
En la rutina cotidiana, el simple acto de tomar el salero y espolvorear un poco más sobre la comida parece insignificante. Sin embargo, un nuevo estudio internacional reveló que añadir sal extra en la mesa puede ser mucho más que un hábito: es un indicador de mala alimentación y de mayores riesgos para la salud en adultos a partir de los 60 años.
La investigación, liderada por la Universidad del Estado de Río de Janeiro y publicada en la revista Frontiers in Public Health, analizó a más de 8.300 personas y desentrañó cómo este gesto cotidiano varía entre hombres y mujeres, mostrando patrones sociales y dietéticos que podrían marcar la diferencia en la prevención de enfermedades.
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Más que costumbre: el salero como señal de alerta

El 12,7 % de los hombres y el 9,4 % de las mujeres mayores de 60 años en Brasil añaden sal extra a la comida. Aunque la cifra puede parecer baja, los datos muestran que detrás de este hábito existen factores sociales y de estilo de vida que difieren entre géneros. La Organización Mundial de la Salud (OMS) recomienda no superar los cinco gramos de sal al día para evitar hipertensión, enfermedades cardiovasculares y deterioro cognitivo, pero la realidad de los hogares muestra una tendencia distinta.
“El comportamiento de los hombres está menos vinculado a patrones dietéticos y más a su contexto convivencial”, explicó Flávia Brito, profesora de la Universidad del Estado de Río de Janeiro y autora principal del estudio. En el caso masculino, solo dos factores aumentan la probabilidad de añadir sal: vivir solo (incrementa el riesgo en un 62 %) y no seguir una dieta para la hipertensión.
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Mujeres, urbanas y ultraprocesados: una combinación de riesgo

El escenario femenino es más complejo. Las mujeres que viven en áreas urbanas o que consumen productos ultraprocesados duplican la probabilidad de añadir sal a sus comidas, según los investigadores.
Por el contrario, quienes mantienen una dieta rica en frutas y verduras reducen drásticamente este hábito, hasta en un 81 %. “El comportamiento de las mujeres parece estar más vinculado a patrones dietéticos más amplios y a características contextuales”, señaló Débora Santos, coautora del estudio.
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El trabajo también destaca que la exposición continuada a alimentos muy salados reduce la sensibilidad de las papilas gustativas, lo que lleva a buscar sabores cada vez más intensos. Sin embargo, en muchos casos, el uso del salero se convierte en un acto mecánico, más que en una necesidad real de mejorar el sabor de los platos.
La investigación subrayó que el consumo de sal no es uniforme y está profundamente arraigado en la cultura y el entorno. En comunidades asiáticas, por ejemplo, el sodio suele incorporarse durante la cocción, mientras que en otras culturas el principal aporte proviene de alimentos procesados o del salero en la mesa.
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Comprender estas diferencias resulta clave para personalizar las recomendaciones de salud. No siempre basta con sugerir a un paciente que deje de añadir sal, sino que puede ser necesario modificar técnicas culinarias tradicionales o aprender a identificar el sodio oculto en productos industrializados.

Medidas sencillas para reducir el consumo de sal
El exceso de sodio representa un desafío global para la salud pública. La OMS calcula que 1,89 millones de muertes anuales están asociadas al consumo excesivo de sal. El estudio señaló que la sal añadida en la mesa representa entre el 6 y el 20 % de la ingesta total de sodio diaria. Frente a este panorama, los investigadores sugieren medidas prácticas y accesibles.
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“El uso de hierbas y condimentos naturales, o técnicas como aprovechar la acidez de los cítricos, ayudaría a reducir el uso de sal sin sacrificar el sabor”, afirmó Débora Santos. Además, evitar colocar el salero de manera rutinaria en la mesa puede ser una táctica efectiva para limitar el consumo por impulso.
Dada la variedad de factores que influyen en el consumo de sal, los especialistas coinciden en que las campañas de salud pública deben dejar de ser genéricas.
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Es necesario diseñar estrategias específicas según el género, el estilo de vida y el acceso a alimentos frescos en cada comunidad. “Personalizar los mensajes puede ser la clave para romper el círculo vicioso del consumo excesivo de sodio”, concluyó el equipo de la Universidad del Estado de Río de Janeiro.
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