
La escena sucede en un bar de Rosario. La cita tiene algo de ceremonia, un “tenemos que hablar” preparado durante semanas. Su madre acaba de atravesar un cáncer, una doble mastectomía, una recuperación que trajo interrogantes íntimos que quiere compartir. Elige a su hija Romina. La madre tiene 65 y, después de más de cincuenta años de matrimonio, le confiesa que había tenido poco sexo.
―Quiero ser singer.
Romina Tamburello tarda un segundo en entender. Es el año 2018. La pandemia por covid aún no paralizó pueblos, ciudades y metrópolis. En ese momento, Romina es actriz, escribe, trabaja como guionista. Viene del teatro, del cine independiente, de proyectos que todavía se están gestando. Su primer cortometraje, Rabia, empieza a encontrar espacio en el circuito de festivales, pero su recorrido recién comienza.
Nada indica aún que esa conversación en un bar terminará convertida en una novela y, más tarde, en un guion cinematográfico.
Lo que sí existe es la escena. Una madre que decide no jubilar el deseo. Y una hija que, sin querer saber demasiado, empieza a acompañar. Romina, responde.
―Mamá, Singer es una máquina de coser.
—¿Qué lectura hacés de ese momento casi confesional?
—Mi mamá tuvo cáncer y cuando se recuperó empezó a hacerse preguntas sobre su sexualidad. Creo que ahí influyó la cercanía de la muerte, la mutilación de una zona erógena. Fue esa idea de que entre ellos las cosas no andaban bien. Y es como ese manotazo de ahogado: una tampoco sabe bien qué es. Ahí empecé a hacer el scouting de lugares swinger para mis padres y se abrió un mundo que me pareció espectacular.
—¿Por dónde arrancaste?
—En Buenos Aires. En uno al que le dicen Anchorena. Tiene otro nombre, pero queda sobre la calle Anchorena. Fue el primero al que fui.
—¿Con quién fuiste?
—Con un novio de ese momento. Le dije: “Si te interesa algo de esto…” (se ríe) Para mí esto no es sexy. Yo estoy acá solo porque estoy haciendo scouting para mis viejos… Me acompañó y yo estaba como… Por eso en el libro lo mezclo un poco.

El libro es Los amigos de mi papá, publicado por Penguin Random House en noviembre de 2024. Romina, en los últimos años, realizó un recorrido que cruza literatura y cine con una misma obsesión por los vínculos, el deseo y las zonas incómodas de la intimidad.
En 2021 publicó La viuda del diablo, novela que obtuvo la primera mención del Premio Futurock y marcó su entrada al campo literario, continuidad que profundizó en 2024 con Los amigos de mis papás, donde vuelve a interrogar las relaciones sexoafectivas desde un lugar inesperado: el deseo de los padres.
En paralelo, su trabajo audiovisual ganó proyección internacional: Vera y el placer de los otros, su primer largometraje codirigido con Federico Actis, premiado en Mar del Plata y Barcelona y exhibido en festivales de Europa, Asia y América.

Hoy, ese universo narrativo vuelve a cruzarse: Los amigos de mis papás avanza en su adaptación cinematográfica, la autora continúa desarrollando una obra que se mueve entre la escritura y la imagen con una misma pregunta de fondo sobre el deseo, el paso del tiempo y los pactos que sostienen a las familias.
Tamburello sostiene que muchas veces el sexo adulto se esconde o se maquilla, como si no se pudiera con la arruga, la cicatriz. Le interesa la sexualidad que permanece cuando el cuerpo se transforma, cuando la enfermedad deja marcas y cuando la lógica del mercado ya no organiza la fantasía. Esa zona donde el deseo insiste: cómico, frágil, pero también profundamente vital.
Allí aparecen las relaciones abiertas, el poliamor tardío, los acuerdos improvisados y los rebrotes eróticos que llegan cuando la vida ya no promete juventud sino experiencia. Para Romina, el cine relegó ese universo al fuera de campo, como si el deseo tuviera fecha de vencimiento o solo existiera en cuerpos jóvenes y estandarizados.
—La protagonista es una biotecnóloga porque yo buscaba bacterias por todos lados. Pensaba que mis viejos se iban a contagiar algo. Un hombre de 67 años no va a usar un preservativo, pensaba. No lo hicieron ni lo van a hacer. Les dije: “Se van a contagiar SIDA”. Después aparece una frase clave… Mi psicólogo, que lo veía dos veces por semana, me dijo: “Imaginarlo es peor que verlo”.
—Qué buena frase. Merece derecho de autor…
—Está en los agradecimientos del libro. Es que yo pensaba: “Este señor va a estar con mi mamá, nadie va a usar un preservativo”. Buscaba preservativos por todos lados.
—¿Cómo es el escenario de ese universo desconocido hasta el momento por vos?
—La estética es la de un boliche viejo. Te sacan el celular, te lo guardan, entrás: hay pista de baile, un show de stripper y atrás hay salitas. Entré a una, me dijeron: “Acá pasa todo”. Y hay un entrevero de cuerpos. Nada que asuste. Yo me creía poco prejuiciosa hasta que entré ahí y pensé: “Mis papás van a estar acá”. Buscaba cultivos, olor…

Lo primero que sentís es un olor que te mata. Es real que cuando no estás teniendo sexo, el olor es horrible. Hay algo del sexo sucio que está bueno, pero cuando lo ves tan cerca, en 4D, te impresiona. Ese día llegué a la casa de mis viejos y les dije: “Ustedes no van a ir”. Después, para conocer más, fui a fiestas donde se sorteaban las parejas. Siempre iba acompañada porque es un mundo muy heterosexual, muy binario.
—Hay reglas bastante claras.
—Siempre te piden que vayas con alguien. Las mujeres podemos ir solas, pero es raro. Los hombres directamente no. Las parejas que se cruzan son heterosexuales. De a poco entendí algo —por eso el libro se llama así—: mis viejos necesitaban un grupo de amigos.
—¿Más que una experiencia sexual?
—Exacto. Necesitaban otra cosa. Cuando uno se vuelve grande se va quedando solo: se mueren amigos, te volvés mañoso, la vida cambia. Hubo una transición en la que ellos se independizaron, no me contaron nada más. Encontraron un grupo de amigos y eso me dejó tranquila. El libro y la futura película van de eso: de cómo, a cierta edad, nos tenemos que hacer cargo de nuestros padres. Puede ser por enfermedad, por economía o por una aventura que te proponen. A mí me propusieron esta aventura. Todo eso te une como familia.

Tenés que desaprender lo aprendido para conocerte mejor. También me di cuenta de esto: infantilizamos el sexo adulto. Nos parece normal darles un clonazepam para dormir, pero es una locura darles un viagra. Y junto con el viagra también hay que explicarles, cómo nos explicaban a los quince, que hay que usar preservativo.
Todo eso aparece en el libro y en la película. En ambos, la protagonista es una biotecnóloga que hace un experimento poco ético con una vaca y empieza a mirar a su familia con el microscopio. Ve que el experimento de sus padres sale bien y el suyo propio sale mal: su experimento con el deseo sobre su cuerpo fracasa.
—Una vez que tus padres ingresaron a ese universo, ¿fue un tema recurrente?, ¿se volvió a hablar?, ¿qué pasó después?
—No. Después volaron solos.
—¿Y hoy?
—Hoy no lo hablan. Les da vergüenza, se ríen, pero nunca hubieran impedido que salga el libro. Es su intimidad. No son personas que crean en el amor libre ni que tengan una posición tomada sobre el poliamor. Mi mamá es ama de casa… Pero lo vivieron desde la experiencia, y desde ahí se cuenta el libro y la película: desde el cuerpo y cómo atravesó a la familia.
—Después de esa experiencia empieza en vos un proceso creativo con dos películas: una ya estrenada y la preparación de esta. En la anterior también hay sexo, un sexo adolescente. Ahora hay sexo en adultos mayores. ¿Qué puntos de contacto y qué diferencias encontrás?
—La torpeza. La torpeza y el no maquillaje. Con Fede Actis, el otro director de Vera, decíamos: “No queremos una película donde los personajes sepan lo que hacen cuando tienen sexo”.
Queríamos transmitir la idea de que, como en la adolescencia, enfrentarse a quedarse desnudo ante alguien es siempre nuevo. No es que uno sabe lo que hace. Si no, sería una performance y sería aburrido. Quería que se vea la torpeza. En ambas películas hay amistad y experimentación. En Vera hay tríos; en el proyecto actual van a clubes swingers. Pero nada sería posible sin la amistad y la confianza.

—Ese parece ser el código común.
—Exacto. Poder mostrar vulnerabilidad. Para mí, la actuación y mi abordaje como directora pasan por ahí. No quiero actores ‘cancheros’. Me aburre el humor ‘canchero’, los chistes armados. Me divierte mucho más el humor desde la torpeza, la vulnerabilidad, reconocernos en la fragilidad. La amistad es el vínculo más leal para eso. En una cita siempre estás vendiendo algo; en la amistad, no.
—Hay algo más espontáneo...
—Sí.

Los amigos de mis papás se encuentra en una etapa avanzada de desarrollo y proyección internacional. Impulsada por Pez Cine desde 2024, la película obtuvo premios de desarrollo y participó en laboratorios y mercados clave como FAB, Bolivia Lab y la Residencia de Cine de Extremadura, donde inició conversaciones formales con RTVE – Televisión Española y con la productora madrileña Imval Cine, de cara a posibles esquemas de coproducción en Ibermedia Coproducción 2026 y fondos del ICAA y del Ayuntamiento de Madrid.
—Quiero ir al proceso previo al rodaje. ¿Cómo es escribir escenas de sexo que todavía no ocurrieron?
—El proceso de escritura de un guion es ingrato porque escribís cosas que sabés que por presupuesto no van a pasar. Escribís lo que sucede en un castillo con colchones inflables y después es un colchón común, ni de agua, que se va desinflando.

Las condiciones de producción te enmarcan. Escribí una versión cinco del guion; en Vera escribimos una versión trece. Vera tardó ocho años en hacerse. Suspendimos el rodaje por la pandemia y el productor nos dijo: “Reescriban, porque con estas escenas no llegamos”. Fue un ejercicio espiritual y de autocrítica: qué queremos contar. Si hace falta la escuela, mil amigas, o si alcanza con encerrar a la protagonista en su departamento y ver qué le pasa con su cuerpo. Lo íntimo.
—Lo íntimo como centro.
—A veces, intentando contar, uno se va por las ramas, y eso también es un bloqueo de escritura. Para contar un club swinger no hace falta describir el DJ o la música: hay que contar lo que importa. Y para eso hay que atravesar el propio pudor. Delante de la computadora no lo tenés, pero al filmar aparece el pudor del otro.
En Vera grabamos escenas de sexo con equipo femenino. El director de fotografía y el otro director estaban afuera; yo estaba adentro con las chicas. Un día grabamos ocho horas de escenas de sexo. Terminé llorando del estrés de saber que los demás ponen el cuerpo. Aunque lo hagan con alegría y profesionalismo, exponen el cuerpo.
—Eso dialoga mucho con esta nueva película.
—Sí. Con Vera estábamos asustados por cómo contar el sexo adolescente siendo adultos. La historia nace de nuestra amistad y de preguntarnos dónde teníamos sexo cuando éramos chicos. Hoy no se puede hablar de sexo sin hablar de feminismos y tecnología.

—Una película que habilite conversaciones.
—Tal cual. Una psicóloga me dijo: “El placer y el sexo son tan únicos que contalo como quieras”.
—En Los amigos de mis papás volvés a una historia personal.
—Sí, pero una vez que escribiste una novela sobre una historia personal y la pasaste por la memoria —que es la mentira más absoluta— ya no sabés qué recordás. Mentís al recordar, al investigar, al reescribir para que sea literatura y no una anécdota, para que tenga estructura.
Cuando llegás al cine ya mentiste tantas veces que no queda rastro. Por eso no siento que esté traicionando. El libro y la película arrancan con una frase: “Ningún familiar fue lastimado para escribir esta novela”. Con tanta ficción, ya no queda nada de nosotros, más que la intención de repensar las relaciones familiares y todo lo que uno debe desaprender para conocerse mejor.
—En todo lo que contás aparece la pregunta por cómo filmar el sexo sin pudor, pero sin caer en lo explícito. ¿Cómo se filma el sexo en adultos mayores?
—Es algo que todavía estoy aprendiendo. No creo que haya tanta diferencia en relación con los actores. En Vera charlamos mucho, hicimos mucho trabajo de mesa; cada uno expuso cosas personales.
Hicimos un póster con los actores y Ale Flechner me dijo que las referencias no le gustaban porque parecían un geriátrico hot y propuso abrazarnos y que las manos suban. Fue su propuesta y fue mejor que la mía.
—Se nota esa escucha.
—Para mí, una manera de filmar el sexo adulto —y el sexo en cualquier película— es hablar con los actores. Ver qué les pasa. Si quieren compartir su experiencia, bien; si no, puede ser coreográfico. Como actriz, me tocó hacer escenas de sexo y es la escena temida: querés sacártela de encima. En Vera necesitaba que se queden porque eran escenas largas, en plano único.

No por morbo, sino porque hay una forma estandarizada, maquillada, publicitaria, de contar el sexo con plano y contraplano. Yo quería mostrar el movimiento real. Para eso los actores tienen que sentirse cómodos y confiar en mí como directora y como persona. Hay algo de lealtad.
—Un gesto profundamente humano.
—De humanidad. Cuando terminó ese día los abracé y Federico, el otro director me dijo: “Romi, están desnudos”. “Uy, perdón, chicos”. Pero fue eso: entender que ahí todos entregamos mucho.
—¿Algo más que quieras sumar?
—¿Algo más que me quieras preguntar?
—Con esto estamos.
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