
En un momento de la vida en el que el cuerpo empieza a hablar más fuerte y la biografía pesa tanto como la biología, el posgrado en Psicobiología Social de la Universidad Nacional de Rosario propone un cambio de enfoque en la manera de comprender la salud y la enfermedad. Dirigido a profesionales de la salud y a personas interesadas en el autoconocimiento, el programa parte de una premisa central: no alcanza con conocer los hechos vividos, sino que resulta clave entender cómo cada persona los percibe, los recuerda y los procesa.
Para la generación silver —atravesada por duelos, cambios de rol, redefiniciones identitarias y procesos crónicos—, esta mirada permite leer los síntomas no solo como fallas orgánicas, sino como expresiones de conflictos, exigencias o necesidades no atendidas a lo largo del tiempo.
La formación, dirigida por el médico Marcelo Adrián Mariño y basada en el desarrollo teórico del rosarino Fernando Callejón, integra saberes de la medicina, la psicología, las neurociencias y la antropología para estudiar cómo pensamos, sentimos y actuamos frente a la realidad.
A partir del análisis de las llamadas personalidades psicobiológicas y de las necesidades humanas fundamentales, el posgrado propone herramientas concretas para transformar la percepción que genera sufrimiento y para mejorar la comunicación en el vínculo terapéutico.
En un contexto social marcado por la aceleración y la fragmentación, la Psicobiología Social recupera el valor de la escucha, la palabra y la historia personal como dimensiones centrales del cuidado, especialmente en una etapa vital donde comprender lo vivido se vuelve tan importante como tratar lo que duele.

En esta entrevista, el médico Marcelo Adrián Mariño (matrícula 11.937) profundiza en los fundamentos de la Psicobiología Social, detalla el enfoque interdisciplinario del posgrado y explica cómo la formación busca devolverle centralidad a la escucha, la comunicación y la historia personal en el acto médico.
A lo largo del diálogo, reflexiona sobre el impacto de la forma de comunicar diagnósticos, el valor de la prevención y la necesidad de construir vínculos terapéuticos más humanos, especialmente en una etapa de la vida donde comprender lo vivido se vuelve tan importante como atender lo biológico.
—¿De qué se trata el posgrado en Psicobiología Social y cómo se define este enfoque dentro del campo de la salud?
—En la Facultad de Medicina, cuando vos ingresás, te dicen: “Vamos a hacer el abordaje de la persona en los tres niveles: bio-psico-social”. Y después, el porcentaje más grande, por no decir casi todo, es bio. O sea, se ocupa del componente biológico del ser humano. Queda afuera lo social y queda afuera la psique, lo mental.
Entonces, todo el volumen de conocimiento entra por lo biológico y, por lo tanto, la estrategia después de ayuda será algo que venga de afuera: una operación, una radioterapia, los medicamentos, las quimioterapias. Pareciera ser que para curar la biología o la carne, que es lo que se enfermó, necesito algo externo. Y después le ponemos a eso el nombre de curación y ahí lo curamos.
La psicobiología viene a decir que no nos podemos olvidar del componente humano, donde la persona tiene pensamientos, sentimientos, emoción y vivencia. A partir de ahí, cuando logra, desde la vida cotidiana, un supraestrés, algo que lo sobrepasa, entra en obstáculo. Y cuando entra en obstáculo, pareciera ser que el ser humano deja de utilizar el recurso de las palabras y del lenguaje y empieza a utilizar el recurso de la biología, que nosotros después le llamamos “se enfermó”.

Lo único que pasó es que desde el modelo humano quedó obstaculizado y ahora el lenguaje biológico del cuerpo expresa esa dificultad, ese impedimento, ese obstáculo. Después hay que agregarle el entorno, que es lo social: primero el microclima familiar y después lo macro, que es la sociedad toda, influenciando en lo que yo llamo el volumen de concepto que el núcleo social inspira a la hora de las conductas que van a tomar los integrantes de esa sociedad.
Ahí aparece el biopsicosocial en todo su conjunto, donde lo bio es la expresión de lo que pasa en lo social y en lo mental. Ese sería, más o menos, el resumen.
—¿Y el abordaje es interdisciplinario? Porque dentro del claustro docente se ve que está trabajado desde distintas disciplinas.
—Esto es multidisciplinario. No solamente desde lo docente, sino desde dónde nos inspiramos. Primero en el núcleo duro de los agentes de salud: médicos, psicólogos, kinesiólogos, terapeutas en general, todo lo vinculado a acompañamientos terapéuticos, todo lo vinculado a la salud.
Y después lo ampliamos, porque si decimos social tenemos que incluir a la gente de a pie, a la vida cotidiana. Ahí aparecen los pacientes de la vida y las personas que estén interesadas en el autoconocimiento, en cómo ayudar a terceros, sean amigos o familia. Siempre decimos que primero se tiene que ayudar la persona para después poder ayudar a todos los terceros.
—Mientras te escucho pienso en la figura del médico rural, el médico de campo, el de la atención primaria. ¿Hay algo de volver a esa esencia?
—Sí. Viste que la medicina ortodoxa, que también es la mía, cada vez más invita a volver al médico de familia, al médico de cabecera, al que conoce el núcleo familiar. Ahí se empieza a inspirar el concepto humano global, donde el entorno es muy importante, las circunstancias, las percepciones con que cada persona registra lo que está pasando.

Pareciera ser que los más sensibles son los que se enferman primero. Entonces uno dice: tenemos que aprender desde el modelo preventivo qué cosa nos afecta, dónde tenemos la sensibilidad o esa debilidad. La sensibilidad está vista como una debilidad, y en realidad es un exceso de sentir, de percibir, muchas veces por exceso de empatía.
En ese sentir, a partir de lo que siente el otro, a veces nos traspasamos y eso nos pega en el cuerpo. Ahí aparece una manifestación, a veces solo un síntoma: dolor en el pecho, falta de aire, dolor de cabeza. Y a veces se traduce en un daño orgánico y hay una lesión.
Entonces entra lo médico a dirimir cuánto es un síntoma común, cuánto es una enfermedad instalada, cuánto es sufrimiento en el pensamiento. Muchas veces la persona solo sufre en el pensamiento, que es lo más frecuente.
—En pacientes de más de 50 o 60 años, ¿cómo distinguís en la práctica clínica entre una patología instalada y síntomas o percepciones vinculadas a procesos emocionales o vitales?
—Pasa de todo. Yo hago medicina clínica, así que puede venir la enfermedad instalada: un tumor, un ganglio, fiebre, neumonía. Puede ser una enfermedad común que se resuelve en dos o tres semanas o una enfermedad crónica: diabetes, presión alta, osteoporosis, Parkinson, esclerosis múltiple.
Está también la enfermedad pesada: oncológica, neurodegenerativa, infecciones que se descontrolan. Covid fue un ejemplo de eso.
También viene la persona con crisis de angustia, de miedo, casi pánico, crisis del estado de ánimo. Se la estudia y no se encuentra nada: el cuerpo está preservado porque la descarga fue emocional.
Cuando encontramos hallazgos físicos, imágenes o análisis alterados, la enfermedad ya se trasladó al cuerpo. A veces es solo un síntoma, a veces aparece en la “fotografía”: una mancha en el pulmón, un ganglio aumentado, una zona del cerebro sin circulación.

Cuando el cuerpo hace una denuncia importante, la acción es médica. En el otro contexto puede participar un no médico. Y ahí la psicobiología da herramientas para acompañar procesos comunicacionales, de escucha y acompañamiento.
—Ahí entra fuerte el tema de la comunicación.
—Totalmente. Es muy dañino comunicar mal. El poder de las palabras a la hora de dar un diagnóstico es enorme. Recién salió una joven que se desmayó en un viaje largo y terminó convulsionando por una hipotensión prolongada.
Yo le expliqué muy despacio lo que pasó: ‘que tuvo una baja de presión prolongada, una descarga eléctrica transitoria, que tenemos que estudiar si fue solo eso o una convulsión’. No es lo mismo decir eso que decir “tuviste una crisis epiléptica”.
Es como el título sensacionalista en el periodismo: impacta distinto. Eso también se aprende en el curso: cómo dar diagnósticos, malas noticias, cómo comunicar. Es clave en el acto médico.
—En un contexto social de tanta inmediatez, ¿qué pasa con la escucha en el ámbito de la salud?
—Hoy hablamos más de lo que escuchamos. Y cuando escuchamos, escuchamos para contestar. El curso invita a ampliar la escucha, que sea comprometida, atenta, intencionada.
Nosotros hablamos de “escucha ampliada”. Primero escuchamos el síntoma corporal, después preguntamos por la vida cotidiana. Escuchamos la historia humana, la narrativa, porque cuando se abre la llave biológica es porque la persona se chocó con algo: un obstáculo, un conflicto, una ausencia. Ahí aparece la pregunta: ¿casualidad o causalidad?
—Pensando en personas mayores, en duelos y en pérdidas, ¿cómo se aborda cuando no hay palabra?
—No es un enfoque para todo el mundo, aunque sí es válido para todas las personas y para todas las edades. El paciente llega, en principio, por una queja corporal, y eso es lo primero que se atiende. Si existe un vínculo previo entre el médico y el paciente, basado en la confianza y la apertura, recién entonces se puede avanzar con preguntas sobre la vida cotidiana: el trabajo, la familia, los proyectos. Cada persona abre hasta donde puede.
En ese sentido, la Psicobiología Social puede aplicarse tanto en la vida cotidiana como en momentos de crisis vitales. No se trata solo de intervenir cuando aparece la enfermedad, sino también de incorporar herramientas que influyen en el comportamiento futuro, que ayudan a conocerse y a prevenir. Porque, en definitiva, hablamos todo el día con nosotros mismos, pero muchas veces lo hacemos en automático y sin conciencia de lo que nos está pasando.
—¿Existen antecedentes de este tipo de formación en otros ámbitos o instituciones?
—Actualmente, este tipo de propuestas se desarrollan en distintos lugares. Esta formación en particular fue diseñada por el doctor Fernando Callejón, médico rosarino, y se apoya en aportes de las neurociencias, la filosofía, la psicología, la antropología y la medicina.
Se trata de una herramienta comunicacional orientada a la autogestión y al autoconocimiento, que permite mejorar el abordaje del paciente y, al mismo tiempo, ubicar al profesional dentro del vínculo terapéutico. Conocer con quién se establece ese diálogo no es un dato menor en la práctica clínica.
—Hay una especie de ‘cocreación’ entre paciente y médico.
—Tal cual. Nosotros decimos que el único que sabe lo que le pasa es la persona. El médico tiene que ponerse en aprendiente. A partir de la narrativa armamos la historia clínica y hacemos preguntas asertivas.

Preguntas como: ¿usted se quiere?, ¿usted sabe quién es?, ¿sabe para quién es importante? Eso requiere confianza. Yo digo que la persona te entrega la clave de wifi y se conecta el bluetooth humano. Los dos participan del proceso salud–enfermedad y de las decisiones. A eso lo llamamos decisiones compartidas.
—¿Con qué se va un paciente atendido por alguien formado en este posgrado?
—Completa la formación humana del profesional. Atiende el proceso biológico, pero entendido como expresión del impedimento humano. Se va con el menú médico clásico y con el componente humano. En un futuro, ninguna persona debería irse de un consultorio sin una respuesta humana bien comunicada.
Hoy la tecnología invita a no preguntar, no escuchar, no tocar. Yo digo: si querés saber qué médico te atendió, preguntale si le duele la mano o se le calentó la oreja. Si le duele la mano, escribió muchas recetas. Si se le calentó la oreja, escuchó mucho.
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