
El arte rupestre del río Pecos, ubicado entre los cañones de piedra caliza del suroeste de Texas y extendido al norte de México, sorprendió a la comunidad científica: durante más de cuatro mil años, los pueblos indígenas de la región conservaron un estilo y una técnica pictórica casi invariables.
Así lo demuestra un estudio publicado en diciembre de 2025, cuyos resultados fueron difundidos por Smithsonian Magazine. Este descubrimiento cuestiona ideas previas sobre la evolución cultural y artística americana y ofrece una nueva perspectiva sobre la transmisión de creencias a través del tiempo.
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Un equipo liderado por Carolyn Boyd, arqueóloga de Texas State University, y Karen Steelman, directora científica del Shumla Archaeological Research and Education Center, logró datar y analizar los murales del río Pecos, estableciendo que su producción se prolongó desde aproximadamente 3.700 a.C. hasta 900 d.C..
Boyd manifestó su asombro por la magnitud temporal alcanzada: “Francamente, nos sorprendió descubrir que los murales se mantuvieron en producción durante más de 4.000 años, y que la secuencia de pintura, regida por reglas, persistió durante todo ese periodo”, afirmó a Smithsonian Magazine.
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Características de los murales y métodos científicos
Los murales del río Pecos destacan por su tamaño y riqueza visual. Algunos superan los 30 metros de largo y alcanzan 6 metros de altura, integrando cientos de imágenes elaboradas con notable destreza.
Estas obras, distribuidas en numerosos refugios rocosos, presentan figuras humanas, animales y motivos geométricos. Los pigmentos empleados se mezclaron con aglutinantes orgánicos como yuca o tuétano de venado y, junto al clima árido del sur de Texas, esto permitió su conservación a lo largo de los siglos.
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El equipo identificó motivos recurrentes en al menos 134 murales. Destacan tocados con orejas de conejo, puntas de dardo estilizadas, figuras aladas con astas, el “haz de poder” y representaciones del aliento.
El “haz de poder”, que aparece en más del 60% de los murales estudiados, representa una figura vegetal, animal o humana de la cual parten dos largas líneas desde la mano de un personaje. La constancia en los símbolos y las reglas estilísticas indica una transmisión cultural extremadamente estable entre generaciones.
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Con el fin de establecer la antigüedad de las pinturas, los investigadores emplearon dos abordajes: el análisis del carbono orgánico de los aglutinantes y la datación del carbono presente en costras minerales de oxalato de calcio formadas bajo y encima de las imágenes.
Steelman explicó a Smithsonian Magazine la relevancia de tomar muestras de roca sin pintar para evitar contaminaciones externas: “Si no hay contaminación, como fue el caso en este estudio, podemos estar seguros de que el material orgánico que datamos es inherente solo a la pintura”.
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Significado y legado en la cosmovisión indígena
Los análisis por radiocarbono revelaron que los pictogramas de cada mural fueron realizados en periodos tan próximos que son estadísticamente indistinguibles, lo que muestra que cada mural fue creado en un solo evento, y no como resultado de aportes acumulados a lo largo del tiempo.
La comparación iconográfica de 12 murales indicó que ocho de ellos, aunque pintados en épocas separadas hasta por 4.000 años, siguen el mismo conjunto de normas y motivos. Según el estudio citado por Smithsonian Magazine, se mantiene una coherencia en el mensaje transmitido, incluso en épocas de cambios sociales, espaciales y climáticos.
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El sentido del arte rupestre del río Pecos va más allá de la representación visual. Los investigadores sostienen que estas pinturas transmiten una cosmovisión compleja sobre existencia, tiempo, espacio y el origen de la vida. “Los murales son vistos como deidades ancestrales vivas, conscientes y respirantes, que siguen participando en la creación y el mantenimiento del cosmos”, expresó Boyd en Smithsonian Magazine.

La conexión entre tradiciones ancestrales y actuales se reafirma con la perspectiva de los huicholes, pueblo indígena de la Sierra Madre Occidental.
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Según relató Boyd, ancianos huicholes reconocieron en los murales un motivo que representa la montaña sagrada, con ondulaciones como escalera para el ascenso y descenso diario del sol. Esta interpretación subraya la vigencia de los relatos y símbolos ancestrales en las culturas vivas del presente.
De acuerdo con los investigadores, los cañones del río Pecos conforman una gran biblioteca ancestral, donde cientos de generaciones dejaron su huella pictórica y cuyas historias siguen presentes en la memoria colectiva.
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