
El McKinsey Global Institute publicó esta semana Agents, robots, and us, un informe sobre cómo la inteligencia artificial está reorganizando el trabajo en diez economías europeas que concentran más de tres cuartos de la fuerza laboral y el PBI regional. La cifra central es contundente: el 58% de las horas de trabajo actuales se pueden automatizar con la tecnología que ya existe. El 44% por agentes, el 14% por robots. El valor económico potencial, en el escenario medio de adopción a 2030, llega a USD 1,9 billones, es decir, 1.900.000 millones de dólares.
McKinsey envuelve esa cifra en un mensaje de colaboración. El subtítulo del primer capítulo dice que el trabajo va a involucrar cada vez más a personas, agentes y robots trabajando juntos. La palabra que se repite a lo largo del documento es colaboración. Pero los datos del propio informe describen otra cosa.
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El 75% de las habilidades son híbridas, no colaborativas
McKinsey clasifica las habilidades demandadas hoy por los empleadores europeos en tres grupos. Solo el 10% son habilidades puramente humanas, asociadas a actividades no automatizables: liderazgo, juicio clínico, negociación, resolución de conflictos. Otro 15% son habilidades puramente automatizables: tareas estructuradas que los agentes o los robots harán solos. El 75% restante, la franja gruesa, son habilidades compartidas.
La palabra “compartidas” sugiere paridad. El informe ofrece dos ejemplos para ilustrarla: en competencia lingüística, el agente redacta y traduce mientras la persona calibra el matiz cultural. En control de calidad, los sistemas automatizados detectan defectos mientras el humano corrige y asegura el cumplimiento. En los dos casos la máquina ejecuta, la persona valida.
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Eso no es colaboración entre pares. Es una división del trabajo donde una de las partes hace y la otra revisa.
El mercado pide supervisores, no ingenieros

El dato que termina de delatar la narrativa está en la demanda real de habilidades. McKinsey distingue entre dos tipos de competencias relacionadas con IA. Las técnicas, que implican construir y gobernar sistemas. Y la fluidez con IA, que implica usar, integrar y validar lo que esos sistemas producen.
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Entre 2023 y 2025, la demanda de fluidez con IA en los avisos laborales europeos se multiplicó por cinco. La demanda de habilidades técnicas creció solo 1,7 veces. Las empresas europeas no están buscando más ingenieros que construyan IA. Están buscando empleados que sepan usar la IA que otros construyen.
Esa proporción describe el rol que se está creando. No es el del trabajador que colabora con un agente para producir algo nuevo. Es el del trabajador que recibe la salida de un agente, la inspecciona, la corrige y la firma.
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El informe lo dice sin querer
McKinsey, en el capítulo final, formula la consecuencia sin el envoltorio retórico. La frase aparece en la página 29 y conviene leerla literal: “Los trabajadores pasarán de ejecutar tareas a orquestar sistemas que las ejecutan”.
Esa oración es la tesis real del informe. No es colaboración entre humano e IA. Es un desplazamiento del rol humano hacia arriba en la jerarquía operativa: del que produce al que supervisa producción ajena. El verbo elegido, orchestrate, lo dice con precisión. El humano queda como director que coordina ejecutores.
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La diferencia con la palabra “colaboración” no es retórica. En una colaboración, las dos partes contribuyen al resultado y se afectan mutuamente. En una orquestación, una parte decide y la otra ejecuta. McKinsey usa los dos términos como sinónimos y no lo son.

Lo que la palabra colaboración esconde
Hay una razón por la que McKinsey prefiere “colaboración” a “supervisión”. El primer término tranquiliza al lector. Sugiere que la IA viene a sumarse, no a reorganizar. El segundo describe lo que el propio estudio mide: una reconfiguración donde el agente hace y el humano confirma.
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A mi lectura, el informe es valioso por los datos, no por las conclusiones. Las cifras de adopción potencial, el cálculo del valor económico, la distribución por sector y por país son material sólido. La interpretación que McKinsey monta encima funciona como amortiguador, no como análisis.
La consultora que ayuda a las empresas a desplegar agentes tiene un interés legítimo en describir ese despliegue como cooperación. Cada predicción tiene dueño. Lo que el lector recibe no es una lectura neutral del mercado laboral europeo, es un manual de adopción con un vocabulario diseñado para reducir resistencias.
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El dato duro no admite suavizado. Cinco veces más demanda de empleados que supervisan IA, frente a 1,7 veces más demanda de empleados que la construyen. La palabra que describe ese mercado no es colaboración.
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