
En 2008, Elizabeth Strout publicó su novela Olive Kitteridge y se convirtió en un auténtico acontecimiento literario que, además, ganó el prestigioso Premio Pulitzer y más tarde fue adaptada en formato miniserie por HBO en una ficción protagonizada por Frances McDormand.
En ella, la autora construyó una narración coral que recorría 25 años de vida en Crosby, un pequeño pueblo de Nueva Inglaterra, para examinar cómo la intimidad, el rencor, el silencio y la tragedia modelaban a una comunidad entera a través de una protagonista tan áspera como moralmente inflexible.
El libro estaba organizado como una colección de relatos, un mecanismo que permite observar a Olive desde ángulos distintos: a veces ocupa el centro de la escena y otras queda desplazada a un segundo plano. El resultado es un mosaico de personajes y anécdotas que también dibuja la historia del pueblo y de sus habitantes.
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Una protagonista con carácter
La novela se desarrolla en una localidad costera aparentemente apacible, pero atravesada por relaciones ilícitas, crimen y tragedia. Todo queda filtrado por la mirada de Olive, cuyo ingenio complejo y su trato duro ocultan un corazón cálido y perturbado, asentado sobre un núcleo moral intransigente.

Olive opina de todo y fracasa, al mismo tiempo, como esposa, madre y maestra de matemáticas. Es brusca, impaciente, profundamente entristecida y desengañada, una figura más temida que querida. Crosby funciona como una extensión de esa personalidad. En el pueblo parece ocurrir poco, pero los recuerdos permanecen toda la vida y cada familia arrastra una zona oscura que apenas se insinúa entre medias verdades, rumores y silencios compartidos en la iglesia o en los funerales.
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La ciudad no es solo escenario, sino otro protagonista del libro. Se puede escapar de ella, pero ese movimiento tiene un precio que adopta formas como el divorcio, el suicidio o la enfermedad.

Olive actúa dentro de ese entorno como un elemento de distorsión. Su franqueza, su descontento y su honestidad implacable cuestionan la vida diaria de la comunidad, con sus jardines cuidados, el paisaje hermoso, el club de botes y una hipocresía instalada en la rutina social. Sus juicios son tajantes. Considera a George W. Bush un ‘cowboy descerebrado’ y ve a su marido como un iluso.
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También se define a sí misma con la misma crudeza con la que juzga a los demás: “Yo no soy nada sofisticada. Soy, básicamente, una campesina. Y soy pasional e intransigente como los campesinos”. Esa autodefinición condensa una identidad reacia al adorno y sostenida por la dureza. A medida que avanzan los relatos, emerge una mujer capaz de herir a su hijo y, al mismo tiempo, de quererle casi más de lo que soporta.
Empatía sin sentimentalismos
Pero Olive tiene algo de lo que la mayoría carece: empatía, pero una empatía sin sentimentalismo. La protagonista entiende que la vida es solitaria e injusta y que bendiciones como un matrimonio largo y una muerte rápida dependen, en buena medida, de la suerte.
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También sabe que ha sido una persona ruin en más de una ocasión y arrastra arrepentimientos. Esa conciencia le permite comprender los fallos de los demás y, al final, la fragilidad de sus esperanzas.
A partir de Olive Kitteridge, la autora construiría todo un universo literario en muchas de sus siguientes novelas, como Luz de febrero, su continuación crepuscular, y Cuéntamelo todo, en la que convergen los personajes de Me llamo Lucy Barton y el de Olive, completando una hermosa sinfonía de mujeres que luchan por defender su identidad.
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