
Toledo siempre sorprende a quien la visita por primera vez. Declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1986, la ciudad imperial acumula sobre su roca granítica más de dos mil años de historia: murallas romanas, mezquitas convertidas en iglesias, sinagogas medievales y catedrales góticas que conviven en un casco histórico de apenas dos kilómetros cuadrados. El río Tajo la rodea casi por completo, y esa geografía ha convertido sus puentes en algo más que infraestructuras: son las puertas de entrada a una ciudad que durante siglos fue la capital del reino.
De los dos grandes puentes que conectan Toledo con el exterior, el puente de Alcántara guarda el acceso oriental y el de San Martín custodia el occidental. Este último, declarado Monumento Nacional en 1921, es el que recibe al visitante que llega desde el oeste con una estampa de torres, arcos ojivales y vistas sobre el Tajo que pocos monumentos de la ciudad pueden igualar. Su historia, marcada por dos incendios, una guerra medieval y una leyenda de amor conyugal, es tan densa como la piedra con la que está construida.
PUBLICIDAD
Un puente que ya existía en el siglo XIV
El Puente de San Martín toma su nombre de la parroquia toledana a cuya jurisdicción pertenecía. La estructura ya existía a mediados del siglo XIV y vino a sustituir a un paso de barcas ubicado en sus inmediaciones. Su propósito era doble: defender el territorio toledano en la Baja Edad Media mediante el control de ese cruce sobre el río y facilitar el tránsito de personas y ganados hacia las tierras del oeste.
La construcción original no sobrevivió intacta. El rey Pedro I prendió fuego a las puertas del puente durante la guerra que mantuvo con su hermano Enrique II, y poco después la estructura volvió a sufrir daños. Fue el obispo Pedro Tenorio, consejero de Estado y reorganizador del territorio, quien asumió la reconstrucción del paso y devolvió al puente la forma que, con modificaciones posteriores, ha llegado hasta hoy.
PUBLICIDAD

La reconstrucción del puente dejó una historia que los toledanos han transmitido de generación en generación. Según la leyenda, el maestro de obras encargado de la reedificación cometió un error de cálculo en el arco central que habría llevado al puente a colapsar en el momento de retirar las cimbras. El alarife, desesperado ante la perspectiva de perder su honor o incluso su vida, no sabía cómo resolver la situación.
Fue su esposa quien tomó la decisión: aprovechó la noche para prender fuego a los andamios de madera instalados en la estructura, simulando que una tormenta los había destruido para que su marido pudiera rehacer el arco sin tener que admitir su equivocación. El arzobispo no sospechó nada y volvió a confiarle el trabajo, dando lugar a un puente con seis siglos de historia.
PUBLICIDAD
Cinco arcos y dos torreones defensivos
El diseño del Puente de San Martín se inspiró en el de Alcántara, de origen romano, aunque tuvo que adaptarse a la anchura del Tajo, mayor en la zona occidental. Realizado en sillería, presenta cinco arcos de diferentes tamaños, ligeramente apuntados, sobre robustos pilares. En cada extremo se levanta un torreón que completaba el sistema defensivo del paso.
El torreón occidental, conocido como la torre del Campo, es de planta hexagonal y se organiza interiormente en cuatro espacios cubiertos por bóvedas nervadas. Conserva elementos defensivos como el rastrillo, y en su fachada interna hay varias inscripciones y una escultura de San Julián. El torreón oriental, llamado la Torre de la Ciudad, es de planta pentagonal: en una de sus paredes exteriores se puede ver un escudo imperial con reyes sedentes y, en la opuesta, un pequeño retablo de la Virgen.
PUBLICIDAD
Sin embargo, el paso del tiempo y las reformas han dejado su marca en el conjunto. El torreón interior aparece desfigurado por los añadidos realizados bajo el reinado de Carlos II, mientras que el exterior conserva en buen estado sus arcos ojivales de herradura, uno de los elementos más fotogénicos de toda la estructura.
Entre ambos torreones, el tablero del puente mantiene una anchura uniforme, salvo en un punto donde se abre un ensanche a modo de mirador. Desde ese saliente, el visitante puede detenerse a contemplar las laderas y la vegetación ribereña que rodean la silueta de Toledo: un paisaje que al atardecer, cuando la luz cae sobre la piedra y el agua del Tajo refleja las torres de la ciudad, convierte al Puente de San Martín en uno de los mejores miradores de la ciudad imperial.
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
Últimas Noticias
Parece una isla desierta en medio del Pacífico, pero está en Cataluña: naturaleza virgen y una oportunidad para los amantes de la ornitología
La provincia de Tarragona conserva uno de los espacios más singulares de toda la Costa Dorada

La ciudad española que ha conquistado a Disney para grabar su live action de ‘Enredados’
La producción tiene su base operativa en la Ciudad de la Luz de Alicante y ha rodado ya en varios puntos de la geografía española

La cala que parece una piscina natural y en la que entras al mar por una escalera: ideal para evitar las playas más concurridas del Mediterráneo
Junto al agua hay restaurantes y terrazas que permiten alargar la visita más allá del baño

Así es Cava Gran d’Agres: el histórico pozo de nieve de 12 metros que abasteció de hielo a todo Alicante durante siglos
Es uno de los pozos de nieve de mayor tamaño y mejor estado de conservación en el país

Así es el Castillo de Santa Caterina, uno de los lugares donde se grabó ‘La Odisea’: panorámica de cine en el corazón del Mediterráneo
La fortaleza emblemática de Favignana permite recorrer sus antiguos pasillos y contemplar, desde lo alto, la inmensidad de las islas Égadas



