
El colectivo frena a unos metros del cordón. No hay rampa. El escalón queda demasiado alto. La escena se repite en distintas ciudades, con variaciones mínimas. A veces es una vereda rota. Otras, una pantalla que no se entiende. En todos los casos, el resultado es el mismo: alguien queda afuera. La vejez suele aparecer como explicación. Pero cada vez más investigaciones discuten esta idea. El foco se desplaza. No es la edad. Es el entorno.
Un reciente estudio coordinado por Mladan Jovanović en colaboración con Antonella De Angeli, Andrew McNeill y Lynne Coventry, investigadores de las universidades de Singidunum, Bolzano y Northumbria, provee el modelo más detallado hasta ahora de requerimientos de usuario para tecnologías inclusivas orientadas a mayores de 60 años, según el estándar de la Organización Mundial de la Salud (OMS).
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La investigación analizó cómo el diseño tecnológico puede fortalecer la autonomía y el bienestar físico, mental y social, y no solo compensar el deterioro asociado tradicionalmente con la edad.
Los investigadores han diseñado un modelo que reconfigura el enfoque habitual de la industria tecnológica: sitúa en el centro las preferencias, competencias y deseos de las personas mayores, y vincula el bienestar no solo a su capacidad física, sino a su tejido social, su propósito y su autonomía.
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El estudio analiza el desarrollo de tecnologías orientadas al envejecimiento activo y advierte que, aunque su objetivo es promover un estilo de vida más autónomo, muchas de estas herramientas presentan barreras que dificultan su adopción por parte de las personas mayores. Según los investigadores, uno de los principales problemas radica en que el diseño suele basarse en estereotipos negativos sobre la vejez.

El análisis incorpora no solo las características individuales de los usuarios, sino también el contexto sociotécnico en el que utilizan estas herramientas. En base a ese enfoque, los investigadores recopilan y examinan datos sobre las expectativas y experiencias de las personas mayores frente a distintos dispositivos, como andadores robotizados, tabletas, redes sociales y sistemas de recomendación.
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El mundo que se viene es y será silver
El concepto no es nuevo, pero gana centralidad en un contexto de envejecimiento poblacional sostenido. Según organismos internacionales, la proporción de personas mayores de 60 años crece en todo el mundo. Sin embargo, gran parte de las ciudades, los sistemas de transporte y las plataformas digitales siguen diseñados bajo una lógica distinta: un usuario promedio, adulto, sin limitaciones físicas ni cognitivas, familiarizado con la tecnología. Ese modelo deja márgenes.
La accesibilidad universal propone otra mirada. Define que los entornos, productos y servicios deben ser utilizables por todas las personas, en la mayor medida posible, sin necesidad de adaptaciones posteriores. No se trata de soluciones específicas para grupos particulares. Se trata de diseñar desde el inicio contemplando la diversidad.
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El problema, entonces, deja de ser individual. Se vuelve estructural. Un contrato bancario con tipografía pequeña no excluye solo a una persona mayor. También a alguien con baja visión. Una aplicación con múltiples pasos y validaciones no afecta únicamente a quienes no crecieron con tecnología digital. También a usuarios con dificultades cognitivas o bajo nivel de alfabetización digital. Una escalera sin alternativa no es un obstáculo solo para la vejez. También lo es para una persona con movilidad reducida o alguien que empuja un coche de bebé.
El exceso técnico también excluye
El diseño define la experiencia. Y, en muchos casos, también define la exclusión. El urbanismo es uno de los campos donde esta tensión se vuelve más visible. La altura de los escalones en el transporte público, la señalización, la iluminación o el estado de las veredas condicionan la autonomía. Un entorno accesible amplía la posibilidad de moverse. Uno restrictivo la reduce. Pero las barreras ya no son únicamente físicas.
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En los últimos años, la digitalización aceleró procesos cotidianos: operaciones bancarias, turnos médicos, trámites estatales. Esa transformación amplió posibilidades, pero también generó nuevas formas de exclusión. Interfaces complejas, lenguajes técnicos, validaciones múltiples o sistemas poco intuitivos se convierten en obstáculos invisibles. El entorno digital también discapacita.
En ese contexto, el diseño universal aparece como una herramienta transversal. No se limita a la arquitectura o al urbanismo. Incluye la comunicación, la tecnología, los servicios y las políticas públicas. Su premisa es simple: si un sistema funciona para una persona de 80 años, probablemente funcione para el resto. El beneficio no es sectorial. Es colectivo.
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Esa lógica se traduce en decisiones concretas: tipografías legibles, interfaces simples, señalización clara, accesos sin barreras, información comprensible. No son soluciones complejas. Son decisiones de diseño. Sin embargo, muchas veces quedan relegadas.
Cuando la inclusión es plena se derriban todas las fronteras
Parte del problema está en la forma en que se piensa la discapacidad. Tradicionalmente, se la asoció a una condición individual. El modelo social propone invertir esa relación: la discapacidad surge cuando el entorno no contempla la diversidad de quienes lo habitan. Desde esa perspectiva, una ciudad sin rampas no revela una limitación personal. Expone una decisión de diseño.
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El mismo principio se puede aplicar a otros ámbitos. Una aplicación inaccesible no evidencia falta de capacidad del usuario. Señala un desarrollo que no consideró distintos perfiles. Un sistema de transporte inaccesible no describe a quienes no pueden usarlo. Describe cómo fue concebido. El desafío es amplio y atraviesa múltiples niveles. Implica repensar normativas, prácticas profesionales y criterios de diseño. También exige incorporar la accesibilidad como estándar y no como excepción.
En una sociedad que envejece, esa discusión deja de ser sectorial. Nunca lo fue. La escena inicial —el colectivo, el escalón, la espera— no es un hecho aislado. Es la consecuencia visible de una lógica más profunda. Una forma de construir entornos que incluyen a algunos y excluyen a otros.
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La pregunta no es quién puede adaptarse. La pregunta es qué estamos diseñando.
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