
En medio de crecientes tensiones por la guerra en Gaza y bajo una demanda sostenida de respuesta institucional, universidades de Estados Unidos impulsaron la apertura de decenas de centros académicos dedicados al estudio del antisemitismo (al menos 20, según cifras disponibles). Estas iniciativas emergieron a partir de octubre de 2023, sustentadas por recursos privados y con el objetivo de abordar la hostilidad y el aislamiento denunciados por estudiantes y docentes judíos.
Sin embargo, su rápida proliferación alteró los equilibrios tradicionales en las ciencias sociales y humanísticas y generó preocupación entre expertos judíos por posibles impactos en la libertad académica y la calidad del debate, según informó el diario británico The Guardian.
En noviembre de 2023, pocas semanas después de los ataques del 7 de octubre, la Universidad de Nueva York (NYU) anunció la formación de un centro dedicado al estudio del antisemitismo gracias a una donación millonaria, utilizando distintas disciplinas para combatir el odio histórico.

Luego, la Universidad de Michigan inauguró un instituto destinado a abordar el antisemitismo global y la división social.
The Guardian reportó que existen más de 20 programas y centros similares en instituciones como Baruch College, Emory University, Yale, Brandeis y Gratz College, este último considerado como sede del único programa de doctorado en estudios sobre antisemitismo del mundo.
Preocupación por la politización y el desplazamiento académico
La creación de estos centros reflejó la estrategia de sectores políticos y sociales por influir en el ámbito universitario, con el Congreso estadounidense y la administración de Donald Trump promoviendo acusaciones de judeofobia como herramienta para moldear el debate interno. En muchos casos, los nuevos organismos de investigación no estuvieron a cargo de especialistas en historia judía o estudios sobre antisemitismo, sino de docentes provenientes de áreas como salud pública, derecho o negocios.
Susan Glenn, profesora de historia y miembro del programa de estudios judíos en la Universidad de Washington, dijo al diario británico: “Están minando la experiencia especializada y sustituyéndola por ideología, aun cuando dicen hacer lo contrario”. Glenn destacó que estos centros desplazaron la investigación rigurosa y fomentaron posiciones políticas, afectando la objetividad y la profundidad del análisis.

Otra característica de la ola de iniciativas fue el importante respaldo de donantes privados y la preferencia por crear estructuras nuevas en vez de consolidar departamentos existentes de historia, literatura o estudios religiosos.
Según Lila Corwin Berman, directora del Centro para la Historia Judía Americana en NYU, la respuesta universitaria surgió más del cumplimiento de demandas externas que de diagnósticos académicos: “Los líderes universitarios están haciendo una actuación pública sobre antisemitisimo, sin que la evaluación se base en la experiencia académica real”.
Diversidad de enfoques y tensiones internas
A nivel nacional, el crecimiento de los centros de antisemitismo configuró dos grandes caminos. Algunos impulsaron la creación de nuevos programas académicos y promovieron la producción de conocimiento, mientras que otros funcionaron como foros para eventos y debates públicos sin énfasis en la investigación universitaria.
Instituciones como la Universidad de Texas en Austin centraron sus investigaciones en el impacto de las ideas judías en la civilización occidental, y otras priorizaron la “diversidad de puntos de vista”, incrementando la visibilidad de voces pro-israelíes en los campus.
Maurice Samuels, fundador del Programa de Estudios sobre Antisemitismo en Yale en 2011, explicó al diario británico The Guardian que la disciplina recién ahora está siendo reconocida como un campo propio y reconoció que el crecimiento representa una oportunidad para profundizar el conocimiento independiente sobre el tema: “Antisemitismo es un objeto de estudio válido y debemos seguir investigándolo.
En este clima, es todavía más importante distinguir qué constituye antisemitismo y qué es solo una cortina de humo política”.
Por su parte, la doctora Hadas Binyamini, investigadora en historia y estudios hebreos y judíos e integrante de Liberatory Jewish Studies (agrupación académica que promueve el pensamiento crítico en estudios judíos), advirtió sobre la precarización laboral asociada a estos centros, cuyos puestos suelen ser temporales y excluidos de las trayectorias hacia la tenencia universitaria.
Binyamini apuntó a The Guardian que los recortes presupuestarios incrementaron la dependencia de fondos externos y condujeron a los académicos a un “pacto fáustico” —es decir, aceptar compromisos éticos y académicos riesgosos a cambio de recursos— dentro de la crisis universitaria.
Presiones externas, conflictos y definiciones polémicas
Las presiones externas resultaron evidentes en episodios como el de Indiana University, donde la dirección del prestigioso programa de estudios judíos cambió tras la intervención de donantes. Según el diario británico, la universidad designó una nueva dirección identificada con posiciones abiertamente pro-israelíes, lo que provocó una serie de debates internos.
Las disputas incluyeron posturas progresistas. En la Universidad de California, Irvine, un rabino del cuerpo docente perdió su puesto y atribuyó la decisión al viraje del plan de estudios hacia visiones más críticas sobre Israel.
Varias universidades también adoptaron la definición de antisemitismo de la International Holocaust Remembrance Alliance (IHRA), que comprende como antisemitismo ciertas críticas a Israel. Numerosos académicos cuestionaron esta postura por considerarla restrictiva de la libertad de cátedra y de la investigación crítica.

Deborah Lipstadt, quien regresó a Emory University tras haber ejercido como enviada para combatir el odio a los judíos en el gobierno de Joe Biden, promovió la creación de un nuevo instituto de política sobre antisemitismo sustentado en fondos privados. Aunque Lipstadt defendió la interpretación adoptada por IHRA y apoyó normas más estrictas hacia estudiantes pro-palestinos durante la administración Trump, algunos especialistas del campus aseguraron desconocer los lineamientos del instituto y mostraron temor por la imposición de criterios sesgados.
Protección de la investigación crítica y el debate académico
El grupo de docentes consultados por el diario británico The Guardian aclaró que no se oponía al estudio del antisemitismo, campo al que dedicaron sus carreras. Sander Gilman, profesor emérito de Emory University y referente en la materia, expresó: “Lo que vemos ahora es la reaparición del antisemitismo como herramienta política. El trabajo real de los académicos es cuestionar, no defender”.
El Raoul Wallenberg Institute en la Universidad de Michigan, dirigido por Jeff Veidlinger, reflejó los retos actuales. Este instituto enfrentó demandas contrapuestas de donantes y alumnos: algunos reclamaban alineamiento explícito con el apoyo a Israel y otros solicitaban crítica exclusiva.
Veidlinger señaló que la organización buscó matices y organizó un panel que abordó la destrucción de Gaza en términos de genocidio: “Ambas partes hubieran preferido menos matices”, afirmó Veidlinger. “Unos querían que clasificáramos el caso como genocidio, otros consideraron que siquiera sugerirlo era antisemita. Y la realidad es que hay espacio para la discusión”.
Según el diario británico The Guardian, la cantidad y diversidad de centros de estudios sobre antisemitismo que surgieron en Estados Unidos abarcó desde programas académicos de doctorado hasta organizaciones impulsadas por facultades sin antecedentes en el área. Sus modelos de gestión y afiliación extendieron los límites de la autonomía investigadora frente a intereses políticos y económicos externos, redefiniendo así el panorama del activismo y la investigación sobre antisemitismo en campus universitarios de todo el país.
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