La isla británica que se vio afectada por una enfermedad y ahora es un pueblo fantasma: se puede visitar en una excursión de un día

Las antiguas viviendas de piedra y los vestigios arqueológicos recuerdan un modo de vida desaparecido en el corazón del Atlántico escocés

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La isla de Hirta. (Gajtalbot/Flickr/Wikipedia)
La isla de Hirta. (Gajtalbot/Flickr/Wikipedia)

Oculta a 64 kilómetros al oeste de las Hébridas Exteriores, en el Atlántico escocés, la isla de Hirta —la mayor del archipiélago de San Kilda— ha albergado vida humana durante aproximadamente 2.000 años. Hoy, las casas de piedra de la antigua aldea permanecen en ruinas desde que, en agosto de 1930, sus últimos 36 habitantes fueron evacuados a petición propia, poniendo fin a una forma de vida basada en la autosuficiencia y la adaptación extrema al entorno. El paisaje, dominado ahora por aves marinas y rebaños de ovejas autóctonas, ha sustituido la presencia humana por la investigación científica y un turismo controlado.

Hirta sufrió un proceso de despoblación definitivo el 29 de agosto de 1930, tras la evacuación de toda su comunidad debido a una combinación de enfermedades introducidas por visitantes, dificultades sanitarias y condiciones de vida extremas. Los evacuados fueron trasladados en barco a diversas zonas del continente escocés. En un acto simbólico, los isleños depositaron un plato de avena y una Biblia abierta en cada casa antes de embarcar.

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Así se puso fin a la historia de la población en un lugar en el que había habido presencia humana a lo largo de casi dos milenios, en el que hay vestigios arqueológicos de la Edad del Hierro y del Bronce. La población estable alcanzó su máximo de 112 residentes a mediados del siglo XIX. La dieta basada en aves marinas, junto con una economía de subsistencia y el contacto desigual con el exterior, marcaron su existencia hasta que, a principios del siglo XX, la llegada de turistas y las epidemias aceleraron el declive.

Y es que el aislamiento geográfico de Hirta dificultaba la atención sanitaria y aumentaba su vulnerabilidad frente a enfermedades nuevas. En el siglo XIX y comienzos del XX, el incremento en la llegada de turistas y comerciantes facilitó la entrada de infecciones desconocidas, frente a las cuales los isleños no tenían defensas. Esta circunstancia favoreció una alta mortalidad infantil y causó en episodios como la muerte por apendicitis y neumonía de una joven, desencadenando la solicitud de evacuación en 1930. “Sería imposible pasar otro invierno en la isla”, decía esa petición.

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Qué queda hoy de Hirta: patrimonio, biodiversidad y acceso

Actualmente, Hirta sigue deshabitada de forma permanente, salvo por la presencia temporal de científicos, personal del Ministerio de Defensa británico y empleados de la National Trust for Scotland, entidad propietaria. El acceso solo es posible durante los meses de verano y por mar, con un coste de 275 euros (235 libras) para una excursión diaria desde Leverburgh. No existen tiendas ni cafeterías, y el único camping disponible tiene un coste de 29 euros por persona y noche.

El poblado alterna ruinas con restauraciones puntuales: algunas viviendas han sido retejadas para acoger un pequeño museo con recuerdos y documentos de los últimos residentes, además de albergar instalaciones del Ministerio de Defensa. El entorno se conserva como reserva natural y arqueológica con doble estatus de Patrimonio Mundial (natural y cultural) concedido por la Unesco.

Hirta acoge la mayor colonia de alcatraces del mundo y hasta el 25% de los frailecillos del Reino Unido. En sus acantilados anidan también pardelas, cormoranes y fulmares. La desaparición de la población ha propiciado tanto la proliferación de nuevas especies como la extinción local del ratón doméstico de St Kilda, estrechamente vinculado al hábitat humano. La protección ambiental es estricta y se recomienda a los visitantes no acceder con animales o materiales que alteren el equilibrio ecológico.

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