Guillermo Turin Bootello/ Secretaría de Cultura y Educación de la Municipalidad de Rosario.

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