
Cada vez es más común escuchar el argumento de que vivir en la ciudad ahoga. Más allá de los precios de los alquileres, la calidad del aire se nota, las aglomeraciones, la cantidad de gente que hay en todas partes... En este sentido, el Banco de España ha publicado un estudio que examina la relación entre densidad de población y calidad del aire, y concluye que las ciudades europeas presentan un vínculo mucho menor entre densidad y contaminación atmosférica que las estadounidenses.
El estudio, elaborado por el equipo de investigación del organismo, analiza cómo el crecimiento de la población urbana impacta en la concentración de partículas contaminantes PM2.5, consideradas uno de los principales riesgos ambientales para la salud pública. Según los datos recogidos, en las ciudades europeas un aumento del 1% en la densidad de población provoca un incremento del 6% en la exposición a PM2.5, mientras que en las ciudades de Estados Unidos ese mismo aumento genera un crecimiento del 14%. El informe subraya que esta diferencia en la elasticidad —la respuesta de la contaminación a los cambios en la densidad— representa prácticamente la mitad en el contexto europeo.
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Este resultado sugiere que el modelo urbano europeo logra combinar mayor compacidad y proximidad entre residentes con un menor coste ambiental en términos de contaminación atmosférica. Entre los factores que pueden influir en este comportamiento, el informe cita la configuración urbana, el peso del transporte público, las distancias de desplazamiento y las características del parque automotor.

El documento resalta que el diseño de políticas urbanas debe tener en cuenta estas diferencias estructurales. Para el Banco de España, la evidencia respalda la posibilidad de impulsar densidades mayores en las ciudades europeas sin asumir necesariamente un incremento proporcional de la contaminación, algo que no sucede en igual medida en el caso estadounidense.
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Por qué la situación en Europa es menos mala
El informe también explora las razones por las que la elasticidad es menor en Europa. Una de las claves señaladas es la existencia de políticas de movilidad más restrictivas, como las zonas de bajas emisiones (LEZ, por sus siglas en inglés), que limitan el acceso de vehículos altamente contaminantes. Estas medidas, muy extendidas en ciudades europeas, contribuyen a reducir la cantidad de partículas en suspensión, incluso cuando la densidad urbana es elevada.
Al analizar el impacto de las zonas de bajas emisiones, el documento del Banco de España indica que su implementación ha permitido reducir la exposición a PM2.5 en un 4% dentro de las áreas reguladas, y que los beneficios se extienden hasta 3 kilómetros fuera de sus límites. Esto demuestra que las medidas adoptadas en un área pueden mejorar la calidad del aire también en barrios vecinos.
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Desigualdad por territorios
No obstante, el informe también advierte sobre la heterogeneidad de los resultados. “Las reducciones se concentran en las ciudades más grandes y densas, así como en aquellas con zonas de tamaño medio en relación con la superficie urbana total. Por el contrario, en las ciudades y zonas más pequeñas no se observa ningún efecto significativo”, indica el informe. Esta diferencia entre ciudades hace necesario ajustar las políticas según las características de cada lugar.
El Banco de España señala que los efectos positivos de las zonas de bajas emisiones no se explican por un simple desplazamiento de la actividad económica hacia lugares no regulados, sino por una renovación del parque automotor. Al restringir la circulación de los vehículos más contaminantes, estas medidas incentivan la adopción de tecnologías más limpias y repercuten en la calidad del aire de toda la ciudad.
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El estudio refuerza la idea de que la densificación urbana puede ser compatible con la mejora ambiental si se acompaña de políticas ambiciosas y bien diseñadas. La experiencia europea, recogida en el informe, muestra que es posible construir ciudades compactas, eficientes y menos contaminadas, siempre que exista un marco regulatorio adecuado y una inversión sostenida en movilidad sostenible.
Entre las recomendaciones, el informe subraya la importancia de combinar el crecimiento poblacional con la innovación en transporte y la renovación tecnológica. El reto, según el Banco de España, consiste en garantizar que el desarrollo urbano no implique un deterioro de la calidad del aire, sino una oportunidad para avanzar hacia modelos más saludables y resilientes.
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