“Ser lento significa controlar el ritmo de tu propia vida. Tú decides a qué velocidad ir en cada situación. Si hoy quiero ir rápido, voy rápido; si mañana quiero ir despacio, voy despacio. Por lo que luchamos es por el derecho a determinar nuestro propio ritmo”. Lo escribió Carl Honoré en Elogio de la lentitud, el libro insignia del movimiento Slow, cuya premisa central es aprender a equilibrar la vida encontrando el propio ritmo en un mundo obsesionado con la inmediatez.
El movimiento Slow no propone abandonar la velocidad, sino recuperar la capacidad de elegirla. A los 89 años, Morgan Freeman defiende una idea que va a contramano de la cultura contemporánea: que aprender a detenerse no es perder el tiempo, sino una forma de vivir mejor. “Hay que aprender a estar quieto y dejar que la vida suceda; esa quietud se convierte en un resplandor”, afirmó el actor, cuya reflexión cobra peso precisamente porque llega desde alguien que ha construido una carrera de décadas sin dejar de trabajar.
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La frase no es un llamado a la pasividad ni a la resignación. Freeman, protagonista de Sueño de fuga y Million Dollar Baby, propone algo más específico: que no todo necesita ser controlado, resuelto o anticipado, y que existe una forma distinta de habitar el tiempo que no depende de correr detrás de cada objetivo ni de llenar cada minuto de actividad.

La quietud como práctica, no como ausencia
El actor ha hablado en distintas oportunidades sobre la importancia de la observación, la paciencia y la aceptación del presente. Desde esa perspectiva, la quietud no implica desconectarse del mundo, sino estar lo suficientemente atento para experimentarlo sin la necesidad de intervenir constantemente.
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La experiencia, sostiene Freeman, también se construye en los momentos de pausa. Una conversación sin apuro, una caminata, el silencio después de un día difícil o el simple hecho de no tener una respuesta inmediata para todo son, desde su mirada, formas legítimas de avanzar.
Con el paso de los años, distintas figuras públicas han llegado a una conclusión similar: la experiencia suele modificar la relación con el tiempo. En lugar de vivir pendientes del próximo paso, muchas personas comienzan a valorar más el presente, los vínculos cercanos y los momentos simples. La reflexión del actor se inscribe dentro de esa lógica: no se trata de renunciar a los proyectos, sino de comprender que “la vida también ocurre entre una meta y otra”.
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Lo que la ciencia dice sobre la presión de producir

La reflexión de Freeman llega en un contexto en el que la psicología y la neurociencia llevan años advirtiendo sobre los costos reales de la hiperactividad. El psicólogo Simón Rodríguez, explicó en una nota reciente con Infobae que el aumento del multitasking “no es un fenómeno casual ni meramente individual, está profundamente ligado al modelo de vida contemporáneo”.
Rodríguez parafraseó al filósofo Byung-Chul Han para describir el fenómeno: “Ya no necesitamos que alguien nos exija desde fuera, hemos interiorizado la presión de producir, responder y aprovechar cada minuto”. En ese marco, el multitasking aparece como “la adaptación lógica, aunque muy costosa”.
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La presión no se limita al ámbito laboral. Según el psicólogo, incluso el ocio se vive como algo que debe optimizarse: “Hay muchos ejemplos: escuchar un podcast mientras caminamos, responder mensajes mientras vemos una película... Ya no estamos frente al aburrimiento, sino frente a la dificultad de no hacer”. El tiempo libre deja de ser reparador y se transforma en otra instancia de consumo o productividad encubierta.

Cuando la ocupación se convierte en huida
Hay un nivel adicional de análisis que va más allá del multitasking: el de quienes no solo hacen varias cosas a la vez, sino que directamente no pueden parar. La psicóloga Belén Tarallo, del equipo de Psicoterapia de INECO, afirmó en una nota reciente de Infobae que mantenerse en un estado constante de actividad puede funcionar como un mecanismo de evitación emocional.
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“La persona se sobrecarga de tareas para no sentir. El problema no es la actividad en sí, sino su función. La diferencia clave está en la función psicológica que cumple esa ocupación”, sostuvo Tarallo. Desde los modelos cognitivo-conductuales y contextuales, esto se denomina evitación experiencial: la persona se mantiene activa para no entrar en contacto con emociones que resultan incómodas, como la tristeza, el vacío, la ansiedad o la culpa.
La señal de alerta es precisa: “Si la persona se detiene y aparece angustia intensa, inquietud o sensación de vacío, es probable que la ocupación esté funcionando como estrategia de escape”, advirtió la especialista.
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La psicóloga Josselyn Sevilla Martínez, del Instituto Psicológico Cláritas de Madrid, coincidió en ese diagnóstico. Señaló a Infobae que mantener la vida en un continuo de tareas bajo excusas como la productividad o la exigencia laboral “puede esconder una conducta evitativa”. Y agregó: “Normalmente, cuando evitamos algo es por miedo a enfrentarnos a una realidad incómoda o dolorosa, por lo que también es una forma de protegernos, pero poco funcional de hacerlo ya que, aunque lo evitemos o pospongamos, el problema sigue estando ahí”.
La doctora Mirta Goldstein, presidenta de la Asociación Psicoanalítica Argentina, aportó en la citada nota, otra dimensión al problema: “La vida ocupada es buena para mantenerse vital, lo que es perjudicial es el extremo de ocuparse sin descanso para evitar la ansiedad y la angustia. Lo que ocurre es que esta defensa fracasa de un modo o de otro”. Entre los síntomas más frecuentes de ese fracaso mencionó el insomnio, el agotamiento, los dolores físicos y la desconexión de los demás. Su conclusión fue directa: “Ocuparse es vital, preocuparse es ansiógeno y sobreocuparse es perjudicial para la vida emocional y vincular”.
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El costo en la salud mental, la memoria y los vínculos
A corto plazo, el multitasking genera una ilusión de eficacia, según los expertos. Pero rápidamente aparecen el cansancio mental, la irritabilidad y la saturación. A mediano plazo, puede contribuir al estrés crónico, la ansiedad y la dificultad para desconectar, incluso en momentos que deberían ser de descanso.

A largo plazo, Rodríguez advierte sobre lo que Byung-Chul Han denomina “el cansancio del alma”: “Un agotamiento que no siempre se alivia durmiendo, porque no es solo físico, sino existencial”. La desmotivación y la pérdida de sentido son consecuencias frecuentes de este modo de funcionamiento sostenido.
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El impacto sobre la concentración y la memoria es igualmente documentado. “El multitasking no mejora la atención, sino que la fragmenta”, explicó Rodríguez. En la práctica clínica, esto se traduce en motivos de consulta muy frecuentes: dificultad para concentrarse, olvidos cotidianos, sensación de dispersión, problemas para leer textos largos o sostener conversaciones sin distraerse.
La fragmentación también alcanza las relaciones personales. Estar con otros mientras se responden mensajes o se piensa en la próxima tarea “reduce la calidad del encuentro, incluso cuando existe la intención de estar disponibles”, indicó Rodríguez. En el consultorio, esto suele aparecer asociado a quejas como “siento que no me escuchan” o “estamos juntos pero cada uno en lo suyo”. Las consecuencias pueden incluir malentendidos, distanciamiento afectivo y una creciente sensación de soledad, incluso en relaciones cercanas.
Monotasking y movimiento suave: dos caminos hacia la pausa
Frente a la cultura del multitasking, la psicología comienza a reivindicar el valor opuesto. “El monotasking no es simplemente hacer una sola cosa a la vez. Implica recuperar una forma de relación con la experiencia que hoy está seriamente amenazada: la posibilidad de estar presentes, de habitar lo que hacemos sin fragmentarse constantemente”, explicó Rodríguez.

El psicólogo subrayó que “hemos perdido la capacidad contemplativa, esa disposición a demorarnos en lo que ocurre sin la urgencia de producir resultados inmediatos”. El monotasking abre espacio para divagar, pensar, reflexionar y dejar que la mente asocie libremente.
Cuando una persona logra sostener la atención en una sola actividad —leer, caminar, conversar, incluso aburrirse—, se produce lo que Rodríguez describe como una experiencia de mayor coherencia interna: “El cuerpo se calma, la mente se ordena y aparece una sensación subjetiva de continuidad que contrasta con el cansancio disperso del multitasking”.
La ciencia también ha comenzado a respaldar el valor del movimiento suave como contrapeso a la hiperactividad. El llamado “ejercicio de zona cero” —un paseo tranquilo, una sesión de yoga suave, estiramientos relajados— opera en una franja de esfuerzo tan baja que se puede mantener una conversación sin perder el aliento.
Uno de sus mayores atractivos es la accesibilidad y, sobre todo, la constancia que genera. Son muchas las personas que abandonan el ejercicio porque se exigen demasiado desde el principio. Las rutinas basadas en el movimiento suave resultan más sencillas de mantener y, con el tiempo, acumulan beneficios: mejor sueño, humor más estable y menor riesgo de dolencias crónicas.
Cómo empezar a bajar el ritmo

Para Rodríguez, el primer paso para salir de la dinámica del multitasking es revisar las creencias que la sostienen, no solo el hábito en sí. “La idea de que parar es perder el tiempo, que decir que no es fallar o que el valor personal depende del nivel de rendimiento” son los verdaderos obstáculos. El psicólogo propone observar qué sucede internamente cuando se intenta hacer una sola cosa a la vez: “Inquietud, ansiedad, aburrimiento o sensación de improductividad. Lejos de ser un error, estas reacciones son parte del proceso y hablan del nivel de exigencia internalizado”.
Sevilla Martínez coincidió en que la toma de conciencia es el punto de partida, ya que “muchas veces hemos incorporado en nuestro razonamiento esta justificación, por lo que ni nosotros mismos reconocemos que nos está pasando”. Como segundo paso, sugirió “intentar aumentar poco a poco estos espacios de ‘desconexión’ de tareas y así liberar el tiempo para dedicarlo a actividades más tranquilas, que permitan pensar en nosotros mismos y conectar con el presente”. Entre las opciones mencionó la lectura, la meditación, el deporte en solitario o tomar un café escuchando música.
La doctora Goldstein advirtió que la adicción al trabajo o a la actividad, “como cualquier adicción, es difícil de superar”. Cuando la persona que se sobreocupa debe encontrar dónde poner esa energía, siente vacío o depresión. “El primer paso es tomar consciencia de que ese exceso encubre otra cosa y a partir de allí consultar y reconectar con el propio deseo y con los seres cercanos”, recomendó.
Tarallo cerró el análisis con una distinción que resume el enfoque clínico: “No se trata de dejar de hacer, sino de revisar la función psicológica del estar siempre ocupado”. No es la actividad el problema, sino la imposibilidad de elegir cuándo detenerse. Esa capacidad de elección, justamente, es lo que Freeman parece haber encontrado a los 89 años, y lo que los expertos coinciden en señalar como la clave del bienestar.
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