Matt Damon avanza por un sendero zigzagueante tallado en la ladera de una isla siciliana. Lleva la túnica de Odiseo, el polvo pegado a las sandalias, y detrás de él, una hilera de actores y técnicos repite la marcha bajo el sol. No hay cámaras a la vista, ni carpas de producción cerca. Solo, más adelante, un castillo y la promesa de otra toma. Esa escena, una de tantas, resume el método de Christopher Nolan: hacer que la ficción se sienta tan real como el sudor en la piel.
El rodaje de La Odisea, la adaptación monumental de Nolan del poema homérico, fue una odisea en sí misma. Noventa y un días de filmación —del 25 de febrero al 5 de agosto de 2025—, seis países y entornos tan dispares como el Peloponeso griego y la costa volcánica de Islandia. El objetivo: capturar la escala y el vértigo de la travesía de Odiseo sin recurrir al artificio digital. “Al rodar en la realidad física, el relato se transforma”, explicó Nolan a Empire. “El mundo te enfrenta a límites, y eso afecta la historia.”
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La producción desechó la comodidad de los estudios siempre que fue posible. La única excepción: una secuencia filmada en el tanque de agua de Falls Lake, en Universal Studios, donde Damon y el reparto remaron y naufragaron a bordo del Draken Harald Hårfagre, un barco vikingo construido con técnicas tradicionales. La elección del navío —nórdico, no griego— ya generó debate entre expertos, pero la lógica de Nolan fue otra: buscar la experiencia auténtica, aunque eso significara desafiar la ortodoxia. También le ha costado al cineasta británico alguna que otra polémica, aunque de momento esta no ha surtido mucho efecto en la recaudación de una película que apunta a ser lo más visto del año y un fenómeno como no se veía desde hace años. Quizá, precisamente, desde cuando Nolan estrenó su última cinta, Oppenheimer, el mismo fin de semana que Barbie.

Marruecos: la Troya de adobe y luz dorada
La gran ciudad amurallada de Troya, escenario del inicio del poema y del primer desafío de Odiseo, no se rodó en tierras griegas ni turcas. Nolan eligió el sur de Marruecos: Marrakech, Tahanaoute, El Haouz, Essaouira y Ouarzazate. Allí, el ksar de Aït Benhaddou —una fortaleza de barro y piedra, declarada patrimonio de la UNESCO— se transformó en la Troya cinematográfica.
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Ese entorno, con sus murallas rojas y sus callejones de polvo, dotó a las escenas bélicas de una atmósfera primitiva y brutal. El equipo convivió con las temperaturas extremas del desierto y la textura real de los materiales. No hay rastros de CGI: cada plano respira polvo, sudor y sol. La decisión de rodar en Marruecos, ajena al texto original, fue una apuesta por la autenticidad visual. El país africano ofreció ese aire de antigüedad inmemorial que Nolan buscaba para situar al espectador en la época de los héroes.
Grecia: el corazón del viaje y la Ítaca perdida
El regreso a casa es el motor de Odiseo, y Grecia, el corazón geográfico y emocional de la película. Nolan y su equipo se instalaron en el Peloponeso, donde la costa recortada y las ruinas antiguas se convirtieron en el paisaje de la nostalgia y la espera.
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La Voidokilia Beach, la playa de Almyrolaka, el castillo de Methoni, Acrocorinth y la cueva de Néstor fueron escenarios clave. Esta última, ubicada 12 kilómetros al norte de Pilos, está rodeada de leyendas: según la mitología, allí guardaban su ganado Néstor y Neleo. En la película, la cueva es el escenario del encuentro de Odiseo con el cíclope Polifemo, una secuencia de tensión que se benefició de la oscuridad y los ecos de la gruta real.
Para los actores, la inmersión fue total. Tom Holland, que interpreta a Telémaco, relató a GQ la experiencia de caminar durante media hora por la playa, rodeado de extras vestidos de soldados griegos, barcos de época y sin rastro del equipo técnico. “Parecía una recreación histórica más que un rodaje”, dijo Holland. El efecto, según él, fue entrar en la piel de su personaje casi sin darse cuenta.
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Sicilia: islas mágicas y el palacio de Ítaca
La siguiente parada fue Sicilia, tierra volcánica atravesada por la historia y el mito. La isla, cuna de colonias griegas desde el siglo VIII a.C., fue el escenario principal para recrear Thrinacia, la isla legendaria donde los compañeros de Odiseo sucumben a la tentación y el castigo de los dioses.
Nolan prefirió las islas menores de Sicilia para captar la sensación de aislamiento y peligro. Lipari, Vulcano, Basiluzzo y Favignana se convirtieron en escenarios de naufragios, banquetes y emboscadas. En Favignana, el castillo de Santa Caterina fue elegido como el palacio de Ítaca.
La logística fue exigente: en Favignana, el equipo debía subir una pendiente de cuarenta y cinco minutos para alcanzar la localización. El material pesado viajaba en helicóptero, pero los actores —Damon, Pattinson, Hathaway— hacían la subida a pie, vestidos de época. Robert Pattinson, que interpreta a Antínoo, describió la travesía como una “gran igualadora”. “No solo te mete en personaje, te une al resto; todos sufrimos lo mismo”, confesó.
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En el poema original, Odiseo desciende al inframundo en el libro XI. Nolan llevó ese pasaje a Islandia, país de volcanes, cuevas y playas negras. Las secuencias del más allá se rodaron en la montaña Hjörleifshöfði, la península Snæfellsnes, el río Markarfljót y el puerto de Landeyjahöfn. La elección de Islandia buscaba transmitir una sensación de extrañeza y desconcierto: el paisaje es tan ajeno a la cuenca del Mediterráneo que refuerza la idea de un mundo aparte. Matt Damon, caracterizado como Odiseo, se adentra en las grutas y camina por la arena volcánica, rodeado de un silencio que no precisa efectos especiales.
Escocia: los mares del norte y los barcos vikingos
El periplo terminó en la costa de Moray Firth, en el norte de Escocia. Allí se rodaron las escenas marítimas más complejas, aprovechando la amplitud de un brazo de mar de 800 kilómetros y la aspereza del clima. El castillo de Findlater y el bosque de Culbin sirvieron de fondo para emboscadas y desembarcos. Durante el rodaje, los periodistas locales detectaron un barco vikingo de tamaño real atracado en Inverness. No era un decorado: era el Draken Harald Hårfagre, la misma embarcación que se utilizó en los tanques de agua de Estados Unidos.
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Para Nolan, cada localización fue un experimento de resistencia. El director rehuyó la comodidad y buscó que el elenco —Damon, Holland, Hathaway, Zendaya, Pattinson— sintiera el viaje en carne propia. “Cada sitio fue el más duro en el que he rodado”, admitió Damon. El rodaje, más que una simulación, fue una odisea real: marchas de casi una hora, paisajes inhóspitos, temperaturas extremas, poca distancia entre la incomodidad del actor y la del personaje.
En cada país, el equipo se enfrentó a una geografía nueva, a un idioma distinto, a una logística compleja. El resultado no fue solo un espectáculo visual, sino una experiencia compartida por todos los que participaron: la épica de Homero, reconstruida a través del esfuerzo físico y la elección radical de Nolan por la autenticidad. La Troya de barro en Marruecos, la Ítaca de Favignana, el inframundo en Islandia y los mares de Escocia quedan, así, como paradas de un viaje de película. Uno que, más allá de la pantalla, exigió al equipo de La Odisea recorrer el mundo y desafiarlo, plano a plano, como en la mejor tradición de los héroes antiguos.
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