El artista dijo que esa actitud era “mucho peor que una canallada”. Para él, era “una demostración palpable de la estupidez de la sociedad”.
Era el año 1987 y Joan Manuel Serrat estaba de gira en México. En un concierto en vivo en la capital de ese país, antes de cantar “Llegar a viejo” -y mucho antes de llegar él mismo a la edad del retiro, ya que tenía 44 años- denunció el destrato de la sociedad -”o sea, nosotros”, aclaró- hacia “los viejos”. Aseguró que era uno de los tantos misterios indescifrables de este mundo, apuntando al absurdo de una conducta que implica un desprecio por la sabiduría y la experiencia que se encarnan en los adultos mayores.
”Cuando uno ve que esta sociedad, es decir nosotros, trata así a sus viejos, llega a aceptar que este eslogan del ‘se usa y se tira’ es tan aplicable al hombre como a un tampax o a un envase retornable, porque esta sociedad, o sea nosotros, al hombre y a la mujer, después de sacarles todo el jugo, acostumbra a condenarlos al pacto del hambre, a humillarlos, a arrinconarlos y a abandonarlos”, dijo el cantante.
Siguiendo con su dura requisitoria contra lo que había calificado de canallada y estupidez, apuntó a la responsabilidad de las nuevas generaciones: “Porque por un lado aquellos que hoy se sienten jóvenes han de reconocer que con el transcurso del tiempo a lo más que pueden aspirar es a envejecer con dignidad y difícilmente podrán hacerlo si los que hoy son jóvenes no ayudan a los que hoy son viejos a envejecer con esta dignidad”.

Y, ratificando su condena a este descarte y marginación de los adultos mayores, agregó: “A mí personalmente siempre me pareció estúpido y criminal el quemar los libros, destruir los archivos, pisotear el conocimiento o despreciar la experiencia. Y esto es lo que esta sociedad, o sea nosotros, hacemos cada día con los viejos”.
Recientemente, y a casi cuatro décadas de aquellas declaraciones, Serrat se ha vuelto a expresar sobre este tema y lo ha hecho en más de una ocasión. El cantante, que hoy tiene 82 años y está retirado de los escenarios pero no de la vida, como suele decir, denunció por ejemplo que, “al llegar a los 80 años esta sociedad ingrata en la que vivimos tiene una cierta tendencia a no solamente permitir que uno se jubile, sino a jubilarlo obligatoriamente”. “Y no solamente le saca el trabajo -denunció-, sino que se le retira también el derecho a ser visible”.
Contra esta marginación se ha pronunciado con contundencia: “Yo no pienso renunciar a mi visibilidad ni a mi derecho a ser útil. O sea, sigo siendo un ciudadano útil. ¿Que me quieran utilizar para una cosa u otra? Pues para las que me gusten, me dejaré, y para las que no me gusten, no me dejaré”.

También declaró: “Quiero decir que tengo todas las ganas de vivir, y no me las van a quitar mientras pueda sentir esa maravilla que es la vida”.
No sin picardía, agregó: “Hago público que no escribiré nunca mis memorias, porque muchas de las cosas divertidas de mi vida no se pueden contar”.
Su speech completo en el concierto en vivo en Ciudad de México
Este tiempo y este mundo que nos tocó vivir, este tiempo y este mundo que no podemos cambiar por otro al menos a corto plazo, a mí me proporciona siempre la sensación de estar viviendo en medio de misterios indescifrables, o al menos gran parte de las cosas que me rodean para mí son misterios indescifrables que aquellos que conocen las claves no tienen el buen gusto y la delicadeza de contarme de qué se trata. Esto por un lado y por otro entre aquellas cosas que entiendo, entre aquellas que no me resultan misteriosas, a poco que pienso descubro que muchas de ellas son unas absolutas insensateces.
Mala compañía digo yo, es lo que hay. Una de esas cosas, una de las tremendas insensateces de esta sociedad, es el trato que se les da a los viejos. Cuando uno ve cómo esta sociedad, es decir nosotros, cuando uno ve que esta sociedad trata así a sus viejos llega a aceptar que este eslogan del se usa y se tira es tan aplicable al hombre como a un tampax o un envase retornable porque esta sociedad, o sea nosotros, al hombre y a la mujer, después de sacarles todo el jugo, acostumbra a condenarlos al pacto del hambre, a humillarlos, a arrinconarlos y abandonarlos.
Y esto no solo es una canallada, es peor es mucho peor, es una demostración palpable de la estupidez de esta sociedad. Porque por un lado aquellos que hoy se sienten jóvenes han de reconocer que con el transcurso del tiempo a lo más que pueden aspirar es a envejecer con dignidad y difícilmente podrán hacerlo si los que hoy son jóvenes no ayudan a los que hoy son viejos a envejecer con esta dignidad. Esto por un lado y por el otro qué quieren que les diga, a mí personalmente siempre me pareció estúpido y criminal el quemar los libros, destruir los archivos, pisotear el conocimiento o despreciar la experiencia. Y esto es lo que esta sociedad, o sea nosotros, hacemos cada día con los viejos.
Esto lo cuento porque viene a colación de esta historia escrita para esos niños que llegaron más lejos porque salieron antes: los viejos.
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