
Un extenso estudio sobre actividad física y salud mental en adultos mayores en Estados Unidos identificó que el efecto protector del ejercicio frente al malestar psicológico varía marcadamente según la edad. ‘Age-Dependent Heterogeneity in the Association Between Physical Activity and Mental Distress: A Causal Machine Learning Analysis of 3.2 Million U.S. Adults’, liderado por Yuan Shan (Departamento de Estadística de la Universidad de Duke), analizó datos de más de 3,2 millones de personas recogidos por la encuesta nacional BRFSS entre 2015 y 2024, revelando una brecha generacional significativa.
El efecto de la actividad física frente al malestar psicológico se intensifica con la edad, alcanzando su punto máximo entre los 55 y 64 años, donde reduce significativamente el riesgo de experimentar episodios frecuentes de malestar psicológico. En cambio, en jóvenes de 18 a 24 años, el beneficio es mucho menor e incluso ha tendido a desaparecer en los últimos años, según detalla el estudio.
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La publicación señala que, en la población adulta general de Estados Unidos, la actividad física durante el tiempo libre se asocia a una probabilidad un 38% menor de presentar al menos 14 días de malestar psicológico al mes.
Sin embargo, esta protección no es uniforme en todos los grupos. La investigación de la Universidad de Duke describe que “la asociación protectora se fortalece de forma continua con la edad, alcanzando su punto máximo en el rango de 55 a 64 años”. Añade además que “el beneficio en adultos jóvenes es débil y no siempre significativo en todos los modelos o años analizados”.
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Diferencias de impacto entre jóvenes y adultos mayores
El análisis, basado en una década de datos de la Behavioral Risk Factor Surveillance System (BRFSS), refuerza la existencia de una brecha generacional. En adultos de 18 a 24 años, realizar actividad física solo se relaciona con una reducción del riesgo en torno al 11%, un efecto modesto frente al observado en adultos mayores. Para aquellos de 55 a 64 años, la actividad física se vincula con un 50% menos de probabilidad de sufrir malestar psicológico frecuente, mientras que en mayores de 65 años el beneficio se mantiene elevado, pero con variabilidad según subgrupos y ajustes estadísticos.

La influencia protectora del ejercicio en jóvenes no solo es menor sino que, según el estudio, ha disminuido a lo largo de la última década. En años como 2018 y 2024, los datos muestran que el efecto fue nulo: la probabilidad de padecer malestar psicológico resultó prácticamente igual en jóvenes activos y no activos.
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El trabajo, que empleó métodos estadísticos tradicionales y avanzadas técnicas de aprendizaje automático, identificó la edad como el factor predominante que modula el beneficio del ejercicio sobre el bienestar mental. El equipo comprobó que ni el sexo, ni los ingresos, ni el nivel educativo influyen tanto como la edad en la magnitud de esta protección.
Implicancias para la salud pública y nuevos desafíos
El debilitamiento del efecto protector del ejercicio en adultos jóvenes se da en paralelo al aumento sostenido de los problemas de salud mental en este grupo. El informe atribuye esta tendencia a factores como el auge de las redes sociales, la intensificación de la presión académica y económica, y las dificultades de adaptación tras la pandemia de COVID-19.
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Pese a que organismos como la Organización Mundial de la Salud y autoridades sanitarias estadounidenses continúan recomendando al menos 150 minutos semanales de actividad física moderada para la prevención de trastornos mentales, el equipo de Shan advierte que esta recomendación universal podría no ser suficiente para todos.

La investigación destaca la importancia de diseñar estrategias diferenciadas por edad y recomienda a los responsables sanitarios prestar atención a factores psicosociales adicionales, especialmente entre los jóvenes, para enfrentar el auge del malestar psicológico.
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El hallazgo central de ‘Age-Dependent Heterogeneity in the Association Between Physical Activity and Mental Distress’ señala que el ejercicio, aunque es clave en la prevención y mejora del malestar psicológico en adultos mayores, resulta claramente insuficiente como única estrategia en la población joven. Así, las intervenciones en salud mental deberán adaptarse y diversificarse para responder a las necesidades y retos específicos de cada grupo etario.
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