
Santiago Segura se ha reído de todos con su última película. De los fascistas, de los socialistas, de los políticamente correctos y de los que no lo son tanto. Hasta de los periodistas y críticos de cine, a los que ha privado de un pase previo y ha obligado a ir a la primera sesión para poder ver su última película, Torrente presidente. La sexta entrega de una saga que ya es historia del cine español, aunque figure para muchos -el propio Segura incluido- como “la gran vergüenza” de este.
Los títulos iniciales, con una simpática secuencia animada al estilo de Grease y el titular “Irresponsablemente dirigida por Santiago Segura” ya eran toda una declaración de intenciones. El director ha buscado pasárselo bien y exprimir al máximo la percepción que el gran público tiene de su personaje después de tantos años. Pero lo ha hecho metiendo de lleno a su personaje en el hostil clima político que se vive de un tiempo a esta parte, para intentar hacer un retrato de la clase política actual más que de la sociedad que venía trabajando en sus anteriores entregas.
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De ahí que la mayoría de personajes que intervienen, a excepción de su habitual cuadrilla -Cañita Brava, el Señor Barragán o Gabino Diego volviendo a su Cuco- sean en su mayoría políticos o personas. Desde una versión desdoblada -cuál no lo es- de la cúpula de Vox -aquí Nox- hasta el mismísimo presidente de Gobierno -aquí Pedro Vilches- o políticos internacionales como Javier Milei y Donald Trump. Es el Torrente menos apegado a la calle, aunque no por ello Segura renuncia a reincorporar a personajes de anteriores entregas como Rinrin (Kiko Rivera) o Jesusín (Jesulín de Ubrique).
El Torrente más desatado es también el más concienciado
En Torrente presidente, el icónico detective sigue igual -quizá con algunos kilos menos, como él mismo señala-, pero es la sociedad la que ha cambiado por completo. Las redes sociales, la LGTBfobia, el incremento de inmigrantes... una nueva serie de conceptos y cuestiones apabullan al personaje, que tiene que hacer todo un cursillo acelerado para poder postularse como candidato del partido con el que pretende recuperar la grandeza del país. Santiago Segura juega aquí a poner sobre la mesa como estas cuestiones pueden resultar ridículas desde ambos lados, ironizando tanto sobre los fascistas rancios como con los socialistas más woke.
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Ello hace que el humor de Torrente presidente pueda incomodar a algunos, reír a otros tantos y sin embargo no convencer a los que no se encuentran ni en un punto ni en otro. Los homosexuales pueden casarse en el universo de Torrente, pero solo porque el matrimonio es “una putada”. Los musulmanes tienen cabida en España, pero solo si son tan simpáticos y voluntariosos como el personaje de Omar Montes. No hay un remate, sino una recogida de cable, lo que acerca más a esta entrega a los especiales de Nochevieja de José Mota que a las primeras entregas de la saga, más descarnadas y directas en su ácido humor.
Un homenaje a la saga
Segura, que en los últimos años ha trabajado un cine más familiar y para el gran público en su saga Padre no hay más que uno, ha intentado aunar aquí tantos tonos y cuestiones que la película no parece terminar de despegar en ningún momento. Esa sucesión de sketches de Saturday Night Live -ahí está el Donald Trump de Alec Baldwin- funcionan de forma independiente pero no terminan de vertebrar la historia, que bien podría haberse escrito con la IA a la que se enfrenta Torrente al escuchar una canción del Fary generada con la herramienta. El desenlace de la película viene a confirmar esto, tan ambiguo y vago en su comentario político que ni siquiera se sabe si da pie a una próxima entrega o suponer el cierre definitivo.
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En su defensa se puede decir que respeta y homenajea los orígenes de la saga, con sus paseos por la decrépita Madrid y recuperando algunos de los personajes que han hecho grande la saga. Cada uno aporta su granito de arena y ello hace que el filme sea todo un homenaje a la franquicia, aunque no termine de tener el ingenio y la solera de anteriores aventuras. Quizá el propio Segura es consciente de que ni ese humor tan rancio funciona con la misma efectividad ni el público es del todo el mismo que hace casi treinta años, pero este Torrente se ha convertido precisamente en los políticos que tanto critican, uno que busca agradar a tantos que no termina por decantarse. Al final iba a ser verdad lo de que es mejor no meterse en política.
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