
Entré a la librería a comprar los cuatro cuadernos que necesitaba para cada una de las asignaturas del primer semestre del año 2024. Pensaba que esos cuadernos eran para mí. No eran para mis nietas. Sí, para mí, que tenía que rotular cada cuaderno con el nombre de cada una de las asignaturas que comenzaban en agosto.
Si lo quería cuadriculado o no, de qué tamaño, cuántas hojas, con o sin espiral. Ya no recordaba esas particularidades de los cuadernos. Tapa dura o blanda, cuanto más comprara menor era el precio final y todas esas variantes que surgieron al comprar mis cuatro nuevos y flamantes cuadernos.
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Al terminar el secundario en 1968, tenía 16 años, dudaba qué estudiar en una carrera terciaria. Mi mayor interés era filosofía y segundo venía Medicina, que era la profesión de mi padre. Lo hablé con él y me dio libertad plena para que tomara la decisión.
Me preguntó si a futuro pensaba casarme y tener hijos, y al responderle afirmativamente, me dijo que tuviera en cuenta que aportar dinero al mantenimiento de una familia iba a ser más difícil como filósofo, probablemente dando clases, que en la medicina.

Tomé la decisión y me gradué de médico en abril de 1975 con el deseo de especializarme en cardiología y buscar un sitio en el extranjero que me ayudara a tal fin. Y así, gracias a la beca que me otorgó Rotary Internacional, en 1978 estaba en Houston, Texas, caminando todos los días los pasillos del Texas Heart Institute desde las ocho de la mañana hasta las ocho de la noche. Y al volver a Rosario a comienzos de los 80, la cardiología me tenía atrapado.
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El regreso a las aulas a los 72 años
Casi 50 años después me desperté a las cuatro de la mañana ese día de octubre del 2024 para revisar un denso texto de Kant y finalmente tratar de entender qué quería decir en su metafísica.
Ya llevaba dos meses de cursada y el nivel de exigencia era alto. Se me caían los libros de las manos, los cuadernos se iban llenando de anotaciones, resúmenes de lecturas, horas y horas sentados frente a la computadora, los libros, las hojas sueltas, los apuntes y los bolígrafos y resaltadores distribuidos a lo largo de toda la mesa.
Hacía muchos años que no cambiaba los repuestos de las lapiceras tan frecuentemente y volví al lugar de antaño, que seguía abierto, a comprar los repuestos que se agotaban cada dos semanas de tanto escribir y tomar notas. Miraba extrañado los dedos de mi mano derecha por la posición prolongada que tenían sosteniendo el útil de escritura.
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Las clases de tres horas los días martes y jueves de 18 a 21 me dejaban agotado y se sumaba que a esa actividad sincrónica de dos asignaturas semanales se sumaban otras dos clases asincrónicas grabadas que eran igual de exigentes que las sincrónicas.
Todos los días le dedicaba cuatro horas a la maestría y otro tanto los fines de semana. Los conocimientos entraban por todos lados. Lecturas, videos, audios, correos, documentos, tutorías, consulta con compañeros de cursada, conversaciones, sueños.
Intentaba despegarme y me iba a nadar o a correr. El problema era que los primeros veinte minutos de la actividad física pensaba en la filosofía y casi al final entraba de lleno nuevamente en mi cuerpo como me encanta hacerlo.
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¿Por qué volví a la Filosofía? Porque nunca la dejé. Siempre sigo leyendo textos filosóficos y uno de los autores que más me atraía era Franz Kafka.
El intento previo y la Maestría en Filosofía
En 2005 hice un primer intento y comencé la Licenciatura en Filosofía en la Facultad de Humanidades de Rosario. De las cinco materias anuales cursé y aprobé tres de ellas y luego tuve que interrumpir, pues no era compatible con mi trabajo médico, excesivo en ese período, y al nivel de exigencia que me había autoimpuesto.

En 2022 tomaba clases semanales en Rosario con un filósofo con quien dialogaba una hora por semana en mi casa y luego de un tiempo sentí la necesidad de ingresar a un programa de posgrado universitario formalmente organizado y mi búsqueda comenzó en la web.
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Allí apareció la primera Maestría en Filosofía, aprobada por CONEAU, que proponía la Universidad Católica Argentina y decidí postularme para ingresar y tener una primera entrevista con el director de la maestría, quien me tranquilizó al decirme que la filosofía me iba a enseñar muchas cosas y también yo aportaría lo mío, pues el mundo de la medicina es muy concreto y la filosofía tiene mucho de abstracción. Y así resultó ser. Tal cual él lo dijo. La filosofía danzó con la medicina y terminaron abrazados.
El jueves 25 de junio de este 2026 participé en la última clase de la cursada del cohorte 2024. Fue en el Taller de Tesis que me despedí de mis compañeros y el profesor. Terminó esa etapa y queda por delante escribir la tesis y terminar dos tareas de trabajos prácticos.
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Ya me he bajado de uno de los vagones del tren. Llegué a una estación y ahora busco la siguiente para subir a otro. Sigo sobre las vías y continúo explorando el futuro. Todavía tengo tiempo.
Percibo que la filosofía me ha aportado un método nuevo y valioso para seguir navegando el tiempo que resta. A la vez, el médico ha descubierto el mundo del cuidado, que complementa y expande la cura. Ese cuidado se orienta hacia el ser vulnerable y dependiente, que necesita protección y contención en un contexto amplio, sostenido en el tiempo y con la participación de todos y cada uno de quienes nos involucramos amorosamente en ese propósito.
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Muchas gracias a la Maestría en Filosofía de la Universidad Católica Argentina. Muchas gracias a mis compañeros, profesores, directores, secretaria, recepcionistas, alumnos de otras carreras y a todos y cada uno de quienes nos hemos encontrado en el devenir de la educación y de la vida.
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