La serie La maldición de Widow’s Bay se ha convertido en uno de los estrenos más comentados de Apple TV por su combinación poco habitual entre terror, comedia y muchas dosis de originalidad, un equilibrio que la ha situado como fenómeno del verano pese a no apoyarse en grandes estrellas ni en el despliegue habitual de las superproducciones televisivas.
La ficción llegó a la plataforma en abril y cada episodio suele girar en torno a los 40 minutos, un formato que la hace especialmente accesible en un momento en que otras series estiran sus finales hasta la extenuación.
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La serie ha ido creciendo por el boca a boca, convirtiéndose en el mayor éxito reciente impulsado por la recomendación entre espectadores y alcanzando el estado de culto casi inmediato. De hecho, ya se ha confirmado que habrá una segunda temporada.
Una isla que alberga una maldición
Ambientada en una isla ficticia de Nueva Inglaterra, la serie sitúa la acción en un pequeño municipio marcado por una maldición sobrenatural de siglos. Hay niebla letal, una posada encantada, rituales extraños, cadáveres reanimados, asesinos enmascarados y criaturas marinas, todo ello dentro de un entorno costero aparentemente apacible.
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Una de sus grandes virtudes es el dominio de una mezcla que no siempre suele funcionar: sustos que no se convierten en parodia y bromas que no actúan solo como alivio de tensión, consiguiendo un equilibrio perfecto entre horror, inquietud y atmósfera asfixiante con muchas dosis de humor negro y espíritu juguetón.

La serie, creada por Katie Dippold, guionista de Parks and Recreation, incorpora esta estructura desde su arranque. El alcalde Tom Loftis, interpretado por Matthew Rhys, necesita atraer visitantes y aspira a convertir la isla en un enclave turístico, aunque parte de los vecinos prefieren advertir a cualquiera que llegue sobre los sucesos sobrenaturales que allí tienen lugar y a los que ellos ya se han acostumbrado.
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Ese conflicto entre promoción turística y amenaza real es uno de los puntos de arranque de la serie. Así, el detonante narrativo será que el alcalde convence a un reportero de The New York Times para visitar la isla, lo que termina en un artículo elogioso y en una avalancha de turistas. Sin embargo, esa llegada coincidirá con una cadena de apariciones y ataques vinculados a una entidad demoníaca que domina la isla.
Entre los personajes figuran Wyck, encarnado por Stephen Root; la sheriff Bechir, a cargo de Kevin Carroll; el hijo adolescente del alcalde, Evan, interpretado por Kingston Rumi Southwick; una secretaria anciana a la que da vida K. Callan y Richard Warren, el misterioso fundador al que da vida Hamish Linklater. También hay un chamán interpretado por Chris Fleming.
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Sin embargo, una de las revelaciones de la serie corresponde a Kate O’Flynn, la asistente del alcalde y una de las presencias más excéntricas que ayudan a definir el tono local, convirtiéndose en el centro de uno de los episodios más celebrados, en el que su personaje organiza una fiesta para los habitantes de la isla mientras arrastra problemas de autoestima.
Entre Stephen King, David Lynch y mucho más
El tono al que nos referíamos es difícil de describir, porque hay cosas que remiten a Stephen King, otras a las atmósferas enrarecidas y los personajes estrambóticos de David Lynch, pero lo cierto es que la serie termina por tener una identidad propia que la aleja de cualquier clase de referente, convirtiéndola en algo único.
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Así, partiendo de materiales conocidos, los responsables que se encargan de reformularlos y dotarlos de un nuevo sentido dentro de su propio universo. Por eso, se utilizan los miedos atávicos de toda la vida o la mitología de las casas encantadas, la chica de la curva, el hombre del saco u otras muchas leyendas más, porque dentro de la serie adquieren un sentido independiente.

Y es que se crea además toda una cosmogonía alrededor de la isla, cuyos habitantes autóctonos no pueden abandonar, retrotrayéndonos al pasado para contar los orígenes de esas teorías folk vinculadas a un pacto demoniaco.
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Dippold mantiene un argumento horizontal, la maldición que pesa sobre la isla, sin renunciar a tramas episódicas con autonomía propia. Esa combinación permite que casi cada capítulo funcione como un pequeño cuento de terror, aunque todos queden integrados en la historia principal mediante transiciones, semillas narrativas y cambios de punto de vista.

El director Hiro Murai, conocido por su trabajo en Atlanta y Barry se encarga de buena parte de los capítulos de la serie, de forma que su sensibilidad visual ayuda a que los capítulos se mantengan en una zona de ambigüedad muy atractiva y absorbente, aunque también dirige uno de los episodios, el correspondiente a los orígenes de la isla, Ti West.
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La maldición de Widow’s Bay es una de esas series que se reinventan a sí mismas en cada episodio ofreciendo sorpresa tras sorpresa consiguiendo que el misterio central vaya adquiriendo cada vez una mayor importancia hasta alcanzar un magnífico clímax final.
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