
Nueve mujeres, todas de arriba de 60, solo una de poco más de cinco décadas… Nos conocíamos por nuestra pasión por el trekking y el amor a la montaña. “Voy sola a la casa de mis padres en el Alto, ¿quién se prende?” Y ahí nomás se armó el primer grupo de cinco. “Cada una lleva algo para compartir, y allá hacemos un asado con leña”, como corresponde en una provincia andina. Y así partimos el viernes temprano.
Una vez en la casa, a distribuir las camas. Las que llegaran el sábado se contentarían con colchoncitos en el piso y bolsas de dormir. De las lumbalgias y los dolores de cadera, prohibido hablar. Pijama party, como hacíamos con nuestros hijos. Desayuno generoso, mateada para todos los gustos (dulce, amargo, con o sin yuyos), pan casero y mermeladas a cuál más rica. Y luego la primera caminata: cero ruido, canto de pájaros y a escuchar el viento entre los árboles.

Por la tarde, algunas queremos volver a explorar la zona. Casas bajas, jardines cuidados, mucha arboleda, y el desafío de caminar en subida. Vamos, un esfuercito más. La recompensa no tarda en llegar: una cervecería artesanal creada hace poco más de treinta años por un alemán. No vamos a dejar de probar su producción: el vaso que pasa de mano en mano, una pinta compartida, no sea cosa que nos pasemos de rosca tan temprano. ¡Si nos vieran nuestros hijos, tomando cerveza a la hora de la merienda!
El sábado el grupo se completa, o casi. Llegan los refuerzos con la carne, ahora sí, la asadora se va a lucir. Pero antes, hay que caminar. Esta vez vamos a una quebrada: hermoso paisaje, fotos de conjunto o individuales, aunque nos cueste ver en la pantalla del celular qué sacamos realmente. Una descubre una pintada en la roca: eso está muy mal. Pero nos tentamos y tomamos la foto bajo el cartel “viejas locas”. ¿Estarán hablando de nosotras?

Pasado el mediodía sale picada, mientras la benjamina hace el asado. Algún vinito tinto aunque el médico nos haya dicho que conviene dejar el alcohol. Menos mal que la mayoría no bebe.
Siestita al sol, anécdotas y chistes varios. Algunas adoradoras de Febo se tiran en el pasto para dorarse la piel. Si no hay bikini, sirve la ropa interior: ¿no dicen las feministas que del cuerpo ajeno no se habla? Por la tarde, más caminatas: eso sí, nada de esfuerzo extra, para eso ya volverán las salidas de trekking. Una nos propone hacer una meditación. Todas en círculo en el jardín, agradeciendo la oportunidad que la vida nos ofrece.

A la noche, empieza el show. La más audaz, en baby doll, se pone a explicar técnicas de seducción para la edad madura. “Sacudiendo el poto”, dirían los chilenos. Intentamos filmarla para Onlyfans, pero falla el celular. Otra vez será. Vienen las anécdotas de juventud, para jolgorio de todas. Y las vicisitudes de las primeras canas. Tres viudas y cinco divorciadas: flor de equipo. Ninguna se había rendido ante la vida que le quedaba por delante. Se descorchan dos vinos blancos espumantes, brindis y más risas.
Armar el campamento para pasar la noche: las que roncan a conciencia y las que no saben que roncan. El concierto es memorable. No alcanzamos a grabarlo.

El domingo llega la novena integrante: una visita corta pero fructífera. Seguimos comiendo: los víveres alcanzan para todo el batallón. Ya volveremos a la mediterránea, la cetogénica o incluso la paleolítica, más adecuada para la edad del grupo. Las adoradoras del sol siguen quitándose prendas, para espanto de los pocos vecinos que se animan a mirar hacia el jardín. Poco importa, a esta altura de la vida, la consigna es disfrutar.
Volvemos a la ciudad renovadas, con el alma llena de risas y de historias para compartir. Nadie se acuerda ya de las pequeñas miserias cotidianas, y la perspectiva de nuevas salidas nos ilumina el horizonte. Vamos por más.

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