
Hoy no es un día cualquiera. Hoy se entrega la Palma de Oro en el Festival de Cannes. Hoy España puede hacer historia, pues tiene hasta tres títulos entre las contendientes: El ser querido, de Rodrigo Sorogoyen, Amarga Navidad de Pedro Almodóvar y La bola negra de Javier Calvo y Javier Ambrossi. Estos últimos han desatado una auténtica locura en Cannes, pero mucho antes que ellos alguien dejó su huella en el certamen galo, aunque no de la mejor manera. Con motivo del cierre del festival, recordamos uno de sus episodios más oscuros: el día que toda la prensa se rebeló dejando una gran polémica.
Corría el año 1983, cuando la actriz francesa Isabelle Adjani subió los escalones del Palais des Festivals en Cannes con el equipo de L’Été Meurtier (El verano asesino), y los fotógrafos acreditados depositaron sus cámaras en el suelo y le dieron la espalda. La actriz francesa había rechazado posar en el photocall de prensa previo al estreno, y la respuesta del gremio fue un boicot coordinado que quedó grabado en la memoria del festival más prestigioso del mundo del cine. Cuatro décadas después, mientras la 79.ª edición del Festival de Cannes transcurre entre debates sobre privacidad, nuevas normas de alfombra roja y la omnipresencia de las redes sociales, aquel episodio recupera su vigencia.
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Adjani tenía 27 años y era ya una de las figuras más respetadas del cine europeo. Su negativa a posar no fue un capricho, sino una postura deliberada frente a lo que ella consideraba una intrusión sistemática en su vida privada. Los fotógrafos del certamen, que dependían de esas imágenes para su trabajo, interpretaron el gesto como un desaire y respondieron con una protesta sin precedentes: cámaras en tierra, espaldas a la actriz, silencio fotográfico en la escalinata más fotografiada del mundo.

Ni la primera ni la última
Lo que pocos recuerdan es que Adjani no fue la primera víctima de ese ritual de represalia. Según el sitio oficial del Festival de Cannes, el precedente lo estableció Paul Newman en 1975: agotado tras un viaje largo, el actor estadounidense se negó a posar antes de una proyección, y esa misma noche los fotógrafos repitieron la operación. Newman reconoció después que fue “la lección más importante que había aprendido en su vida”. La anécdota revela que la tensión entre los artistas y la prensa gráfica no nació con las redes sociales ni con los smartphones, sino que tiene raíces tan profundas como el propio festival, fundado en 1946. La película que llevó a Adjani a Cannes ese año, dirigida por Jean Becker, no pasó desapercibida: L’Été Meurtier se convirtió en un éxito de taquilla en Francia y le valió a la actriz su segundo César a mejor actriz. La ironía es que el boicot fotográfico, lejos de perjudicarla, amplificó su imagen de mujer que ponía límites a la exposición pública, algo que en 1983 resultaba tan inusual como transgresor.
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El episodio cobra una dimensión distinta en la edición de 2026. El festival, que este año abrió con un discurso político de la actriz Eye Haïdara y otorgó una Palma de Oro honorífica al director neozelandés Peter Jackson, sigue siendo un escenario donde la alfombra roja funciona como territorio de negociación entre la imagen pública y la privacidad. Las normas han cambiado: Cannes prohibió los selfies en la escalinata desde 2018 para preservar, según el entonces director artístico Thierry Frémaux, “la calidad y el tempo” del ascenso. En 2025, la organización fue más lejos y vetó los vestidos con grandes colas y las apariencias de desnudez en la alfombra roja.
Pero la tensión de fondo persiste. Una influencer india presente en la edición de 2025 reveló que los fotógrafos acreditados no fotografían a cualquiera que suba los escalones: “No están ahí para fotografiarte a ti. Ni siquiera saben quién eres. Tienes que pagar a un fotógrafo”, declaró, según recogió el medio indio The Siasat Daily. La revelación —viral en redes— mostró que la relación entre los artistas y los fotógrafos en Cannes sigue siendo transaccional, asimétrica y, en ocasiones, conflictiva. Lo que hizo Adjani en 1983 fue, en ese contexto, un acto de resistencia individual frente a una maquinaria de imagen que no distinguía entre el arte y la exposición. El boicot de los fotógrafos fue la respuesta de esa maquinaria. Ninguno de los dos gestos ha perdido su significado en un festival que, 79 ediciones después, todavía negocia los límites entre la cámara y quien se pone delante de ella.
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