
Las familias se construyen sobre lo que se dice y también sobre lo que todos prefieren no decir. Esto es algo que Lilia, la protagonista de Tres mujeres (película presentada en el pasado Festival de Berlín y estrenada este viernes en España), descubre cuando regresa a su Túnez natal para el funeral de su tío Daly, encontrado muerto y medio desnudo en una calle. A partir de este suceso, la cineasta francotunecina Leyla Bouzid construye una historia donde se abordan los secretos de las tres generaciones de una misma familia. Unos secretos tan poderosos que incluso pueden acabar por suprimir la identidad de sus propios miembros.
En sus anteriores películas, Leyla Bouzid ya había abordado hasta qué punto las fuerzas políticas y sociales son capaces de moldear la esfera privada, hasta el punto de afectar a las emociones más íntimas de los seres humanos. Sin embargo, tal y como cuenta la directora en una entrevista con Infobae, en este caso el punto de partida fue distinto. Se trata de la propia casa en la que está rodada Tres mujeres, propiedad de su propia abuela. “En esta casa pasaba todas las vacaciones de mi infancia, y cuando murió sabíamos que la iban a arrasar para construir un edificio, así que le pedí a mi familia que esperara para que pudiera rodar una película”.
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Así lo hizo, y durante el proceso de escritura empezó a recordar a aquel tío suyo que vivía con su abuela. “Empezaron a aflorar recuerdos de este hombre al que yo, de pequeña, observaba sin entender muy bien qué pasaba con él ni cómo era. Mi tío tuvo realmente una vida fallida, así que poco a poco se impuso en la película el tema de lo que no se dice, lo que se siente y se calla, pero que está ahí pululando”. Esos mismos secretos que permanecen en la casa son los que, en Tres mujeres, se acaban heredando, provocando que unas y otras identidades se vayan viendo reflejadas entre sí.
Cuando la casa es al mismo tiempo un refugio y una prisión
La película de Bouzid aborda de forma directa el tema de la homosexualidad, una orientación sexual prohibida por ley en Túnez y castigada con hasta tres años de prisión. Organizaciones como Amnistía Internacional han denunciado un repunte de las detenciones, con prácticas tan vejatorias como los “exámenes anales forzados”, y también un aumento de las agresiones a activistas. Lilia (interpretada por Eya Bouteraa) tiene una vida muy distinta en Francia que la que puede mostrar en Túnez, algo que condiciona su relación con todos los que le rodean en esa casa.
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“Quería que ese espacio fuera como un protagonista”, continúa la directora. “Como si la casa fuera el cuerpo y la abuela el corazón, pero al mismo tiempo la casa tuviera un alma que la convirtiera a veces en un refugio, y otras en un lugar hostil”. En este sentido, las imágenes de Tres mujeres en el interior de esa vivienda están repletas de reflejos y juegos con las luces y las sombras. La casa respira, ya sea a través de sus residentes o de movimientos casi imperceptibles de la cámara, “que hacen que parezca un ser vivo, capaz de proteger y acoger a los demás”.
Sea escudo o cárcel, la casa también presenta grietas. Las diferencias entre Lilia, su madre (Hiam Abbas) y su abuela (Salma Baccar) acaban provocando situaciones en las que se pierde el control, y donde incluso se pone en juego la realidad de cada uno de los personajes. Uno de esos momentos es cuando la joven les presenta a todos su novia (Marion Barbeau). “Ningún film ha explorado todavía la homosexualidad en el territorio árabe y musulmán. No tiene representación”, denuncia Bouzid. Y es que, tal y como se cita en cierto momento de la cinta, el amor entre dos mujeres “ni siquiera se considera algo serio”.
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La mirada del que se va y vuelve
Por su inevitable componente biográfico, la mirada de Lilia bebe mucho de la propia cineasta, que al igual que su protagonista también se marchó a Francia para estudiar y ve su Túnez natal desde lejos. “La doble cultura me parece algo muy interesante”, afirma. “Aporta mucho a un personaje tener esa doble identidad y esa mirada sobre las dos orillas. Hay que pensar que entre esos dos mundos hay una circulación constante, tanto de un lado como de otro, de norte a sur o de sur a norte”.
Bouzid ha lamentado que a día de hoy se intenten separar lo máximo posible ambas culturas y que se haya creado un “vacío” entre ellas. “Pero no es así”, responde. “El Mediterráneo es el Mediterráneo. No somos tan diferentes en realidad, y eso es lo que me interesa. Además, se tiende a creer que las identidades son fijas, inamovibles y monolíticas, pero tampoco es verdad: las identidades se mueven por completo, y el momento actual es la prueba de ello”.
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Al final, Lilia irá descubriendo más detalles acerca de la vida y la muerte de su tío. Una situación que la llevará a tener que posicionarse, también, respecto a su propia vida, para finalmente decidir qué quiere decir y qué no a su propia familia. La misma pregunta para tres generaciones de mujeres, cuya respuesta puede ser distinta.
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