
“Convertirse en abuelo es volver al amanecer”, dice Victor Hugo en este libro, publicado en 1877, ocho años antes de su fallecimiento, en 1885. Son 27 poemas reunidos bajo el título “El arte de ser abuelo”.
Las circunstancias en las cuales escribe este libro son muy especiales. Victor Hugo tuvo la desdicha de ver morir a 4 de sus 5 hijos, y la única que lo sobrevivió, Adele, se encontraba recluida en un asilo.
En 1871 murió su hijo Charles, dejando a dos pequeños, George, nacido en 1868 y Jeanne, en 1869, que fueron a vivir con su madre a la casa del abuelo. El escritor quedó por completo fascinado con el mundo infantil.
El libro es variado y ecléctico. En poemas de métrica muy diversa combina canciones de cuna, rondas infantiles, anécdotas y diálogos de sus nietos con largas y profundas reflexiones filosóficas sobre Dios, la creación, los animales y las plantas, pensamientos que surgen de sus paseos por los bosques de Guernsey (la isla en el Canal de la Mancha donde vivió muchos años), las visitas al zoológico de París (Jardin des Plantes) y la observación de los niños. También su añoranza de Francia, ya que muchos de estos poemas los escribió fuera de su patria. Y obviamente los sentimientos que le inspiran esos nietitos a los que ve muy cerca de Dios: “Pues los niños pequeños estaban ayer aún/ En el cielo, y sabían lo que la tierra ignora”, escribe. “¡Oh! ¿de dónde venís, desconocidos a quienes se adora?”, pregunta. Los describe: “Jeanne tiene aire asombrado; Georges tiene los ojos audaces. / Tropiezan, aún ebrios de paraíso”.

Aunque muy anticlerical, Victor Hugo era profundamente creyente. Ante la cercanía de la muerte, decía “al fin podré hablar con Dios”.
Cualquiera puede identificarse, por ser o haber sido nieto o abuelo o ambas cosas, con estos versos de Victor Hugo, porque él es simplemente un abuelo más, su vínculo es arquetípico, solo que él tiene el genio para expresarlo de una manera que toca el alma.
Victor Hugo es uno de los novelistas franceses más universales. Su obra consagratoria fue Los Miserables, escrita en 1862, pero que sigue fascinando hasta hoy. Fue adaptada en varias obras de teatro, películas y series, algunas muy recientes, lo que confirma su vigencia y su condición de obra clásica.
De entrada, Hugo se postra ante sus nietos: “He sido, ante los césares, los príncipes, los gigantes (...) / Ante todos aquellos que el hombre adora, aborrece, ensalza, / Ante los Júpiter de la omnipotencia, / durante cuarenta años, orgulloso, indomable, triunfante;/ Y he aquí que soy vencido por un niño pequeño”.

Recordemos que Victor Hugo tuvo actuación política en su país y estuvo exiliado durante 20 años por sus críticas al Segundo Imperio. Por eso en este poemario se encuentra la huella de sus combates y de sus adversarios.
En estos versos sintetiza los sentimientos que le inspiran los sus pequeños nietos:
¡Ah! los hijos de nuestros hijos nos encantan,
Son voces jóvenes y matinales que cantan.
Son en nuestros hogares lúgubres el regreso
De las rosas, de la primavera, de la vida y del día.
Su risa nos arranca una lágrima a los párpados
Y hace estremecer las piedras de nuestro viejo umbral;
De la tumba entreabierta y de los años pesados y fríos
Su mirada radiante disipa los temores;
Nos devuelven el alma a los primeros años;
Hacen que en nosotros se abran todas nuestras flores marchitas;
Nos reencontramos dulces, ingenuos, felices de nada;
El corazón sereno se llena de un vago aire;
Al verlos uno cree verse a sí mismo florecer;
Sí, convertirse en abuelo es volver al amanecer.
En el poema “George y Jeanne” declara: Yo, a quien un niño pequeño vuelve completamente estúpido, / Tengo dos; George y Jeanne; y tomo a uno por guía / Y a la otra por luz, y acudo a su voz”. Cuenta que el niño tiene dos años y la pequeña diez meses y que “sus intentos de existir son divinamente torpes…”
Al estar con ellos, su ánimo cambia y hasta se vuelve soñador: “Ya no siento la confusa y secreta sacudida / Del mal que nos atrae y del destino que nos empuja. / Los niños vacilantes son nuestros mejores apoyos”. Y sigue: “Los miro, y luego los escucho, y luego / Soy bueno, y mi corazón se apacigua en su presencia; / Acepto los consejos sagrados de la inocencia…”

Confiesa que por las noches va “a verlos dormir” y se pregunta: “¿Con qué pueden soñar?”
Responde: “Georges sueña con pasteles, con hermosos juguetes extraños, / Con el perro, el gallo, el gato; y Jeanne piensa en los ángeles. / Luego, al despertar, sus ojos se abren, llenos de rayos. / Ellos llegan, ¡ay!, a la hora en que nosotros huimos”.
Más adelante, le intrigarán los diálogos entre los hermanitos. “Se entienden entre ellos, se dan sus razones. / ¡Jeanne! ¡Georges! voces que me tienen el corazón cautivo. / Si los astros cantaran, balbucearían así”, escribe. El primer parloteo de la niña es para él un “gorjeo”. “Jeanne habla de cosas que no entiende”, dice. O: “Esas palabras misteriosas que Jeanne dice a George, / Son el idilio del cisne con el petirrojo, / Son las preguntas que hacen las abejas, / Y que el lirio ingenuo plantea al gorrión profundo”.
Los poemas están llenos de estas asociaciones de sus nietos con la naturaleza, los animales, las estaciones, las horas del día. Se siente a través de sus versos la vida semicampestre de estos años. Luego, en París, serán las visitas al Jardin des Plantes, que pese a su nombre era en realidad también un zoológico. Con ironía, Victor Hugo dice que el Conde de Buffon, un escritor mediocre, salvó el honor diseñando el jardín para que “Jeanne pudiera ir allí con su niñera”. “Buffon había previsto a Jeanne, y se lo agradezco”, escribe. Y agrega que el lugar está “lleno de osos más sabios que los de la Sorbona”.
En esa nueva vida familiar, Victor Hugo, que ha perdido a sus hijos y también ha enviudado, recupera la felicidad, pero no olvida, en contraste, el mundo exterior: “A veces, me siento preso de horror por esta tierra”, dice.

La inocencia infantil servirá de contraste permanente.
La dulce Jeanne le pega un día a su abuelo. “—¡Abuelo, regáñela! ¡Cómo! ¡Es a usted a quien golpea! / ¡Parece que la mira con más amor!”, es el reproche, seguramente de la madre. “— El abuelo dice: —Ya no puedo regañar. / ¿Qué quieren? (...) / Cuando uno ha visto a Judas traicionar, a Nerón proscribir, / A Satán vencer, y reinar a los oscuros embusteros….”
No hay nada que hacer: Víctor Hugo es el clásico abuelo “malcriador”.
“Soy abuelo sin medida”, se describe. O también: “Abuelo sin freno”. “¡Por ellos subo a las sillas!”, exclama. “Les hago saltar todas las leyes”, confiesa. Pero en su defensa, alega: “Ciertamente, se le perdona al anciano, que espera la fría noche, / Su amor por la gracia y la risa y el amanecer…”
Quisiera darles todo a sus nietos. Traerle la luna a Jeanne, cuando ésta la señala en el cielo crepuscular: “Creo en los niños como se creía en los apóstoles; / Y cuando veo a esos queridos pequeños seres sin hiel / Y sin miedo, desear algo del cielo, / Se lo daría, si lo tuviera. La esfera / Que el niño quiere, debe ser suya, si la prefiere.”
En otro poema, vuelve a contar cómo se salta la autoridad de la madre y le lleva a escondidas a Jeanne -que está castigada- un frasco de mermelada.
¡Privilegiados los que han -hemos- tenido un abuelo o una abuela cómplices en la infancia!

Un día alguien rompe un jarrón chino que Hugo apreciaba especialmente. Y Jeanne, que ya es más grande y conoce sus debilidades, se declara culpable sin serlo porque sabe que a ella no la retará…
Sus paseos con los pequeños por el bosque son los mejores momentos. “Tomaré de la mano a los dos niños pequeños; /Amo los bosques donde están los corzos y los cervatillos (...) / Escucharé, alternativamente, /Lo que Georges aconseja a Jeanne, dulce amor, / Y lo que Jeanne enseña a George. Como patriarca / Guiado por los niños, ajustaré mi paso / Al tiempo que tomen sus juegos y sus comidas, / Y a la amabilidad de sus pequeños pasos. /(...) No tengo otro asunto aquí abajo más que amar.”
Le fascina ver a su nieta dormir. Admite, sí, que esas son pausas bienvenidas: “Jeanne tiene esa amable costumbre de dormir (la siesta);/ Y la madre un momento respira y descansa, / Pues uno se cansa, incluso sirviendo a una rosa.”
Ve a Dios en sus nietos y anuncia: “Voy a estudiar dos abismos, Dios, la infancia, / El tembloroso recién nacido, el creador flagrante, / El infinitamente encantador y el infinitamente grande, / (...) pues es la misma llama / Que sale del astro inmenso y del alma pequeña”.
El contraste entre el mundo exterior y su apacible nido familiar, y el consuelo que para cualquier pesar representan sus nietos, aparece claramente en los siguientes versos: “(Jeanne) duerme; sus hermosos ojos se abrirán mañana; / Y mi dedo que sostiene en la sombra llena su mano; / Yo, leo, cuidando que nada la despierte, / Periódicos piadosos; todos me insultan; (...) / Uno me llama Anticristo, otro Satán, y otro / Temería encontrarme por la noche en la esquina de un bosque; / Uno me ofrece la cicuta y otro me dice: ¡Bebe! (...) / Soy incendiario, asesino, degollador, (....) / Sin embargo el niño duerme, y, como si su sueño / Me dijera:—Tranquilízate, oh padre, y sé clemente— / Siento su mano apretar la mía suavemente.”

A tal punto han colmado su vida George y Jeanne, que se declara “satisfecho”, sostiene que su “ambición suprema está saciada”. “Me reconozco pagado en esta vida”, dice. Asegura no querer “pedestal olímpico, ni columna trajana”, siempre que “no me quiten la sonrisa de Jeanne”.
En otros versos ve a su Jeanne como una pequeña que “se siente reina” y ya conoce “todo el abecé de las mujeres”, y adora mostrar “sus cintas azules o verdes, y su fresco vestido”.
Su nuera le reprocha: “—Esa niña lo conoce; / Sabe hasta qué punto usted es débil y cobarde. / Siempre lo ve reír cuando uno se enfada. /No hay gobierno posible (...) / El orden es perturbado por usted; el poder se relaja”.
Él no tiene defensa: “Y bajé la cabeza, / Y dije:—No tengo nada que responder a eso, / Tengo culpa.”
Pero toda esa indulgencia es sólo para los niños: “En cuanto nuestros hijos son grandes, los siento responsables; / Dejo de sonreír; y me digo que hay que / Librar una batalla inmensa en el cadalso (...) / Soy tierno con los pequeños, pero duro con los padres”.
De los padres espera el compromiso con Francia, esa patria que ve “por los pies arrastrada alrededor del campamento vándalo”.
“Me indigno. Siento, ¡oh supremo sufrimiento!, /La disminución trágica de Francia”, dice. “Yo, abuelo indulgente, pero ancestro inclemente, / Tan dulce de un lado como severo del otro, / Amo la gloria enorme y quiero que se revuelquen en ella / Cuando esa gloria es santa y salva a mi país."
Declara amar “una pequeñez”, la de los niños, y detestar “la otra”, es decir la pequeñez de los humanos. “Odio su tartamudeo y adoro el de ustedes”, les dice a sus nietos. “Vengan, a veces he asustado a los hombres pequeños, / No a los niños pequeños.”

El mensaje patriótico de Victor Hugo es también para sus nietos, demostrando que no es solo el abuelo que consiente sino también el que enseña. En el poema cuyo título es “Patria” y que “los pequeños leerán cuando sean grandes”, escribe:
Francia, tu desgracia me indigna y me es sagrada.
Lo he dicho, y nunca me cansaré
De repetirlo, y es el gran grito de mi alma,
Quienquiera que haga daño a mi madre es infame. (...)
Nadie ha visto jamás mi alma en derrota; (...)
La derrota me hace pensar en la victoria;
Tengo la obstinación de la altiva memoria;
Nuestro sudario siempre tuvo vida en sus pliegues;
Cuando leo Waterloo, pronuncio Austerlitz.
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